Los vasallos del imperio atacan a Venezuela

REPORTAJE ESPECIAL/ La ofensiva injerencista de 12 gobiernos de la región latinoamericana contra Venezuela confirma su posición de vasallos del imperialismo estadounidense..


Los vasallos del imperio atacan a Venezuela

La Crónica de Chihuahua
22 de agosto, 09:30 am

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Nydia Egremy

La ofensiva injerencista de 12 gobiernos de la región latinoamericana contra Venezuela confirma su posición de vasallos del imperialismo estadounidense. Con subterfugios, respaldan la guerra híbrida –sanciones, subversión paramilitar, desgaste económico-financiero, desabasto y estrategias mediático-psicológicas– que Washington ha ordenado contra la ética

anti-hegemónica de la Revolución Bolivariana. La agresividad del gobierno de México contra su similar del pueblo hermano contrasta con la sumisión que el Ejecutivo federal mostró ante el arrogante y afrentoso presidente estadounidense que le exigió que no defendiera la soberanía. Si persiste la provocación habría ruptura de relaciones; eso no lo quieren los mexicanos. Menos aún a 10 meses de la elección presidencial en nuestro país.

Para la Real Academia Española el vocablo “vasallo” procede del celta vassallos, que significa “servidor” y del galo vassos, “mozo, sirviente”. En la Edad Media así se designaba a los sometidos al rey o a un señor y hasta ahora se aplica a quienes reconocen a otro como superior o dependen de él. Tal acatamiento –al imperialismo estadounidense– va en perjuicio del vasallo, pues ese “señor” logra su objetivo a distancia y sin riesgo.

Así ocurrió el ocho de agosto con la llamada Declaración de Lima, cuando Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay y Perú formalizaron su deshonrosa ofensiva contra Venezuela.

Esa acometida fue muy semejante a la que Estados Unidos (EE. UU.) promovió en 1961 contra Cuba en la Organización de Estados Americanos (OEA), solo que ahora la superpotencia usó a esos gobiernos latinoamericanos para aislar a Venezuela con su juego sucio geoestratégico de siempre. Insolente, en sus 16 puntos ese comunicado afirma que en aquel país hay “ruptura del orden democrático”, desconoce a la Asamblea Nacional Constituyente y sus actos. Respalda a la Asamblea Nacional (AN) y anuncia que solo reconocerá actos jurídicos si la AN los aprueba (aprovados, según transcribe la cancillería mexicana).

El punto nueve del texto conjunto expresa su seria preocupación por la crisis humanitaria “porque el gobierno no permite el ingreso de alimentos y medicinas en apoyo del pueblo” y anuncia que buscará aplicar la Carta Democrática Interamericana a Venezuela.

En síntesis: expulsarla de la OEA. Ese inmoral proceder se refrenda en los puntos 11,12 y 13, que respaldan la suspensión de derechos del país en el Mercosur y le niegan apoyo a su candidatura en mecanismos regionales e internacionales. ¡Es la institucionalización del odio imperial con ayuda de gobiernos latinoamericanos!

En el punto 14 del comunicado, los maquinadores de esa maniobra anti-bolivariana, llaman a “detener la transferencia de armas a Venezuela”. Cierran los ojos ante el hecho de que en EE. UU., al 13 de junio de 2016 los homicidios por armas de fuego sumaron 11 mil 961, según reportó la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) a Kevin Quealy y Margot Sanger de The New York Times.

Por su parte, el articulador de la política exterior del presidente mexicano parece ignorar que en su propio país el primer bimestre de este año –del 1º de enero al 28 de febrero– fue el más mortífero en 20 años con tres mil 779 crímenes, de los cuales el 67.02 por ciento fueron cometidos con armas de fuego, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP). Ignora, u omite enterarse, que el investigador John Lindsay-Poland documentó que el ingreso ilegal de armas a México es responsable de la muerte y la desaparición forzada en un contexto de gran agresión. ¡De ello, ni una palabra!

Con malicia, quienes acosan a Venezuela por ser anti-hegemónica, ocultan que el informe 2016 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre la evolución del índice de desarrollo humano (IDH), destaca que en 2015 ese país se colocó en la categoría de “alto desarrollo humano”, al subir al puesto 71 entre 188 países y territorios. En contraste, ese organismo revela que México bajó tres posiciones y en el rango de desigualdad descendió 12 lugares.

Los medios vasallos también silenciaron que el mismo día que se articulaba el aislamiento de Venezuela en la capital peruana, se realizaba en Caracas la VI Reunión Extraordinaria del Consejo Político del ALBA-TCP. Ahí se reconoció la elección de la Asamblea Constituyente como un “auténtico acto soberano”, que solo compete a los venezolanos superar sus dificultades sin amenazas o condicionamientos injerencistas.

De forma contundente se rechazó también el carácter unilateral de las sanciones económicas que violan el derecho internacional y los derechos humanos para cambiar el régimen. Se declaró que los enemigos de la integración latinoamericana han lanzado una guerra convencional que destruya los avances, retorne al neoliberalismo y dividida a la región para someterla a las trasnacionales.

EE. UU. va por todo

Los entretelones del conflicto venezolano son geopolíticos: pleno de riquezas –las más grandes reservas mundiales de petróleo, su potencial gasero, yacimientos de oro y minerales– así como su posición territorial estratégica de bisagra entre dos subcontinentes.

Boaventura de Santos ha descrito que detrás del apoyo activo de EE. UU. a la oposición venezolana, está la ambición de controlar las mayores reservas de petróleo del mundo. “Cualquier país, por democrático que sea, que tenga ese recurso estratégico y no lo haga accesible a las multinacionales petroleras –en su mayoría estadounidenses– está en el punto de mira de una intervención imperial”, advierte.

