Leyenda y misterio en antiguas playas del Chuvíscar

Crónica de la historia, por Froilán Meza Rivera// Las leyendas en torno a este tétrico lugar, se conservan en la memoria de los vecinos y de los pobladores de las alcantarillas, vagabundos y parias que se refugian en los desagües de los arroyos.


Leyenda y misterio en antiguas playas del Chuvíscar

La Crónica de Chihuahua
27 de junio, 18:51 pm

Chihuahua, Chih.- Los relatos en torno a las antiguas playas del Chuvíscar en las inmediaciones de la Cruz Roja cobran en la actualidad tintes de leyenda, con el recuerdo de crímenes, de apariciones y del hallazgo de cadáveres en medio del jarillal hoy desaparecido.

El sol de la tarde baña de dorado y cobre las murallas y el barranco, y las sombras de la noche le confieren un aspecto muy poco amigable, al grado de que muy pocas personas se aventuran a pasar a pie, incluso hoy en día, cuando la ampliación de la avenida Teófilo Borunda tiene ya años de haberse abierto al tránsito de los vehículos.

Las leyendas en torno a este tétrico lugar, se conservan en la memoria y en la boca de los vecinos y de los ocasionales pobladores de las alcantarillas, vagabundos y parias que se refugian durante la temporada seca en los desagües de los arroyos.

Hace apenas cuatro décadas, el río Chuvíscar formaba una playa en este sitio, donde se encontraba la famosa Noria del Mortero, convertida hoy en un parquecito que renta el gobierno del estado para fiestas infantiles.

La Noria del Mortero estaba localizada en la confluencia del arroyo del mismo nombre con el Chuvíscar (el arroyo corre ahora subterráneo y la calle que está encima se nombra Rómulo Escobar), en la margen derecha del río, a unos 3 mil 400 metros agua abajo de la presa Chuvíscar, y en las cercanías del lugar que se conocía como Cueva o Garganta del Diablo.

Apenas hace como 50 años que el Ayuntamiento mandó tapar aquí la pavorosa Cueva del Diablo, en vista de que en su interior se congregaban numerosos vagos y malvivientes que molestaban a los paseantes y a las familias que acudían a disfrutar del paisaje campestre.

La Noria del Mortero fue una obra hidráulica muy importante mandada a construir por el gobernador Enrique C. Creel, quien en un informe fechado el 1 de junio de 1906, decía que se había aprobado la construcción de un edificio en el que se instalaría una bomba destinada a suministrar «mayor cantidad de agua de la que ahora disfruta la capital».

En ese mismo lugar, y a principios del siglo XIX, existía la Hacienda Martínez, donde se trabajaba en el beneficio de metales.

Todavía para 1921, según el informe presentado a la Fundación de Beneficencia Privada por el ingeniero civil Plutarco Garciadiego, referente al abastecimiento de agua potable para la ciudad de Chihuahua, fechado en julio de ese año, las únicas fuentes de suministro de agua eran la Presa Chuvíscar y la propia Noria del Mortero.

En el barranco que mira hacia el río desde la orilla sur, se cuelgan varios muros de las construcciones que tienen fachada hacia la calle Matamoros, como el propio parque, así como un convento enseguida, en el que se enclaustran las monjas que atienden el asilo de ancianos Bocado del Pobre, llamadas por lo mismo Siervas del Bocado del Pobre.

Enfrente de lo que hoy es la Cruz Roja, hacia la orilla norte del río, existió la llamada Huerta Carrión, que fue afectada por las obras de canalización del Chuvíscar en 1958, lo que puede dar una idea del carácter semirrural de lo que eran las orillas de la ciudad de Chihuahua hace medio siglo.

El mismo Chuvíscar era una colección de bellos parajes como en este lugar, donde crecían -y todavía crecen- álamos y sauces, y donde abundaban esas plantas infaltables en los ríos de la región que son las olorosas jarillas.

Podemos leer en la Gaceta Nº 28 del Centro de Investigación Científica de Educación Superior de Ensenada (Cicese), que el investigador Manuel Figueroa rememoró su primer encuentro con Chihuahua, en un artículo que tituló «El río Chuvíscar. Dos de octubre, no se olvida»:

«Conocí la ciudad de Chihuahua en 1960, tenía siete años y nada me gustaba más que las márgenes del río Chuvíscar que la cruza casi por el centro y que entonces, aunque ya estaba bastante contaminado, daba vida a pequeños remansos poblados de sauces llorones y sicomoros, los árboles símbolo de Chihuahua. La ciudad era bellísima, y debe de haberlo sido más a juzgar por lo que quedaba de la majestuosidad de sus construcciones de cantera, antiguos palacetes donde vivió la burguesía minera y ganadera; los terratenientes como los Creel y los Terrazas, señores de horca y cuchillo de quienes en la época porfirista se decía que podían poner una vaca en cada durmiente de la vía férrea que une a Ciudad Juárez con la ciudad de México».

Algo que excitaba la imaginación de los capitalinos era la leyenda que hacía referencia a que en El Mortero había una de las terminales de la fabulosa red de túneles que, decían, atravesaban la ciudad y que comunicaba por la vía subterránea con los principales templos.

Y aunque hace 50 años el paraje del Mortero era todavía hermoso y atractivo, de noche las cosas eran muy diferentes, porque eran muy pocas las personas que atravesaban por aquí, temerosas de toparse con alguno de los aparecidos que eran personajes de las fábulas, o bien por el temor también de ser víctimas del ataque de los facinerosos que tenían su refugio en las covachas y barrancos.

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