Historia y mito del Chato Nevárez, un bandido social en Chihuahua

** "Creo que tengo derecho a que se me conceda un último deseo, capitán", dijo el Chato al jefe de la Acordada cuando lo iban a fusilar. "Está bien, Chato, nomás no me pidas que te deje en libertad". Y aquí, la tradición oral en Babonoyaba asegura que lo que siguió fue como de película. "Quiero darme el gusto de torear un toro, capitán".


Historia y mito del Chato Nevárez, un bandido social en Chihuahua

La Crónica de Chihuahua
7 de noviembre, 07:55 am

Por Froilán Meza Rivera

Babonoyaba, municipio de Satevó.- El hombre encaró al toro y al destino que terminaba para él en esta toreada. Le fuera bien o mal en los lances que hiciera a la bestia, lo ovacionara la multitud o gritara ésta en lamentos por su suerte, ya era un hecho que debía de morir ese día.

Mientras que algunos afirman que Jesús Nevárez salió gravemente herido de un asalto y que murió después a consecuencia de las heridas, otros aseguran que en el año de 1742 se trasladó a la ciudad de México. Pero un final más romántico y más apropiado para un bandido como el Chato Nevárez, es el de la leyenda arraigada acá: al famoso asaltante y bandido no lo pudieron matar, ni siquiera cuando el gobierno lo atrapó y lo iba a fusilar en Babonoyaba. Para salvarse de ser fusilado, Nevárez ideó en el último minuto una treta que lo alejó de una muerte a manos de sus captores…

De entrada, aquí en Babonoyaba, los hombres mayores aseguran que “no saben nada” acerca de la figura histórica y mítica del Chato Nevárez. Pero esa “nada” se va haciendo “algo” y hasta “mucho”. durante la conversación. “Bueno, nada más sabemos que existió ese hombre y que se han buscado sus tesoros, nomás”, dice don Ramón Rivero. Pero en realidad, la gente aquí maneja mucha más información acerca del célebre bandido, y los datos fluyen conforme retrocede la desconfianza.

Para estas personas, el asunto es cosa local, porque el personaje es propio, a diferencia de la cabecera municipal, Satevó, donde muchos se pueden dar el lujo de no saber, allá sí, nada del Chato Nevárez. Y es local acá, porque no falta el cronista que asegure que el tal Jesús Nevárez no sólo murió en Santiago de Babonoyaba, sino que también fue nacido aquí.

Chato, el bandido social, del que muchos aseguran que, al igual que Chucho “El Roto”, famoso en el centro del país, repartía entre la población parte de los botines de sus raterías y atracos, con lo que se rodeaba de una especie de apoyo o “colchón” social que le brindaba cierta protección con respecto a la persecución de que siempre fue objeto. Estamos hablando del siglo Dieciocho. Sus perseguidores formaban parte de las fuerzas estatales de la Acordada, aquel temible cuerpo policial a caballo que, como los mismos bandidos, recorría la región, pero en defensa de las conductas de metales preciosos en los caminos.

TESTIGOS A LA DISTANCIA DE 280 AÑOS

Saben mucho, los tres hombres que, en este momento, se encuentran en la parcela de don Ramón Rivero, en faena de despuntar las matas del maíz que ya se mira bastante maduro. A cada paso, las calabazas asociadas con el maizal les recuerdan que está muy próxima también la temporada de su cosecha. “Es pura leyenda, este asunto”, expresa don Ramón, reacio todavía a aparecer dando declaraciones. Y en el transcurso de la plática, surge el tema de los famosos “derroteros”, que es como se conoce a una especie de mapas del tesoro con textos explicativos.

Los tales “derroteros” abundaron y empezaron a circular en cuanto se murió el Chato. “Uuuh, han llenado la sierra estos derroteros, con gente que viene acá a buscar la cueva del Chato, pero no, ese tesoro no existe”, dice el viejo. “Yo ahí me mantenía cuando joven, durante muchos años (en esta sierra), y nunca vi nada de tesoros”.

Los portadores de esos mapas famosos con las rutas e instrucciones para llegar al mero tesoro, los derroteros mentados, venían en grandes números sobre todo en la temporada de Semana Santa, aunque desde hace ya muchos años, los busca-tesoros han disminuido de forma considerable.

¿Y esa gente, de dónde venía? “No, pues quién sabe, es que no decían, casi ni hablaban, creo que por miedo a que les fueran a quitar el dinero”. Y don Ramón se ríe con picardía. “¿Usted cree? ¿Quién les iba a andar quitando el dinero? ¿Cuál dinero, si ellos venían engañados con los mentados derroteros que andaban cargando?”.

Don Abdón Borunda, también presente en el despunte de maíz en esta parcela, interviene para aportar otro de los datos. “Se sabe también que el Chato se llevaba de aquí a una señora como partera, cuando la necesitaba”. Que, durante el trayecto recorrido en dos caballos, uno para el bandido y otro para la comadrona, ella iba vendada de los ojos para que no supiera a dónde se le conducía. Al llegar al destino (todos suponen que la famosa cueva del Chato, en la Sierra de los Frailes), ella se encargaba de ayudar a la mujer de Jesús Nevárez a dar a luz, y luego era traída de regreso al pueblo, igualmente vendada.

AQUÍ EN SANTIAGO APÓSTOL, ESTÁ LA TUMBA DEL CHATO

Otro detalle importante obtenido en las entrevistas, es que en Babonoyaba está la tumba de Nevárez, excavada el mismo día en que falleció. Que, al pie del templo de Santiago Apóstol, donde se encontraba el antiguo cementerio, todas las tumbas, incluida la del Chato, fueron dejadas intactas, pero no así las cruces y monumentos, que fueron removidos hace cincuenta años, cuando dejaron el suelo raso. De aquellos entierros anteriores a la reforma que un siglo después obligó a la fundación de los panteones civiles, no quedó identificación alguna.

