La función original del ejército

EDITORIAL


La función original del ejército

La Crónica de Chihuahua
6 de junio, 11:00 am

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Buzos de la Noticia

Las fuerzas armadas y las leyes son elementos integrantes del Estado, indispensables para que éste cumpla con sus funciones; sin el ejército no podría velar porque el estado de cosas permaneciera durante mucho tiempo inalterado; sin un cuerpo de leyes no tendría el fundamento para la existencia del ejército, de las instituciones que mantienen el orden y la tranquilidad social; y tampoco tendría la justificación de toda acción represiva contra ciudadanos inconformes, dispuestos a actuar contra la injusticia o la desatención de las autoridades.

El Estado surgió con la división de la sociedad en clases, en una minoría propietaria de los medios de producción y de toda la riqueza y una gran mayoría desposeída y explotada por los propietarios; con esta división surgió la necesidad de un instrumento que sofocara cualquier iniciativa de cambio, de mejoría de la situación social, de rebelión contra la opresión y la injusticia; para esto nació el Estado con todos sus elementos: gobernantes, cárceles, policías, leyes y fuerzas armadas.

El ejército y el Estado en su conjunto no tienen como función proteger y defender a la nación ante las amenazas o el ataque de un Estado enemigo; quienes así lo sostienen pretenden maquillar su esencia represiva: la función primordial de las fuerzas armadas es la defensa de los intereses y riquezas de la clase dominante al interior del país.

En el imperialismo, fase superior del capitalismo, esa minoría está compuesta en cada país por un reducido número de ricos y en todo el mundo por un puñado de multimillonarios dueños de monopolios y de todos los recursos materiales y humanos. El Estado no sirve a toda la sociedad sino a este reducido grupo de magnates.

Los países que presumen de ejercer la democracia más perfecta son los que cuentan con el Estado más poderoso, con un ejército poseedor del armamento de exterminio más sofisticado y las tropas más sanguinarias.

A lo largo de muchos siglos, el Estado se desarrolló; tanto el ejército como las leyes se perfeccionaron presentándose a los ojos de la población como un producto de la democracia y de la materialización de los ideales más nobles de la humanidad. Las tareas del Estado se dividieron en dos grandes grupos: civiles y de protección y defensa; para las tareas civiles surgió la policía, con todas sus variantes, y para la protección y defensa del territorio, las fuerzas armadas.

Sin embargo, las crisis económicas, políticas y sociales obligan con frecuencia al Estado a echar mano de las fuerzas armadas ante manifestaciones de descontento popular que obligan a reintegrar a las tropas a la función para la que fueron creadas: someter a los grupos y clases inconformes que elevan su voz, que protestan en las calles, que exigen al gobierno que cumpla con sus obligaciones; entonces las leyes que limitan la participación del ejército se modifican y se envía a los soldados a desarrollar tareas policiacas, tareas que legalmente no les corresponden.

Y en esta sociedad globalizada, los países dominantes también someten a los débiles firmando acuerdos, tratados comerciales, políticos y militares que permiten a las grandes potencias mantener el orden mundial con su ejército, mostrando al desnudo la función original de los cuerpos represivos.

Nuestro reporte especial de esta semana muestra como esta ley general toma forma concreta en México en las iniciativas presentadas ante el Congreso de la Unión promoviendo la intervención del Ejército en problemas de carácter civil.

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