Empresas filantrópicas, una quimera

Por Abel Pérez Zamorano


Empresas filantrópicas, una quimera

La Crónica de Chihuahua
20 de julio, 23:27 pm

(El autor es un chihuahuense nacido en Guazapares. Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, miembro del Sistema Na cional de Investigadores y profesor-investigador en la División de Ciencias Económico- administrativas de la Universidad Autónoma Chapingo, de la que es director.)

Cotidianamente, la publicidad anuncia la preocupación de tal o cual empresa privada por nuestra salud, si se trata de una farmacéutica, o por nuestra buena alimentación, si vende alimentos.

Como propaganda, muchas hacen labor filantrópica mostrando preocupación por enfermos, ancianos, niños abandonados y minusválidos, o por el medio ambiente, para dar la impresión de que su razón de ser es el bienestar común.

En la misma lógica, una vertiente de la teoría económica postula que las empresas privadas son buenas en tanto nos ahorran tiempo en la búsqueda de satisfactores, y que sin ellas la vida sería muy difícil, e incurriríamos en un gasto excesivo de dinero y esfuerzo, por ejemplo fabricando cada quien su propio pan. Ronald Coase sistematizó esta tesis en su Teoría de la empresa, aunque existían ya antecedentes desde el siglo XIX en pensadores como Say y Bastiat.

Sin embargo, como admiten economistas serios, muchos de ellos incluso defensores de las empresas, el verdadero propósito de éstas es otro. Veamos dos citas al respecto.

“La mayor parte de los modelos de la oferta suponen que la empresa y su director persiguen la meta de obtener la mayor cantidad de ganancias económicas posible… Este supuesto tiene un largo historial en la literatura económica y existen muchas razones para recomendarlo. Es un supuesto plausible porque, de hecho, los dueños de las empresas buscarían que sus activos adquieran el mayor valor posible y porque los mercados competitivos podrían castigar a las empresas que no maximicen las ganancias.” (Walter Nicholson, Teoría Microeconómica: Principios básicos y ampliaciones, pp. 248- 249).

Otro famoso economista postula que: “En una economía capitalista, las empresas pertenecen a individuos… Normalmente, su meta es maximizar los beneficios… Los propietarios de las sociedades deben definir el objetivo que han de seguir los directivos y cerciorarse de que éste realmente se cumple. En este caso, el objetivo, normalmente, es también la maximización del beneficio”. (Hal R. Varian, Microeconomía intermedia, pp. 362-363). Ésta es la realidad desnuda, sin el adorno del marketing.

Así opera el sistema de empresas en un mercado típicamente capitalista, que, no obstante similitudes de forma, es esencialmente diferente a los mercados primigenios surgidos desde los inicios de la civilización y desarrollados luego, lentamente, a lo largo de la Edad Media.

Con el esclavismo apareció la circulación propiamente mercantil, o sea, mercancías intercambiadas por dinero, pero predominaba la llamada circulación mercantil simple, cuyo propósito era la obtención de medios de consumo o valores de uso; la mercancía producida era vendida para comprar otras que fueran satisfactores de necesidades.

Ahí todo empieza con la venta de una mercancía, y termina con la compra de otra; el dinero es solo un mediador. Por otra parte, y muy importante, la unidad productiva típica producía la mayor parte de lo que consumía, vendiendo solo sus excedentes y comprando sus faltantes.

Aunque aquel intercambio mercantil simple ha perdurado, lo ha hecho absorbido por un sistema superior: el mercado típicamente capitalista, donde el ciclo empieza con dinero y termina con dinero, y donde la producción de los empresarios no persigue como fin fundamental crear valores de uso para ellos ni para los consumidores.

Ciertamente, aquéllos procuran satisfacer sus necesidades, como hacían incluso los esclavistas romanos y los señores feudales, con gran lujo y aun en exceso; pero cualquiera puede ver cómo en las grandes empresas la magnitud de la acumulación supera con mucho las capacidades mismas de consumo, aun las más extravagantes, de los multimillonarios, quienes necesitarían muchas vidas para consumir sus grandes fortunas.

El objetivo es acumular valor, en oro o en dinero, y en casos extremos, como en los albores del capitalismo, aun en detrimento del consumo, como ocurría al famoso señor Grandet –el avaro personaje de Balzac–, quien no vivía para disfrutar de sus riquezas ni lo permitía a su desgraciada familia, sino para el goce mismo de la acumulación, hasta lo patológico.

Una segunda característica de este modo de circulación capitalista es que prácticamente toda la producción se destina al mercado; bastaría con preguntarse: ¿cuántos de los más de siete millones de coches que produce anualmente Toyota son para el consumo personal del empresario?, o bien, ¿cuántas latas de refresco Coca-Cola beberá cada día el propietario de esa empresa? Toda la producción se vende, para obtener un valor superior al invertido.

Y si lo destinado a cubrir las propias necesidades es solo una insignificante porción de lo acumulado por los grandes empresarios, menos importante aún es atender debidamente las de los consumidores que viven de su propio trabajo. Nada importa, por ejemplo, vender leche con agua, u otros alimentos adulterados, ni casas con vicios ocultos; total, dicen los constructores: nosotros ya vendimos, y después, el diluvio.

Así que la calidad de las mercancías importa solo en la medida en que hacen posible su venta y la retención de la clientela; no es un fin, sino un medio, evidencia de lo cual es que la preocupación por ella desaparece en condiciones de monopolio, cuando no hay competidores, como en empresas telefónicas o de transporte de pasajeros; por ejemplo, si en una región aislada solo presta servicio una línea de autobuses, no importa a los empresarios que las unidades sean inseguras e incómodas.

Más aún. Muchas empresas venden productos que lejos de aportar bienestar alguno son evidentemente dañinos; por ejemplo alimentos chatarra o refrescos; igual ocurre con el consumo excesivo de bebidas alcohólicas, que destruye la vida de muchos, pero deja mucho dinero a otros.

En igual sentido, ¿cuál es la satisfacción social de la industria armamentista?

En fin, la razón de ser de la circulación mercantil capitalista es operar como medio para ganar dinero, no para llevar felicidad a la gente; lo demás es mimetismo. Pero, quizá ocurra que algún día opere de nuevo una forma de circulación que sirva para distribuir con equidad el fruto del trabajo de unos por el de otros, y para poner al alcance de todos los bienes necesarios para una vida feliz.

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