El historiador Zacarías Márquez, en “Misiones de Chihuahua”, apunta que “Santiago Apóstol, patrón de España, de ordinario fue más invocado para proteger empresas guerreras y no evangélicas”. En el caso que nos ocupa, esta poderosa figura de la Reconquista española acompañó en espíritu a las huestes de don Juan de Oñate en su conquista a Nuevo México. Fue Oñate quien nombró el primero a este puesto con el nombre de Santiago. Pero se toparon con que ya existía aquí un asentamiento original de la etnia de los indios conchos, quienes al lugar ya lo designaban como Babonoyaba en su lengua. Este emplazamiento concho marcaba su frontera con los tarahumaras, quienes habitaban en las otras márgenes del río de Satevó, en las proximidades. Los franciscanos iniciaron la evangelización en 1619, y para el año de 1640, había ya una misión atendida por fray Hernando de Urbaneja, bajo cuyos designios se construyeron la iglesia y la población española, que fue habitada durante veinticinco años. Cuando la gran rebelión tarahumara de 1652, la iglesia de Babonoyaba fue saqueada e incendiada, igual que el resto de las misiones aledañas fundadas por los jesuitas.

Pero… ya para 1665, Babonoyaba quedó restaurada, y fue un paso obligado de quienes se dirigían al norte, a la región de Casas Grandes. Es muy posible que lo único que queda en pie de la misión primitiva de Santiago de Babonoyaba, sean la planta del templo y la de la casa anexa.

EL CHATO Y SUS TESOROS MÍTICOS

En términos de la vida y muerte del Chato, estamos hablando de una distancia hacia el pasado de alrededor de 280 años porque, aunque no se tienen fechas exactas, se sabe que la banda de asaltantes bajo su mando, merodeó desde principios del siglo XVIII hasta el año de 1742, en esta región colocada en un punto medio entre los llanos centrales del estado, y la Sierra Tarahumara.

El historiador Jesús Vargas Valdez dio a conocer que “consta en documentos del siglo Diecinueve, (que) tan sólo en uno de los entierros del famosísimo y célebre bandido… los cuartos de dos ranchos se encontraban materialmente tapizados de ollas de barro llenas de monedas selladas”.

Todavía por estos días que corren, en Satevó, en Rosales, en Santa Isabel, existen hombres de edad que aseguran que poseen algún mapa y que se trata del “auténtico derrotero” del mayor tesoro del Chato Nevárez.

En testimonios que cita Jesús Vargas, “según Ventura Balderrama, quien murió en el año de 1906, y quien nació y vivió toda su vida en el pueblo de Santa Isabel, el Chato Nevárez era originario de ahí, pero don Juan Borunda sostenía que había nacido en el pueblo de Santa Cruz de Herrera”. Lo cierto es que en ambas poblaciones hay familias con ese apellido”.

Hay una carta histórica firmada por María Asunción Nevárez, quien se decía hija del afamado bandolero, fechada en la ciudad de México el año de 1861 y dirigida a don José María Nevárez, residente de Santa Isabel y al que trataba de tío. En esa carta, daba ella datos de los entierros que su padre había dejado en los distintos ranchos en la sierra de los Frailes, cerca del Río San Pedro, además de un entierro compuesto de barras de oro que, según ella, había escondido su padre al pie de una encina en una playa del arroyo llamado del Colegio. El dicho arroyo nace en el puerto de San Pedro y desemboca en el río del mismo nombre.

SU FINAL DE FÁBULA Y EL INICIO DE LA LEYENDA

"Creo que tengo derecho a que se me conceda un último deseo, capitán", dijo el Chato al jefe de la Acordada, cuando ya lo conducían al paredón en donde lo fusilarían. Éste se desconcertó con la petición, miró al sargento quien captó la seña en la mirada de éste, y díjole al reo: "Está bien, Chato, nomás no me pidas que te deje en libertad".

Y aquí, la tradición oral en Babonoyaba y Satevó asegura que lo que siguió fue como de película. "Quiero darme el gusto de torear un toro, capitán".

Los rurales se movilizaron con rapidez para arrancar a los campesinos un animal digno de que lo lidiara aquel bandido que tanta lata les había dado durante tantos años, y que estando vivo era para ellos una papa caliente.

Era bueno el Chato Nevárez para torear, y esa corrida fue todo un espectáculo que nadie olvidó. Todavía hay viejitos en la región que, aunque no fueron testigos presenciales, por supuesto, sí tuvieron la referencia más fresca de parte de sus mayores, acerca de lo que sucedió a continuación.

Se improvisó el coso en el patio de una casa vecina del calabozo, y a pesar de que nadie dio aviso formal de la corrida, para el medio día se había congregado ya toda la gente del pueblo y aun vinieron de las rancherías a tres leguas.

El hombre encaró al toro y al destino que terminaba para él en esta toreada. Le fuera bien o mal en los lances que hiciera a la bestia, lo ovacionara la multitud o gritara ésta en lamentos por su suerte, ya era un hecho que debía de morir ese día.

Era fama la destreza del reo en esas lides, y dio buen espectáculo, pero cuando el público esperaba otra faena vistosa con el capote, el toro embistió al lidiador y le ensartó un cuerno en el vientre, vaciándole los intestinos y desangrándolo, tirado entre el estiércol del corral.

Un rumor de asombro y los gritos de dolor de hombres, mujeres y niños estremecieron la "plaza", y el propio capitán de rurales trató de detenerle la hemorragia, no fuera a morírsele el desdichado sin que lo pudiera ejecutar. Dicen que aquel infeliz militar mandó fusilar el cadáver, de todos modos.