¿Existe la esclavitud laboral? Existe, y no es una excepción

Por Froilán Meza Rivera


¿Existe la esclavitud laboral? Existe, y no es una excepción

La Crónica de Chihuahua
2 de octubre, 15:00 pm

De manera harto frecuente, y sobre todo en la temporada de cosechas en el estado de Chihuahua, se llegan a conocer, se deslizan hasta las páginas de los periódicos, historias de explotación laboral que rayan en la esclavitud y que se antojan increíbles, al grado de que muchos de los lectores se preguntan, con justa razón, si ese tipo de situaciones son posibles “en pleno siglo Veintiuno”.

¿De qué historias se trata?

En el verano del 2014, catorce indígenas rarámuris fueron esclavizados, se supo, en los campos de cultivo de chile de Las Bombas, en el municipio de Ojinaga. Los detalles que se conocieron fueron increíbles: además de malos tratos, de golpes y de agresiones verbales, y de haber sido aventados a vivir en la intemperie en medio de los horrorosos calores de esa región, ellos recibían un pago promedio de 9 pesos por una jornada de 11 horas. Los humildes trabajadores habían recibido cantidades de 150 pesos por 15 días de trabajo (¡10 pesotes diarios!); otros, de 250 pesos por un mes pizcando chile. Un buen día, esos 14 hombres fueron hallados vagando en el desierto, abandonados a 50 kilómetros de la cabecera municipal. Todos presentaban desnutrición y signos de deshidratación al haber caminado por lo menos 20 kilómetros, luego de que fueran abandonados y tirados en el camino por el capataz. Todos eran originarios de municipios serranos como Guachochi, Urique y Carichí, y habían sido reclutados en Cuauhtémoc con la promesa de recibir 4 pesos por cada bote de 20 litros que llenaran con chile jalapeño en los campos.

Pero hay otras historias, también de injusticias extremas.

El 8 de abril de este año 2017, alrededor de cuarenta personas fueron despedidas sin razón justificada de la construcción de la cervecera Heineken en Meoqui. A ellos nunca los inscribieron en el Seguro Social, y por lo tanto no tenían derecho al Infonavit, ni a nada más, y tampoco creció su cuenta del ahorro para el Retiro. ¿Para qué se iban a molestar los contratistas inscribiéndolos a la seguridad social o a cualquier otro beneficio, si eran trabajadores de segunda, venidos desde quién sabe dónde, y que se iban a regresar en cuanto los despidieran o se les acabara el trabajo? Los trabajadores, que no son oriundos de Chihuahua, señalaron que les querían entregar solamente seis mil pesos de pago total, pese a las jornadas extensas de hasta 15 y 20 horas diarias que trabajaban. Denunciaron que los obligaban a cubrir jornadas inhumanas, en condiciones deplorables. A ellos los forzaron a habitar insalubres espacios que compartían hasta 45 personas, donde dormían en el suelo y cocinaban en fogatas. Las víctimas detallaron que trabajaban para un contratista de Heineken, pero que de pronto fueron despedidos y que no tenían dinero ni siquiera para regresar a sus hogares.

Así, pudiéramos seguir contando historias similares. Historias de esclavitud.

Cuando estos casos se cuelan a la prensa, se les trata como si fueran extraordinarios, como si fueran deshonrosas excepciones, anormalidades. Pero no es así. La explotación en estas historias y otras por el estilo, es indignante en verdad, pero de ninguna manera es extraordinaria, si acaso un poco más cruda que la “normalidad”. Estamos sumergidos en un estilo de vida tal, rodeados, bombardeados de prédicas acerca de que “es natural” que haya ricos y pobres, “afortunados y desafortunados”; estamos influidos sobremanera por la propaganda que nos convence de que sólo nos deben interesar nuestros intereses particulares y nunca los sufrimientos del prójimo, que nos dicen en todos los tonos que nos olvidemos de lo que nos rodea. Pero respóndeme, lector: ¿cuánto ganan nuestros vecinos, nosotros mismos, cuánto gana nuestro padre, nuestro hermano en la fábrica, en la maquiladora, en la construcción o como empleado de un comercio? ¿Reciben todos ellos las prestaciones que les están negadas a los entre 25 y 30 mil rarámuris que bajan cada año de la Sierra de Chihuahua a vender su mano de obra en la pizca de la manzana en Cuauhtémoc y Guerrero? ¿Obtienen todos ellos el salario suficiente y remunerador que se encuentra claramente estipulado en la Constitución?

