El proceso infame contra las brujas de Monclova

* Todo lo admitieron las falsas brujas, después de la tortura: llenaron declaraciones con tantas fantasías que fueron la plática más amena en las noches de calor en verano, o en los fríos inviernos a la orilla de la chimenea.


El proceso infame contra las brujas de Monclova

La Crónica de Chihuahua
18 de septiembre, 21:56 pm

Por Froilán Meza Rivera

Por miedo a que llegaran las brujas, entraran por las ventanas y ahogaran a sus hijos pequeños, las mujeres que criaban no dormían los viernes en la noche, que es tiempo especial en que todo cristiano sabe que operan estas siervas del maligno. Presa de profundos temores merced a la gran difusión que estaba teniendo el proceso de las horribles y desalmadas brujas, también la gente de afuera se disculpaba con sus conocidos de esta villa de Monclova, y les decían que no podían venir, no fuera a suceder que los encarcelaran por brujos.

A mediados del siglo Dieciocho, era tal la conmoción que causaba el juzgamiento de las brujas por el Santo Oficio, que dicen que hasta los niños y niñas cantaban las coplas de las brujas:

De Coahuila somos
Al Saltillo vamos,
De adentro venimos
Y no nos cansamos”.

El bachiller Juan José Rodríguez, fue nombrado como Comisario del Santo Oficio para investigar el caso de las llamadas “brujas de la Monclova”. El proceso de juicio resultó en el encarcelamiento de varias mujeres, que purgaron diversas condenas en las secretas mazmorras de la Inquisición en la ciudad de México y en otros lugares, como conventos o casas de monjas. ¿Qué “crímenes” habían cometido? Hechicería y brujería, prácticas que, después de haber sido sometidos a torturas terribles y dolorosas, acabaron por aceptar todos los denunciados, en su mayoría mujeres.

Los procesados eran tantos como el número de cincuenta.

Todo el proceso se desencadenó, tal y como se asienta en los archivos coloniales, “por una bolsa de tela azul que se encontró en la calle y la cual contenía cabellos, una piedra imán y yerbas”, y que sin duda fue el rastro que los celosos ministros clérigos y seculares de esos tiempos en Monclova, tomaron como principal evidencia del “crimen”.

Buscaron de inmediato los promotores de esta persecución, a las culpables, que en este caso resultaron ser vecinas de esta comarca, indias tlaxcaltecas las primeras sospechosas.

La investigación involucró a personas de Monclova y de varios vecindarios de la región, como lo fueron el de la misión de Nuestra Señora de la Victoria, Casa Fuerte de los Nadadores y el vecino pueblo de San Francisco de Tlaxcala y su Misión de San Miguel de Aguayo.

Todo lo admitieron las falsas brujas, después de su respectiva “calentadita”: llenaron las declaraciones de tantas fantasías que sin duda, fueron la plática más amena en las noches de calor en verano, o en los fríos inviernos a la orilla de la chimenea. Los abuelos se dieron gusto narrando la historia “del hombre encueretado”, del diablo que decía “llamarse Herodes” o de la aparición de esta encarnación del mal “todo vestido de negro, sentado en una silleta, en el carrizal que está en el río”. O los increíbles viajes relámpago que realizaban algunas de estas vecinas declaradas brujas, “volando desde Boca de Leones hasta Monclova”.

El comisario franciscano y su secretario, iniciaron sus investigaciones en Monclova y la región entre agosto, septiembre y octubre del año de 1751. Estando los juzgadores en las misiones de Río Grande, recibieron una carta de los caciques tlaxcaltecas del Pueblo y de Nadadores, en que solicitaban clemencia y justicia hacia las mujeres que habían sido señaladas de hechicería, consignando en su misiva un párrafo que, sin duda alguna, nos da luz sobre la rotunda falsedad de las acusaciones:

“También a otra llamada Marcela, preguntada en tamaña materia por Don Juan (de Castilla y Rioja) y respondiendo ella en náhuatl que no sabía, diciendo “amo niemati”, él decía, que la mataste con puyumate (yerba) y replicando la mujer en su lengua “amo nicuiquilia”, o sea Dios, él decía: “negaste a Dios…”.

El registro puntual de esta injusticia y del grado de maldad oficial que practicaba el gobierno novohispano en connivencia con los jerarcas de la Iglesia, se debe al célebre escritor franciscano Fray Hermenegildo de Vilaplana, joven y recién llegado a la Nueva España.