El horror nuestro de cada día (XVI)

EN MADERA, CHIHUAHUA, LOS IMPENSABLES MONSTRUOS DEL BOSQUE


El horror nuestro de cada día (XVI)

La Crónica de Chihuahua
Diciembre de 2010, 18:31 pm

Por Froilán Meza Rivera

Madera, Chih.— El gruñido que escuché lo pudo haber hecho cualquier animal, incluso un ser humano, por lo que en un principio no me asusté, aunque sí me puse en alerta.

Pero lo que sí me desconcertó fue haberme encontrado ahí mismo con unas huellas impresas claramente en la nieve, unas huellas muy, muy curiosas, que no se parecían a nada que yo conociera. Bueno, la huella era como de jabalí, con la pezuña separada, pero más compacta, como cuadradita...

Y había pelos, unas cerdas grises que se les iban desprendiendo a aquellos seres conforme avanzaban rozando sus flancos y su abdomen contra la cubierta de nieve. Yo me decidí a seguirlos con el rifle en la mano, esperanzado en cazar un jabalí (a pura voluntad me convencí de que eran jabalíes) para llevar carne sabrosa a mi familia en aquel invierno que se nos puso tan difícil el sustento.

De hecho, mi presencia en lo más profundo y alejado del bosque del Ejido El Largo, obedecía a mi afán de conseguir carne. Ya había fallado ese día con una parvada de cóconos silvestres que me salió de repente en una mesa encinera, porque me pasaron volando por la cabeza estando yo metido en un arroyo, y para cuando pude salir, pues ya iban en casa del demonio de lejos. Hubiera ido yo por encima, me les hubiera cruzado entre los árboles y hubiera tenido chance de tumbar unos dos, aunque fuera un macho grande.

Pero ya ni hablar.

Sigiloso, seguí las nuevas huellas, pero conforme avanzaba hacia el claro a donde me llevaban, me convencí de que no podían ser jabalíes: yo conozco cada huella de animal chico y grande, y éstas que iba siguiendo no eran de ningún animal de aquí. Días después, dibujándoselas a mi compadre Guillermo en un papel, me aseguraba él que eran huellas de cholugo, o sea, de coatí o tejón, pero no: los cholugos, igual que los castores, tienen “manitas”, mientras que las huellas que vi en el bosque eran de pezuña hendida, como las vacas y los cerdos.

Al llegar yo al claro, escuché de nuevo los gruñidos, esta vez más cerca de mi posición, y entonces apresuré el paso todo lo que pude remando en la nieve. Ya la respiración se me había agitado tanto, que sentía un furioso y rítmico golpeteo de la sangre en mis sienes, y escuchaba que el corazón bombeaba con estruendo. Temí en ese momento que los animales pudieran escuchar los sonidos de mi circulación, y agucé la vista hacia donde venían los gruñidos.

“Definitivamente, no son cerdos”, pensé.

¡Y no lo eran, según mi vista! Porque ahí estaban adelante, y sus cuartos traseros eran boludos y chatos, no gráciles y delgados como en los jabalíes. Vistos así por atrás, la cola sí la tenían enroscada, pero muy larga, y se me perdieron de vista sin que pudiera yo saber cómo eran su cabeza y rostro.

Me quedé con las ganas de verlos de frente, y me frustró no haberles apuntado con mi arma, me lamenté haber perdido esa carne que se reveló suculenta en el breve contacto visual. Pero olvidé todo lo que perdí y me congratulé por no haberlos visto de frente, porque ¿con qué tipo de bestia me hubiera topado?

Se trataba, sin duda, de los monstruos del bosque, referidos de cuando en cuando por cada cazador y por los trabajadores del monte que los han conocido igual que yo, en breves e incompletos encuentros que sólo contribuyen a agrandar las leyendas.

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