Para restaurar su hegemonía, EEUU enfila contra China

REPORTAJE ESPECIAL/ Detrás de este conflicto aparentemente comercial, subyace la verdadera motivación política de Washington: recuperar su rol hegemónico en Asia.


Para restaurar su hegemonía, EEUU enfila contra China

La Crónica de Chihuahua
26 de julio, 08:44 am

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Nydia Egremy

Las dos más grandes economías del planeta protagonizan una escalada de mutuas represalias que para algunos representa la mayor guerra comercial de la historia y cuyos efectos colaterales alcanzarán a México.

La lógica geopolítica de Donald John Trump, que ofreció hacer “grande de nuevo” a su país, se basa en una agenda de dominio y control con la que pretende blindar la economía interna de Estados Unidos (EE. UU.) a costa de trastocar los pactos bélico-comerciales con otros países. Detrás se halla latente el declive económico-estratégico de Occidente –EE. UU. y la Unión Europea (UE)– cuya unidad se fractura y anticipa la ruptura trasatlántica.

Todo empezó con un tuit del presidente estadounidense difundido a las 4:12 del 1º de marzo pasado y que minutos después sumaba 101 mil 702 “Me gusta”. Ahí decía: “Nuestras industrias del acero, aluminio (y muchas otras) han sido diezmadas por décadas de comercio injusto y la mala política importadora de gobiernos anteriores No podemos dejar que nuestro país, compañías y trabajadores sean abusados. Queremos comercio libre, justo e INTELIGENTE!”.

Con esa declaración de guerra comenzaba el bombardeo de aranceles a importaciones globales de esos materiales estratégicos. Según Donald Trump, la medida “no fue por elección, sino por necesidad”, pues obedecía a razones de seguridad nacional, ya que la industria metalúrgica –que reúne a gran número de sus electores– ha sufrido “injustas” políticas de importación.

Detrás de este conflicto aparentemente comercial, subyace la verdadera motivación política de Washington: recuperar su rol hegemónico en Asia. Para la cancillería china “ésta es una guerra entre el unilateralismo y el multilateralismo, entre el proteccionismo y el libre comercio y entre el poder y las reglas”.

Confirman esta idea la declaración del canciller ruso Serguéi Lavrov, quien días antes de la cumbre entre los mandatarios de EE. UU. y Rusia, definía así este momentum global: “nos encontramos en el orden mundial post-occidental, pues ya se asienta un nuevo orden multipolar”. Y ésa es una disputa de poder que en su modalidad de guerra comercial busca fragmentar el modelo de globalización. “Para que ciertos sectores y élites occidentales pierdan masa y volumen”, abunda el analista Diego Pappalardo.

En esa ofensiva, el Departamento del Tesoro funge como Alto Comando de Guerra y lanza aranceles a modo de tiroteo en sectores clave del país asiático (tecnología, agricultura y el sector de propiedad intelectual). Así se cumple con la clásica definición de guerra comercial: usar impuestos para restringir el acceso de uno o varios bienes importados de otra nación o de un bloque de países.

En su escalamiento, esta guerra ha pasado desde la imposición de aranceles a 18 productos a más de 10 mil, su costo en represalias suma ya miles de millones de dólares y en lo político ha acabado con la tradicional paciencia de Beijing –que ofreció no disparar primero– y ahora contraataca con medidas espejo, citan los periodistas especializados en economía Keith Collins y Jasmine C. Lee.

Sin embargo, ésta es una guerra que nadie quería, ni siquiera dentro del equipo del magnate-presidente. La prensa estadounidense anti-Trump ha revelado que en su gabinete coexisten diversos grupos, algunos de los cuales se oponen a su política proteccionista, pero todos coinciden en que es la única salida viable para frenar la debacle económica de EE. UU. En cambio, para China es una intimidación comercial del Ejecutivo estadounidense “que provoca a todo el mundo, y también abre fuego contra sí mismo”, según la vocera de la cancillería, Hua Chunying.

Beijing afirma que no quiere imponer aranceles y aplicar medidas contrarias al libre comercio y ofrece trabajar con países y organismos internacionales para fortalecer el sistema comercial multilateral. Otra novedad en esta crisis es la inoperancia de los árbitros comerciales como la Organización Mundial de Comercio (OMC) y otras instancias multilaterales como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo (UNCTAC).

