El horror nuestro de cada día (XCIV)

HAMBURGUESAS AMARGAS


El horror nuestro de cada día (XCIV)

La Crónica de Chihuahua
Marzo de 2011, 21:24 pm

Por Froilán Meza Rivera

Estación Conchos.— En la noche de cada 31 de octubre, vienen a comer a mi changarrito pocas personas, muchas menos que en el resto del año, de hecho nadie viene. Es que hay fantasmas que me corren a la clientela, y aunque yo sólo los vi la primera vez, se corrió la voz entre la gente del pueblo, y hay muchos que aseguran que me visitan en esa fecha.

Pero debo comenzar diciendo que estoy a cargo de un negocio de hamburguesas y antojitos cerca de la plaza de Estación Conchos, y que el puesto es muy popular entre las parejitas de novios y trasnochados que, antes de irse a dormir y tras la fiesta etílica, tienen que llegar a saborear mis manjares.

El negocio se ha desarrollado tranquilamente a través de los años y me he asegurado una clientela fiel, con la excepción de los días 31 de octubre de cada año. Desde hace 10 años mi negocio se queda vacío en esa fecha.

Todo empezó una fría noche de brujas de 1997. A las 12:00 en punto, llegó al puesto un grupo nutrido de personas vestidas de negro. Eran canosos y entrados en años en su mayoría, y a algunas señoras les cubría el rostro un velo negro poco translúcido.

Me ordenaron varias hamburguesas y antojitos, pero extrañamente no los tocaron. Se limitaban a conversar en voz baja, y a mirar todo a su alrededor.

A mí me parecieron muy extraños todos, sobre todo que habían llegado a pie, estando la carretera tan cerca. El aspecto, ahora que me fijo bien pasados tantos años, tenía algo de malvado, por las cejas delgadas o la falta de ellas. ¡Eso era lo raro en ellos, la ausencia de vello, de cejas, pestañas, bigotes! Ahora que ya me fijé, las mujeres no tenían cabello en su cabeza, porque ocultaban esto con los velos.

Realmente, nunca me parecieron gentes que se hubieran disfrazado para una fiesta o para ambientar la fecha del Halloween. Toda su actitud era por demás natural.

Llegó el momento en que uno de ellos se me acercó con algunos billetes para pagarme. Era una cifra redonda. Después de liquidar la cuenta se retiraron con rumbo a la iglesia del lugar, a unos metros de ahí. Entre murmullos alcancé a escuchar que iban a una misa de cuerpo presente.

En ese momento preciso, las campanas sonaron con el doble toque de muerto.

Yo pregunté después a otros parroquianos que quién se había muerto, pero nadie sabía absolutamente nada. De hecho, nadie siquiera notó la presencia del grupo en mi negocio, y tampoco nadie los miró caminar por la calle.

Recogí pues los platos, todavía completos, tal y como se los había yo servido, con la comida intacta, mientras un escalofrío me recorría a lo largo de la espalda.

Después, cuando hice el corte de caja, los números no me cuadraban con los apuntes que hago cuando sirvo los platillos: me faltaba una suma de dinero... exactamente, la cantidad que ellos me pagaron, o que más bien creí yo haber recibido.

Hasta este momento, todavía no me explico qué sucedió. ¿Fui víctima de una alucinación? ¿Exceso de trabajo? Acaso me hayan seleccionado por alguna razón, siendo yo como soy, un escéptico natural. No lo sé.

Al pasar el tiempo, me enteré de que sí hubo gente que dijo que había escuchado las tristes campanadas. El rumor se desató y corrió y se difundió por el pueblo, y ahora, cuando incluso ofrezco alguna hamburguesa gratis en la noche de brujas, nadie acepta y yo me quedo solo. Solo y mi alma... ¿solo?

Dicen que me han visto la víspera de Todos Santos rodeado de gente de negro, pero yo ya no los veo.

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