Galería: Vivir bajo el desierto australiano

**Jürgen Feldheim y Gabriele Gouellain, pareja de mineros alemanes, preparan la mesa para la cena en su hogar subterráneo en Coober Pedy, Australia. FOTOS: Tamara Merino// NO SE PIERDA ESTA FOTOGALERÍA


Galería: Vivir bajo el desierto australiano

La Crónica de Chihuahua
26 de octubre, 10:55 am

Por Matthew Sedacca/
The New ork Times

Las montañas rojizas que rodean a la comunidad minera de Coober Pedy se extienden por todo el horizonte. La primera vez que la fotógrafa chilena Tamara Merino llegó al sitio para arreglar un neumático ponchado en su camino por el desierto de Simpson, en el sur de Australia, pensó que era un pueblo fantasma.

Pronto vio que estaba en un pueblo bullicioso… por debajo de la tierra.

“Los bares y restaurantes son subterráneos, las iglesias también; todos los niños crecen bajo tierra”, dijo Merino en una entrevista telefónica para hablar sobre las vidas sociales y privadas de los habitantes de ese enclave australiano. “No son distintos, como hombres de las cavernas; son personas normales que eligen vivir de otra manera”.

Los residentes de Coober Pedy han trabajado, habitado y amado subterráneamente desde hace un siglo en busca de la riqueza a través del ópalo, una gema arcoíris. Después de descubrir a la comunidad subterránea, Merino pasó semanas viviendo con los locales en sus residencias cavernosas, apodadas dugouts o fosos, para documentarla con su serie Underland.

En buena parte del mundo más desarrollado, la gente vive en edificios de departamentos o grandes casas o en hogares de estilo rancho. Sin embargo, a Merino le atraen aquellos que viven en estructuras terrenales y cavernosas como nuestros ancestros hace miles de años.

“La gente empieza otra vez a vivir bajo tierra y se debe a varios factores: económicos, climáticos o culturales”, dijo Merino. “Queremos entender esa condición humana. ¿Cómo se relaciona un ser humano con el ambiente en el que elige vivir?”.

La vida subterránea de Coober Pedy nació de la necesidad. Desde 1915, las personas de todo el mundo han viajado al lugar en el sur de Australia para intentar enriquecerse o empezar de nuevo con la minería de ópalo. El pueblo se siente cosmopolita porque sus residentes tienen alrededor de 45 nacionalidades.

“La gente empezó a pasarles a otros la noticia de que aquí estaba esta piedra”, dijo Merino. “Todos se estaban volviendo muy ricos hace cien años y empezaron a llevar a sus familias. Luego empezaron a nacer niños ahí”.

Pero es un terreno inhóspito. Las altas temperaturas superan los 38 grados Celsius y las bajas son heladas. Merino recuerda que un día, en la superficie, estaba a 48 grados Celsius hasta que Gabrielle Gouellain, minera de origen alemán, la invitó con su compañero a su guarida. A lo largo de las generaciones los habitantes aprendieron a rehuir de las temperaturas y las tormentas de arena con la construcción de estructuras varios metros bajo la superficie, donde la temperatura, sin importar la temporada, ronda los 20 grados Celsius.

“Es insoportable vivir en la superficie”, dijo Merino.

Por medio de los lugareños la fotógrafa captó la conexión íntima que puede haber con la tierra. En el hogar de Gouellain hay paredes de arenisca alrededor de la cocina y el comedor, que tienen gabinetes de madera y un horno eléctrico de acero inoxidable. Los fieles de la Iglesia ortodoxa serbia acuden a sus reuniones en un sitio que, pese a ser subterráneo, tiene vitrales y sus paredes tienen relieves con pasajes bíblicos.

Otros invitaron a la fotógrafa a ver los cimientos económicos de la comunidad. Los mineros pasan semanas en huecos apretados y oscuros con una lámpara en la frente y la luz natural que se alcanza a filtrar mientras excavan las paredes. Por la noche hay noodlers, chatarreros que usan luz negra para buscar pedazos de ópalo más pequeños que están sobre la superficie. Tanto mineros como buscadores esperan poder ver el brillo caleidoscópico del ópalo.

“Muchos de quienes viven en Coober Pedy no han encontrado ni un solo pedazo en toda su vida”, dijo Merino. “Muchas personas que han encontrado ópalo ahora se volvieron millonarias y luego perdieron todo por invertir en nuevas máquinas o hacer fiestas”.

La tradición de minar ópalo ha ido desapareciendo y, con ello, también el pueblo. Los adolescentes y jóvenes adultos quieren un empleo estable que no ofrece la minería. Aunque muchos residentes siguen viviendo bajo la superficie en espera de enriquecerse con una sola gema que esté a treinta metros bajo tierra.

“Cuando pasan semanas adentro y encuentran una pieza de la piedra colorida, entiendes por qué se dedican a buscarla”, dijo Merino. “Es hermosa. Es su sueño”.

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