Ellos son jardineros, y arrastran un hambre vieja. ¿Sobrevivirán?

**Y aunque el problema del Covid-19 no les es ajeno a estos artesanos, tratan de que no les afecte. “Pero si los cubrebocas costaban a 50 pesos el paquete con 3, ahora yo he visto que hasta uno solo lo vendan a 50… es preferible comprar eso de frijolitos”.


Ellos son jardineros, y arrastran un hambre vieja. ¿Sobrevivirán?

La Crónica de Chihuahua
2 de abril, 13:15 pm

Chihuahua, Chih.- “Hey, ¿qué andan haciendo? ¿Qué se están robando?” Desde el interior de la casa, la voz del propietario se escuchó en airado reclamo, y su figura se les plantó en seguida en el jardín, para asegurarse de que los dos hombres que rebuscaban entre las bolsas de basura en la banqueta, se marcharan de inmediato. Con esto, el ofendido morador de la casa se aseguró de que nadie perpetrara ningún atentado contra… ¿la basura que él había sacado la noche anterior?

La gente encerrada se pone nerviosa, y muchos buscan desquitar sus frustraciones con otras personas, y qué mejor chivo expiatorio que unos pobres que pasan revisando la basura por las calles.

“Órale, pero si era sólo basura, y nomás andábamos buscando botes de aluminio para vender”, se quejó el flaquito con su compañero, un rato más tarde, mientras se afanaban en arrancar la hierba de las jardineras en otra casa donde la dueña los contrató para arreglar los tres recuadros donde ella piensa plantar árboles.

Ellos son jardineros y recorren las calles empuñando sus azadones ligeros, una palita y una escoba. Tocan en las puertas y ofrecen su servicio: “Oiga, seño, ¿no quiere que le cortemos la hierba?”, o “¿le emparejamos la tierra de su jardín y le desahijamos las matas?”; “Le podemos limpiar el frente y se lo dejamos bien bonito, áhi con lo que guste darnos”.

De edad mediana ambos, llevan ropas no sólo pobres, sino hasta desgarradas de las rodillas. Se nota que por lo general no usan la barba, pero ya tienen días que no se han rasurado, y la razón resulta evidente cuando sale la señora de la casa con sendos vasos de agua y cuatro naranjas: tienen sed, piden más agua, y sin ningún empacho comienzan a devorar las naranjas. Tienen hambre. Tienen necesidad.

Cuando llegaron, el que ofreció el trabajo le pidió a la señora que “no le hace, si no tiene dinero, denos un taco”. Tienen un hambre vieja, tienen hijos y lo poco que llevan a su casa lo destinan todo a los bastimentos. Ellos comen en la calle, lo que pueden, cuando pueden. La seño les dio 100 pesos por el trabajo. Una limpieza excelente, el zacate y las yerbas desaparecieron y la tierra quedó rasa y libre de impurezas, barrieron la banqueta; la diferencia de un buen trabajo salta a la vista.

Estos dos trabajadores a destajo forman parte de una legión de jardineros que, unos con más equipo que otros, se dedican a recorrer las colonias del segundo y tercer cuadro de la ciudad, las colonias San Felipe en sus cuatro etapas, la Magisterial, Las Granjas, el Panorámico y otras, en busca de dueños de casas dispuestos a que se les poden los árboles, se les rieguen los arbustos y las flores, se les construyan jardines, se hagan reparaciones a las cercas, etcétera.

Mientras azadoneaban con su ritmo regular, en medio de ese ruido platicaban entre ellos, deseando que la infección del coronavirus no los alcanzara: ¡Más vale que no nos enfermemos, porque si no, ¿qué nos va a pasar? ¿De dónde vamos a comer?” El trabajo escasea por lo regular en el invierno y aumenta de manera significativa en la primavera para regularizarse en el verano.

Y aunque el problema del Covid-19 no les es ajeno a estos artesanos, tratan de que no les afecte, por la vía de no hacer mucho caso de las probabilidades de un contagio. “Pero si los cubrebocas costaban a 50 pesos el paquete con 3, ahora yo he visto que hasta uno solo lo vendan a 50… es preferible comprar eso de frijolitos”.

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