La crisis venezolana está en el centro del tablero donde confluyen los intereses económicos y geopolíticos de las tres potencias globales: EE. UU., China y Rusia, explican Oscar Ugarteche y Armando Negrete.

De ahí la guerra no convencional del capital corporativo energético, financiero, mediático, armamentista y extractivo, articulada desde el Departamento de Estado, el Pentágono y el Tesoro.

Y por eso, asimismo, los flujos financieros y el padrinazgo mediático a la oposición fascista. Por ello escaló el problema político interno a conflicto regional que podría acarrear una intervención militar. Por eso la nación sudamericana podría convertirse en la Siria de América Latina, advierte Zibechi.

El imperialismo está dispuesto a destruir a un pueblo que con la Revolución Bolivariana ha gozado de un poder inédito en su historia. Las sanciones estadounidenses quieren pasmar el comercio energético de Venezuela por dos vías: prohibir sus exportaciones y bloquear sus importaciones.

En todo caso, el gobierno bolivariano ha desplegado esfuerzos por nuevos mercados. Ante esas sanciones, los países exportadores de hidrocarburos se reunieron a principios de agosto para reforzar los recortes en la producción.

Otro efecto colateral de las sanciones imperiales es que afectarán el suministro a Petrocaribe. El organismo que nació en 2005 a iniciativa de Venezuela, proporciona combustibles a bajo precio a 18 países de la región.

Ha manejado facturas por cuatro mil millones de dólares – una parte se pagaba en efectivo y el resto se subsidiaba- recuerda Germán Gorraiz. Hoy, por temor de que la región se contagie de las ideas progresistas, EE. UU. ha reforzado ahí sus nexos militares.

La casa pierde

Podría existir una diplomacia secreta entre algunos gobiernos de la región y el imperio para desmantelar a la Revolución Bolivariana y retar la voluntad del pueblo venezolano. Todo a espaldas de los ciudadanos de esos países.

Así lo admitió el director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Mike Pompeo, en lo que fue la más evidente clave de la intromisión en el país sudamericano, cuando el 25 de julio afirmó que México y Colombia trabajaban con EE. UU. para “cambiar el gobierno venezolano”. Esa noticia, difundida por medios de todo el mundo, también se reprodujo en nuestro país, aunque ningún funcionario se sintió obligado a informar verazmente a los mexicanos.

Sucedió lo mismo el 30 de julio, tras anunciarse que Colombia y México, junto con Panamá, se sumaban a las sanciones de EE. UU. contra 13 personas del gobierno venezolano. Así, se convertían en los únicos tres países de la región que respaldaban la beligerancia de Donald John Trump contra el país de Simón Bolívar.

El provocador comunicado de Lima dividió a América Latina en “países gratos” al imperio y sus adversarios. La actitud injerencista de los representantes mexicanos es contraria a la tradición negociadora y a los principios de política exterior de México (como el derecho a la autodeterminación y la no injerencia en asuntos internos de los Estados).

También incumple la previsión del Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018, de defender y promover los intereses nacionales en el exterior, “a partir de relaciones cercanas, mutuamente benéficas y productivas con otros países”.

Es injerencista la afirmación del titular de Relaciones Exteriores mexicano en Lima, de que los puntos tres y cuatro del acuerdo conjunto buscan que toda contratación de endeudamientos, refinanciamientos, concesión, contratos de obra pública que se firme con el gobierno, sus empresas, gobiernos estatales y municipales deberá ser avalada por la oposición fascista en la Asamblea Nacional.

Ante la prensa, el funcionario declaró que con ese acuerdo se va “más allá de las simples posturas discursivas y estamos haciendo una afirmación categórica a favor de la democracia y de las instituciones democráticamente electas”. ¡Y desconoce la elección de la Asamblea Constituyente!

Tal expresión se contradice de manera dialéctica con el último párrafo del comunicado No. 305 de la Secretaría de Relaciones Exteriores del ocho de agosto, que cita: “Los CancilZ representantes expresan su enérgico rechazo a la violencia y a cualquier opción que involucre el uso de la fuerza. Finalmente, señalan su seria preocupación por la crisis humanitaria que enfrenta el país.

El gobierno de México reitera, con absoluto respeto a la soberanía del pueblo venezolano, su determinación de apoyar una solución pacífica y negociada”.

Tan peligrosa conducción de la diplomacia mexicana confirma que los estrategas y asesores en política exterior del Ejecutivo federal han decidido ignorar la geopolítica y el interés nacional porque insisten en jugar el juego imperial con la carta marcada de la injerencia contra Venezuela. La casa puede perder. Hoy los mexicanos preguntan cuál es el objetivo de los estrategas del gobierno.

Han puesto al país en tal posición de vulnerabilidad política que el imperio no suavizará la reforma del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN).

Tampoco redactará una reforma migratoria que garantice derechos de la población inmigrante de origen mexicano en EE. UU. Menos aún buscará un trato decente en cualquier negociación de índole económica, financiera, territorial, social, cultural o tecnológica.

El imperio siempre busca vasallos leales, como la Argentina de Macri, que ha usado el conflicto venezolano para instigar el miedo entre los electores y evitar que votaran por Cristina Fernández de Kirchner el domingo 13 de agosto, en las primarias de candidatos a diputados y senadores. “Argentina iba a ser Venezuela”, voceaba el presidente argentino a quienes lo escuchaban. México no puede ni debe ser vasallo imperial.

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