Venezuela y el costo de la justicia social

Por Omar Carreón Abud


Venezuela y el costo de la justicia social

La Crónica de Chihuahua
8 de agosto, 21:02 pm

(Omar Carreón Abud es Coordinador de la Dirección Nacional del Movimiento Antorchista, Ingeniero Agrónomo y luchador social en el estado de Michoacán. Articulista, conferencista y autor del libro Reivindicar la verdad.)

¿Cómo te va Darío? te dije la última vez que nos vimos. «Entreverado», me contestaste, ingenioso, juguetón, veraz, porque a todos, siempre nos va «entreverado», vario, ratos bien, ratos mal, así es, todo tiene su contrario, vida y muerte y, ahora, ¿te ganó la muerte? no, sólo te va ganando, porque surgirás en «los lirios morados» y porque en Antorcha sigues, seguirás siempre vivo, Darío Candelas de la Cruz. Hace 34 años te dieron unos cuantos meses de vida, pero Antorcha, es decir, millones de hombres y mujeres solidarios, dirigidos por otros hombres y mujeres buenos, listos, laboriosos, invencibles, decidieron, tercos, que te habían de defender de la sentencia terrible y te curaron en Monterrey, en Cuba, en la ciudad de México y te llevaron a vivir a Paso del Toro y a Tantoyuca para que respiraras mejor. Y trabajaste, trabajaste duro, con capacidades diferentes, pero, por tu esfuerzo, muy poco diferentes. No debía iniciar mi trabajo del día de hoy, compañero querido, sin colaborar a que se sepa que fuiste hombre leal, convencido, útil a la causa de todos nosotros, ni sin cooperar a que se sepa por todo el orbe si es posible, que, como tú, son muchísimos los que le han debido, le deben la vida a la organización más humanista de México, aunque algunos, es cierto, no han resultado tan agradecidos, buenos y realizadores como tú, Darío Candelas de la Cruz. Descansa en paz camarada.

Venezuela y el atentado contra su presidente, Nicolás Maduro. El sábado 4 de agosto pasado, en horas de la tarde, durante un acto por los 81 años de la Guardia Nacional Bolivariana que se celebraba en la importante avenida Bolívar de la ciudad de Caracas, dos drones levantaron el vuelo cargados de poderosos explosivos y fueron lanzados en contra del presídium del evento en el que se encontraban importantes miembros de las fuerzas armadas, del gobierno y el propio presidente de la república bolivariana, Nicolás Maduro. Un atentado de proporciones gigantescas. El martes 7, tres días después, el presidente Maduro dio pelos y señales, nombres y lugares, anunció detenidos involucrados y hasta dio a conocer la confesión de que a los autores materiales les habían ofrecido 50 millones de dólares y la residencia en Estados Unidos. ¡En Estados Unidos! Debe subrayarse que uno de los drones fue descubierto y destruido, según se informa, «por medios electrónicos», lo cual quiere decir que el ejército y los servicios de inteligencia de Venezuela cuentan con equipos de alta tecnología para defender a su proceso revolucionario, tecnología de alto nivel contra tecnología de alto nivel (y aquí en Michoacán no se sabe cómo les van a pagar los últimos meses del año a profesores y trabajadores de la universidad). El otro dron, simplemente, «se desorientó» y se fue a estrellar contra un edificio.

Los grandes medios de comunicación del mundo dicen que se trata de un «presunto atentado», la inmensa mayoría de sus despachos de prensa, notas y comentarios se hacen acompañar de la insidiosa palabra «presunto», o sea, no comprobado y ¿quién lo va a dar por demostrado? pues ellos mismos. Venezuela es uno de los países que más han sido agredidos por la manipulación de la realidad. La mentira, la construcción de una realidad alterna para contener y controlar a las grandes masas sufrientes del mundo, es tan vieja como la sociedad dividida en clases, Cronos, los Titanes, Zeus, fueron sólo los iniciadores en la cultura occidental, sus continuadores, entre otros más, los reyes y reinas que disfrutan de sinecuras vitalicias por haber nacido dentro de una familia. Ya Luciano de Samosata lo señalaba con toda claridad y, sobre todo, con valor: «Terrible cosa es la ignorancia y causa de innumerables males para la humanidad, al envolver la realidad como en la niebla, oscurecer la verdad y ensombrecer la vida del hombre».

Donald Trump, el presidente de Estados Unidos que cuenta con la animadversión de los grandes medios de comunicación, hizo famosa la expresión «fake news», noticias falsas en español. Los dueños de CNN, porque tienen dueños, The Washington Post, The New York Times y otros igualmente poderosos, destacan un día sí y otro también, varias notas en sus portadas en contra del trabajo y la personalidad de Donald Trump, pocas veces se les había visto desplegar todo su poderío en contra de un presidente de Estados Unidos. Algo parecido, pero más majadero, hacen con Venezuela, su gobierno y su proceso revolucionario.

Ya es hora de que los pueblos del mundo se den cuenta que cada vez que alguno de ellos pretende seguir un camino propio y, sobre todo, se decide a adoptar medidas que contribuyan verdaderamente a que su pueblo viva mejor, le cae encima una avalancha de mentiras y calumnias, de noticias falsas que presentan a su gobierno como «un imperio del mal» y, si no se rinden, vienen las sanciones económicas y políticas y los bloqueos y, si todavía persisten en su determinación, sobrevienen las invasiones armadas y los crímenes. Entre algunos de los últimos, no debe olvidarse a Vietnam, Afganistán, Yugoslavia, Irak, Libia, Siria y otros muchos y los insultos vertidos sobre el presidente de Corea del Norte Kim Jong Un, sólo porque su país pretende tener el mismo armamento que Estados Unidos (aunque, claro, en una cantidad mucho menor).

El costo de la justicia social lo está pagando ahora el pueblo y el gobierno de Venezuela. Se ha descargado sobre ellos toda la furia de los medios de comunicación de manera tal que, en México, ser solidario con el proceso venezolano es casi lo mismo que ser un homicida. A Venezuela se le ha calumniado, se le ha sometido a políticas que causan escasez de alimentos, de medicinas, la caída del valor de la moneda, todo como si fuera la consecuencia de una errónea política económica y social interna. Y, ahora, se ha querido asesinar a su presidente. Se pretende hacer creer que todos los intentos por conquistar la justicia social para los pueblos que no comparten el modelo económico norteamericano y su forma de democracia, tienen que terminar en crisis y desgracias; fuera de las normas norteamericanas: violencia, dictadura, crisis y hambre, dentro, la felicidad embotellada.

Nada más falso. El imperialismo pretende seguirse enriqueciendo mediante la venta indiscriminada de sus mercancías (armas, entre otras más), mediante el otorgamiento de créditos inmensos y el cobro eterno de intereses, está urgido de mercados y necesita, también, fuentes de materias primas sin importar el agotamiento de los recursos del planeta. Genera pobreza y sufrimiento hasta en los mismos Estados Unidos. Sólo los pueblos unidos, organizados y conscientes lo pueden detener. Así acaba de suceder en Nicaragua en donde uno de los sucesos que detuvieron la embestida de la reacción interna, fue el pueblo manifestándose, dejando ver su fuerza y haciendo saber lo que podría pasar si las minorías violentas y a sueldo del imperialismo seguían adelante. Lo mismo ha pasado en Venezuela: el lunes 6 de agosto el pueblo salió a la calle, cientos de miles de venezolanos se manifestaron en repudio al fallido intento de magnicidio contra el presidente Nicolás Maduro, le refrendaron su apoyo y le dijeron que, pase lo que pase, están dispuestos a seguir adelante. Y así será.

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