El horror nuestro de cada día (CXXV)

EL ACECHADOR ENMANTECADO


El horror nuestro de cada día (CXXV)

La Crónica de Chihuahua
Agosto de 2011, 21:43 pm

En las noches, a lo largo de la hilera de casitas de madera que bordeaba las vías del ferrocarril, en la Colonia Industrial, se empezaron a contar historias de un “aparecido relumbroso”.

Era, decían, el fantasma brillante de un hombre muerto que merodeaba por las casas de los ferrocarrileros después de la media noche, y que en un principio se distinguió sólo por molestar con su presencia, aunque desaparecía en cuanto se empezaba a mover la gente inquieta. La fama del “aparecido” creció cuando se supo que manoseó a una señorita cuyo nombre se reservaban las crónicas cerveceras en los “clubes obreros” de la calle Hidalgo. Era el año de 1969, era invierno, y oscurecía muy temprano. Se dijo que “el relumbroso” pretendió violar a la joven mujer, pero como se trataba de un fantasma, no era lógico que tuviera apetitos sexuales.

“Tas loco, qué va a violar un aparecido, pos si no se les puede tocar, apenas ver, y eso no siempre... ellos saben a quién se le aparecen, a mí se me hace que la muchacha era la que traía ganas, ¿qué, no ves que hasta se desmayó?”

Como fuera, pero los padres de familia tuvieron gran cuidado en recontar las fábulas que se decían sobre “el relumbroso”, y con ello vacunaban a sus pequeños contra la tentación de aventurarse de noche entre los vagones o, lo que es más peligroso, de irse con los mayores a las calles de la Industrial, que ya entonces eran peligrosas de noche. No hacía mucho, la policía había arrestado aquí a un robachicos en plena flagrancia de pepenar un chamaquito y llevárselo rumbo al río, y las puertas se cerraban a las seis de la tarde, y los niños no tenían permiso ni para ir al mandado a partir de esas horas.

El asunto del fantasma de las vías del tren se puso mucho más interesante con un nuevo suceso, que fue que este espectro del más allá dejó unas huellas de manos en una ventana, claramente dibujadas, como si se hubiera embarrado con algo pegajoso.

El incidente fue así: En casa del garrotero Juan Terán, quien esos días andaba haciendo viaje en el ferrocarril mineral, quedaron solas su mujer y su hija, una niña de siete años, así como un chamaquito de brazos. Después de la cena, la señora de la casa prosiguió una labor de tejido que había interrumpido en la tarde para hacer cena. Se colocó ella cerca de la ventana, que estaba tapada con una cobija de cuadritos, pero de afuera se podía ver claramente a través de un claro que quedaba entre la cobija y el marco de la ventana. Desde adentro, sólo se podían ver sombras, y fue una sombra y el ruido de un bote que se cayó, lo que llamó la atención de Conchita, que así se llamaba.

Conchita se asomó por esa rendija, y lo que vio fue el cuerpo del fantasma relumbroso que huía. A los gritos de la mujer acudieron las familias vecinas a averiguar lo que sucedía, y vieron una cubeta volcada y la mano dibujada en el cristal del lado de afuera.

Por esos días, una viejita que vivía sola con su hijo ferrocarrilero, fue violada por el fantasma, materializado como un vil autoprocurador de placeres carnales. Los detalles del caso se los reservó la policía, pero como siempre, mucha de la información fluyó a lo largo de la hilera de casitas del tren, y por la avenida Hidalgo y perpendicularmente por sus laterales.

Resulta que la anciana ofreció una descripción muy inquietante de su depredador: Era de estatura mediana, dijo a la policía, ni gordo ni flaco, pero su cuerpo “sudaba” una sustancia pegajosa, apestaba a marrano y tenía orejas y trompa de marrano. “Y ojos de marrano muerto”.

Ya no hubo tranquilidad, y en el sindicato mandaron una guardia nocturna con voluntarios, para patrullar las casitas. Uno de estos ferrocarrileros que hicieron de guardia una noche ya casi de primavera, Edmundo (“Mundo”) Sáenz, tuvo la suerte de descubrir a lo lejos la sombra del escurridizo espectro, y lo esperó, y sintió miedo cuando desde su rincón lo miró pasar a menos de un metro. “Brillaba, brillaba de veras el fantasma, y a mí me dio miedo cuando lo tuve cerca, y pensé que no era posible que fuera ningún ferrocarrilero, porque era de madrugada, y la cantina ya había cerrado y no estaba terminando ningún turno... era el fantasma”.

“Mundo” lanzó entonces la señal convenida para que salieran los otros voluntarios, que era un silbido largo y dos silbidos cortos, y aquéllos salieron. Cuando vieron al “relumbroso”, se lanzaron a cogerlo, y se les escapaba aunque intentaran agarrarlo, se les escurría entre las manos, y se les volvía a escurrir, y fue hasta casi por la calle Hidalgo cuando el espectro violador de mujeres solas, cayó.

“El relumbroso” se cayó solito, al tropezar con el cordón de una banqueta, y lo sujetaron entre los cuatro que lo perseguían. El “fantasma relumbroso”, el escurridizo, resultó ser un hombre de carne y hueso, un pervertido que se embarraba el cuerpo de manteca y se iba desnudo por las calles para acechar en las casas donde sabía que un empleado del ferrocarril estaría ausente en la noche.

Esta historia la cuenta don Jorge Pérez, ferrocarrilero jubilado, como si hubiera sucedido ayer.

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