LA CARAVANA DE LOS CHINOS

Crónicas de la Historia


LA CARAVANA DE LOS CHINOS

La Crónica de Chihuahua
Mayo de 2011, 18:31 pm

**Era el nombrado “tren de la verdura” de los chinos, que llegaba cada mañana al mercado, procedente de Aldama y de la Hacienda de Tabalaopa.

Por Froilán Meza Rivera

Chihuahua, Chih.- Era algo digno de ver, la caravana de las carretas de los chinos que pasaba en la madrugada por el antiguo camino a Aldama, con dirección al centro de la capital del estado. Era todo un espectáculo para las gentes que llegaban a estar despiertas a esas horas, porque cada uno de estos carros, a los que llamaban “exprés”, llevaba encendidas dos lámparas, una atrás y otra adelante. Allá iba la línea de linternas, que en la casi completa oscuridad era lo único que se divisaba, y entraba aquella serpiente de luz en las hondonadas de los arroyos y vados, y describía cada curva del camino.

El testimonio es de Luis Ramos González, viejo ejidatario de Palestina:
“La otra vez me dijo mi madre: ‘Oye, m’ijo, ¿te acuerdas de cuando te ibas tú con tu padre en la caravana de los carritos exprés de los chinos?’. Yo ya no recordaba, pero hice memoria, y fue entonces que, a casi setenta años de aquellos sucesos, me reveló mi mamá que mi padre nos llevaba a mí y otro de mis hermanos de compañía, para no asustarse él en soledad a la hora de cruzar el arroyo que hoy nombran de San Jorge, donde siempre se aparecía una mujer de blanco que, triste, se sentaba en una piedra y se quedaba viendo el horizonte”.

EL TREN DE LA VERDURA

Para cuando pasaba el “tren de la verdura” por Palestina, que era donde se les unía mi padre en su respectiva carreta, y como único mexicano él en aquel convoy de carretas, sumaban ya alrededor de treinta los carros que se dirigían al mercado.

La caravana comenzaba con los primeros chinos, que salían de Aldama como a las nueve de la noche, y a los que se les unían los chinos de la Hacienda Tabalaopa. Era notable que todos vinieran dormidos sobre cobijas, y que la ruta la siguieran las mulas y caballos solitos, sin más guía que el propio camino. Luis Ramos recuerda que había también chinos en Nombre de Dios, y que todos se dedicaban a sembrar verdura y a venderla directamente en el mercado. “Los orientales que eran vecinos de nosotros habían arrendado la hacienda de Tabalaopa a sus dueños, quienes preferían sacar unos pesos que tenerla inactiva, como había estado a principios del siglo Veinte”. Ahí sembraban coles, zanahorias, rábanos, pepinos, calabacitas, chile, tomate, cebolla.

EL MERCADO

Seguía la caravana a lo largo del río y enderezaba rumbo por la avenida Juárez, donde pasaba por la zona de las actuales empacadoras, donde había hace setenta años una curtiduría de pieles que apestaba a rayos.

Como a las tres de la madrugada, los carros exprés llegaban a donde está hoy el Hotel Maceyra, y ahí los chinos bajaban la lanza a tierra y desenganchaban los animales. Desde esa hora tan temprana llegaba gente a comprar. Los primeros eran los comerciantes dueños de las verdulerías y de las tiendas que revendían los productos.

“Recuerdo que ahí cerca había un café de chinos, “La Palma”, en calles Sexta y Cuarta, contraesquina del Maceyra, a donde nos llevaba mi padre a tomar un café muy bueno que tenían, y unos quequis bien sabrosos”.

LA MUJER DE BLANCO

La mujer fantasma en el arroyo, tan temida por don Luis Ramos Venegas, era una visión que permanentemente se encontraba en el mismo lugar donde pasaba el camino, y ella, vestida siempre de blanco, nada decía al paseante. Pero cuentan que un hombre, un vecino de los Ramos, pasó un día en su viejo carrito Ford modelo 1930 de capote de lona, y, valiente, se le ocurrió bajarse y preguntar al espectro: “¿Qué quieres?”

Al respecto, el tímido fantasma sólo se volteó hacia el otro lado, sin hacer caso a la pregunta del campesino.

Ya antes, la mujer de blanco, según contaban, había parado a un viajero para preguntarle que por dónde se iba a Aldama.
El caso es que el propietario del auto Ford se fue a su casa a dormir. Vivía él frente a la placita, y dicen que apenas se estaba acostando, cuando tocaron con urgencia la puerta de la entrada. Acudió la esposa del campesino, y era la mismísima mujer de blanco, quien pidió a la señora de la casa que le hablara a su marido.

“Oye, Aureliano, dice una señora que si la puedes llevar a Aldama”.
“No, dile que se vaya, que no estoy”.

La doña se fijó que la de blanco era una mujer alta, blanca, con la cara de un color no natural, tirándole a cenizo, sin brillo, como si no le corriera sangre por las venas.