Maquila y pobreza: el salario en Juárez

**Según datos del Inegi, el 42 por ciento de las personas ocupadas viven en condición de pobreza, pues su nivel de ingreso no alcanza para cubrir la canasta básica de una persona.


Maquila y pobreza: el salario en Juárez

La Crónica de Chihuahua
31 de marzo, 11:11 am

Lourdes Almada Mireles/ Analista

En la historia de nuestro país, durante muchos años el trabajo significó la posibilidad de “no ser pobre”. Un trabajo digno, con un salario que alcanzaba para cubrir la canasta básica de una familia, permitía asociar el trabajo con un nivel mínimo de bienestar y con la posibilidad de que en una familia se cubrieran las necesidades básicas de alimentación, educación, salud y vivienda. Así se construyó la idea de que Juárez, al ser la “ciudad del pleno empleo”, era una ciudad sin pobres, pues no había desempleo, sino todo lo contrario. Se nos vendió la idea de que el empleo era suficiente y que deberíamos estar eternamente agradecidos con la generación de los empleos que gracias a la maquila hemos tenido en la ciudad.

Desde esa perspectiva, “lo importante es tener empleos”, sea como sea y cueste lo que cueste, pues “sin ellos estaríamos peor”. Hace algunos años, algunas organizaciones de la sociedad civil y algunos académicos empezaron a hacer visibles las problemáticas sociales y las deficiencias en el desarrollo humano que el modelo económico implementado en la ciudad había generado.

Ese esquema de enfocar el empleo como único elemento necesario para el desarrollo de los seres humanos (si es que quienes han tomado las decisiones han pensado en los seres humanos) nunca consideró aspectos como las dificultades que enfrentaban los migrantes que llegaban a la ciudad sin ningún tipo de apoyo para iniciar una vida en un lugar desconocido, o el abandono masivo de niñas y niños cuyas madres eran contratadas sin ningún tipo de soporte para el cuidado, o el desarrollo de la infraestructura mínima para garantizar el transporte, la recreación y la convivencia, etcétera.

Si bien se presumía que el acceso al salario era el pase de salida de la pobreza, esa es una realidad que en México y en Ciudad Juárez es cosa del pasado. Según datos del Inegi, presentados por el coordinador de la organización denominada Acción Ciudadana frente a la Pobreza, en México, el 42 por ciento de las personas ocupadas viven en condición de pobreza, pues su nivel de ingreso no alcanza para cubrir la canasta básica de una persona. El nivel actual del salario es resultado de una política de contención salarial que se ha ejecutado mediante el establecimiento del salario mínimo.

Una contención salarial que, como afirma Clara Jusidman, tiene como uno de sus efectos más perversos el empobrecimiento de las familias y “el resquebrajamiento de los mecanismos para la reproducción de los seres humanos”, la ruptura de las historias individuales, familiares y colectivas.

Según la evaluación sobre el valor real del salario, en México el nivel más alto se alcanzó en 1976, año a partir del cual se ha mantenido la pérdida de su valor adquisitivo, de modo que un salario mínimo actual alcanza para cubrir la cuarta parte de lo que cubría en aquel año.

Por desgracia, Juárez representa cabalmente la realidad mexicana en cuanto a la relación actual entre pobreza y salario. No es casualidad, que teniendo una de las tasas más altas de población económicamente activa, tenga un alto porcentaje de personas en situación de pobreza por ingreso. Según los datos del Censo, 20 por ciento de los niños de 0 a 4 años viven en hogares con un ingreso inferior a los dos salarios mínimos. Por su parte, el Coneval (Consejo Nacional de Evaluación de la Política Pública) establece en su informe que en esta ciudad fronteriza, 23.2 por ciento de sus habitantes sufren vulnerabilidad por ingreso, es decir, reciben una percepción inferior o igual a la línea de bienestar.

Hace unos días, Santiago González preguntaba si será “un exceso pretender que el trabajo de un jefe/a de familia fuera suficiente para alimentar, dar estudio, vivienda, vestido y salud a sus hijos”. Yo agregaría a esta pretensión (que para nada me parece un exceso) el acceso real para garantizar el cuidado de los niños, las personas con discapacidad y los adultos mayores. ¿No es eso lo que exigimos socialmente a las familias que cumplan? ¿No será tiempo de exigir un salario digno que les permita disfrutar de los derechos más básicos?

Evidentemente la reducción de la pobreza es un problema complejo, que requiere abordar diversos factores, sin embargo, concuerdo con Gómez Hermosillo cuando afirma que el incremento salarial no implica únicamente la reducción de la pobreza, nos llevaría también a ampliar mercado interno y a reducir factores de inseguridad y violencia. Para ello se requiere -con urgencia-, una nueva política de salario suficiente. Es tiempo de ponernos de pie y mover en los tomadores de decisiones la voluntad de hacerlo.

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