Recordemos que hay 1 millón 200 mil chihuahuenses en situación de pobreza, y con una grave carencia hasta de lo más indispensable entre la población trabajadora. Según el Doctor Brasil Acosta, Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma de Chapingo, con Maestría en Economía en el Colegio de México y con un Doctorado en Economía por el Colegio de México y la Universidad de Princeton, nada más en esta ciudad, en la capital del estado de Chihuahua, hay más de 220 mil personas en condiciones de pobreza, que habitan viviendas con piso de tierra o que no tienen un lugar para vivir. Y que la carencia por acceso a la alimentación se agravó en Chihuahua, y pasó de 580 mil personas afectadas, a 604 mil, lo que quiere decir que, todavía en los tiempos modernos en Chihuahua, más de medio millón de pobladores carece de lo elemental que necesita el ser humano para vivir sanamente. De 1 millón 674 mil 506 chihuahuenses que componen la Población Económicamente Activa (PEA), trabajadores por cuenta propia son 220 mil 497, es decir, son los que se dedican a vender chacharitas en los tianguis o a ofrecer burritos en la calle. Del total de trabajadores, hay una cantidad que no recibe ningún pago, que son 28 mil 861. De la PEA, hay solamente 849,801 trabajadores afiliados al Seguro Social, es decir, que el 55% del total no cuenta con servicio médico ni Infonavit, ni Afore, ni nada, y que por lo tanto tampoco sus hijos ni su pareja se benefician con esas prestaciones.

Es del dominio público que un trabajador asalariado, ya sea que esté empleado en la construcción o en la industria maquiladora de exportación, gana semanalmente entre 800 y 1000 pesos escasos, y con eso una familia de cuatro o cinco miembros se tiene que “hacer garras” para que le alcance para comer bien tres veces al día, para pagar el transporte de los adultos al trabajo y de los menores a la escuela, para comprar útiles escolares, para adquirir zapatos, ropa, artículos de limpieza personal, artículos para la limpieza de la casa, focos, clavos, muebles, teléfonos, médico, medicinas y hospital cuando se necesita, pagar los servicios de la vivienda como agua y luz, mínimamente. Y por supuesto, para que la familia tenga un tiempo de diversión y esparcimiento.

Hay que recordar también que las recientes reformas a la Ley Federal del Trabajo permiten barbaridades como el no pago del tiempo de aprendizaje de los empleados nuevos. Considérese asimismo la subrogación de servicios, que en la práctica conduce a situaciones tales como que las empresas o instituciones ya no contratan personal para muchas de sus tareas, porque otra entidad lo hace por ellos, aunque bajo condiciones depredadoras. Así, se llega al absurdo de que -por poner un solo ejemplo de la vida real- los guardias de seguridad que cuidan las puertas de la Clínica Morelos del Seguro Social en Chihuahua, ¡no están inscritos en el Seguro Social! Y la tendencia es mundial: la burguesía mexicana se adapta a las condiciones que se convirtieron ya en medidas estándar a nivel mundial y que se pueden resumir, por un lado, en la renuncia de los aparatos estatales nacionales a garantizar un mínimo de bienestar a la población, así como a privatizar de manera creciente los servicios como la educación y la salud, o la renuncia por parte del Estado a tener bajo su cuidado y supervisión las áreas estratégicas de la economía. Asimismo, la tendencia global se manifiesta en otro aspecto estratégico de defensa del capital, como lo es en el caso que nos ocupa, el abandono de la antigua tarea de tutelar el cumplimiento de las condiciones laborales esenciales de las clases trabajadoras.

Salarios de hambre, falta de prestaciones sociales y laborales, falta de acceso a la salud y a la educación, son la regla, como se puede ver en este panorama. En el mero fondo del problema, está la forma en que se organiza la sociedad y cómo están asentadas las bases de la economía: la gran masa de trabajadores asalariados vende al capitalista su fuerza de trabajo, para recibir a cambio el equivalente (en metálico) a las mercancías cuyo consumo le va a permitir solamente que pueda regresar vivo al día siguiente a seguir entregando su energía vital en beneficio de un puñado de grandes magnates. Resulta indignante leer que, según el informe «Panorama Social de América Latina 2016», de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), pocas empresas en México concentran la propiedad de activos físicos. “El 10 por ciento de las empresas concentran el 93 por ciento de los activos físicos, en tanto que el 90 por ciento restante dispone de muy pocos bienes de capital”.

¿Alguien quiere una mayor desigualdad que esa? No cabe duda de que la esclavitud laboral no es, ni de lejos, una excepción, sino que por el contrario, es la regla en la que estamos todos sumergidos cotidianamente.

Al pueblo trabajador no le queda como alternativa, entonces, más que organizarse y luchar para cambiar el actual estado de cosas, reivindicar a su clase como el motor y el alma de toda la economía –pues sin su trabajo no existiría toda la inmensa riqueza que solamente vemos pasar delante de nuestros ojos-, y darse cuenta de que es necesario que los pobres tomen en sus manos el poder político para cambiar el rumbo del país en beneficio de los que menos tienen.

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