Y, como en toda guerra, ambos actores cometen excesos y generan daños colaterales, señala la agencia Bloomberg. Uno es la ruptura de relaciones en la cadena industrial que beneficia a pequeñas empresas y productores de terceros países y la pretensión de aplicar aranceles a bienes que ni siquiera fabrican.

EE. UU. quiere poner impuestos a la electricidad de China, aunque no hay líneas de alta tensión a través de la zona transpacífica. Y China, a su vez, busca imponer aranceles al gas natural licuado que importa de EE. UU, pese a que no hay gasoductos entre ambos países.

Guerra y diplomacia

En su lógica de dominio, Trump se ha confrontado con su aliado histórico: la UE. Insolente, ha amenazado a sus socios en Bruselas a fin de que los países europeos aporten más fondos a la Alianza del Tratado del Atlántico Norte (OTAN): “El contribuyente de EE. UU. no es y ya no va a ser, el cajero automático de Europa”. En contraste, la visión estratégica del Partido Comunista Chino (PCCh) en las relaciones internacionales del país es acercarse con actores clave del ajedrez global.

Por ello, del siete al nueve de julio, el primer ministro chino, Li Keqiang, se reunió en Bulgaria con 16 jefes de Estado del este y centro de Europa. Albania, Bosnia-Herzegovina, Bulgaria, Croacia, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Macedonia, Montenegro, Polonia, República Checa, Rumania y Serbia ven con agrado las inversiones millonarias chinas para crear infraestructura regional dentro del plan de las Nuevas Rutas de la Seda.

Días después, Keqiang se reunió en Berlín con la canciller alemana Angela Merkel. Ambos coincidieron en rechazar las represalias comerciales de la primera economía mundial y mantener el acuerdo nuclear iraní. Li reconoció que China es un país “en vías de desarrollo” y por lo tanto, no es rival de Alemania. Merkel respondió que el gigante asiático ya es, en parte, un “formidable competidor” en algunos sectores.

Al retornar a Beijing, Keqiang llevaba en el portafolio una veintena de acuerdos –la mayoría económicos– con firmas privadas, entre ellas los gigantes alemanes BASF, BMW, Daimler, Volkswagen, Siemens, SAP y Bosch.

Otro éxito diplomático chino es el mecanismo de cooperación estratégica con 21 Estados árabes, donde el comercio ha pasado de 36 mil 700 millones de dólares en 2004 a 191 mil 352 millones en 2017. Xi Jinping ofrece a Medio Oriente acuerdos bilaterales de libre comercio y empréstitos por 20 mil millones de dólares para reactivar su economía. Además de instar a la unidad regional, ha brindado ayuda financiera a Palestina de manera espontánea.

El coloso asiático reforzaba su presencia en esa región de gran potencial en energía, infraestructura y comercio, justo cuando Trump anunciaba su nueva ola de sanciones. “A cambio de energía, petróleo y gas árabes, podemos darles productos básicos a precio bajo”, dice el especialista en asuntos árabes de la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekin, Xue Qingguo.

En la región de Latinoamérica, China no cesa de avanzar. El nueve de julio inauguró en Panamá la primera ronda de negociaciones de un tratado de libre comercio para que ese país sea vía de acceso a bienes e inversiones chinos en la región.

Si el conflicto entre EE. UU. y China escala, México estará en medio de dos de sus principales socios comerciales y deberá tomar posición ¡Todo un dilema, dada su frágil situación económico-política! El 16 de julio, EE. UU. solicitó a México, Canadá, la UE, China y Turquía el inicio de consultas en la OMC, por la imposición de aranceles a ciertos productos agroindustriales, de acero y aluminio procedentes de EE. UU.

Ésta fue la respuesta de esas naciones a los aranceles que la superpotencia impuso al acero y al aluminio. México exporta 225 millones de dólares en esos materiales; Canadá y la UE venden 470 mdd, Surcorea 270 y China por lo menos 100 mdd. La ofensiva de Washington parece rebasada frente a la estrategia “ganar-ganar y beneficio recíproco” que Beijing ofrece al mundo.

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