El horror nuestro de cada día (338)

LOS “GRANUJAS” DEL VALLE DE ALLENDE


El horror nuestro de cada día (338)

La Crónica de Chihuahua
3 de julio, 17:01 pm

Por Froilán Meza Rivera

Valle de Allende, Chihuahua.- “Iba yo toda cohibida porque mi mamá me iba a regañar si se daba cuenta de que estuve hasta muy tarde en casa de mi amiguita. Había entrado yo por la puerta chiquita del zaguán, estaba muy oscuro y caí al suelo porque me tropecé con una manguera que había dejado mi papá en mitad del pasillo”.

Así cuenta doña Guadalupe Luján el primero de sus encuentros con uno de aquellos “hombrecitos”, los “granujas” de la tradición del Valle de Allende, en el lejanísimo año de 1946.

“Estaba tirada en el suelo, con el dolor de mi rodilla derecha raspada y tal vez cortada y con sangre, cuando vi cómo se movían unas matas de helechos que mi madre había puesto contra la pared, ¡y que sale de repente una mano pinta de entre las hojas!”. Era ésa una mano humana, pequeña como de niño pero toda arrugada como de viejito, y toda manchada, dice Lupita en su testimonio.

Guadalupe, quien era entonces una niña de nueve años, trató de incorporarse, víctima del pánico, y patinó con sus zapatitos contra el piso de cemento pulido del pasillo, y volvía a caer de bruces hasta que logró huir de ahí hasta la cocina, donde la esperaba su madre.

La señora, doña Sanjuana Chávez, no tuvo tiempo ya de reclamar a su hija por la tardanza, porque se la pasó preguntando a Lupita sobre aquello que la había asustado tanto. “¿Y por qué traes la rodilla toda raspada?”.

Entre los balbuceos y los sollozos de la niña, Sanjuana entendió sólo que a su hija le había salido una mano “pinta” en el pasillo, y entonces le dio a comer un cubito de azúcar morena y le preparó un té de azahares, para calmarla. La llevó enseguida a su recámara, donde permaneció la madre atenta a que se durmiera, y sólo entonces dejó a su niña, pero dio varias vueltas vigilantes hasta la media noche.

Los relatos que hablan de todo tipo de seres extraños, son frecuentes en Valle de Allende, pero hace sesenta años una racha de misteriosas apariciones revivió entre los valleros la antigua leyenda de los “granujas”.

En el Valle, el de los “granujas” es un tema casi tabú, y lo que se dice de ellos se dice en voz baja y con mucha inseguridad. Dicen los viejos, que lo que pasa es que si la gente los menciona en voz alta o con mucha frecuencia, es como si se invocase su presencia... y que entonces aparecen.

Según la tradición, son los “granujas” una especie de duendes de origen vegetal, que se nutren de la tierra y que permanecen escondidos en lo más recóndito de las huertas cercanas al río. Que son pequeñitos como gatos, que cuando no están pegados con sus raíces a la tierra, andan en dos patas, y que no hablan pero sí se comunican con unos como chillidos de ardilla pero mucho más agudos y más fuertes.

Estos chillidos se escuchan en las noches de luna, dicen los viejos. En el plenilunio, los “granujas” se despegan de la tierra y es entonces cuando caminan como humanos, y se reúnen en los claros del bosque de álamos en el río, y entonan un coro de lamentos que, entonces, suenan como si fueran arrullos de palomitas habaneras.

En el Valle de Allende, los enormes nogales multicentenarios que empequeñecen a las personas y a las edificaciones de los hombres, hacen ver enanos hasta a los postes de electricidad. Así como Cancún presume el tono turquesa de sus aguas y la blancura perlácea de sus arenas, Allende posee orgullosamente el porte gigánteo de sus nogaleras, la umbría frescura de sus huertas, y la verdura y misterio de sus rincones tapizados de hierba. La alfombra verde se enciende en los pequeños lunares del suelo hasta los que llegan algunos rayos del Sol que logran penetrar la capa de la atmósfera cubierta por los nogales y membrillos.

Los accesos hacia los patios de las casas que dan al río ofrecen a su vez la tentadora oferta de introducirse a ellos, y adelantan la delicia que espera al acalorado paseante que busca siempre desalojar los demonios del tedio y la rutina, y entrar al embrujo de una nueva dimensión.

A Lupita, las manitas pintas color de tierra no la dejaron en paz, porque se le aparecían siempre por todo el jardín, y en el zaguán y en la huerta.

Su madre doña Sanjuana Chávez llegó a culpar con el pensamiento a un vecino de la calle Hidalgo, un señor de edad que tenía la piel desteñida en tramos, y que le decían “el pinto”. Pero resultaba muy improbable que el pobre viejito, que ya ni salía de su cuartito, se trasladara en todo momento al interior de esta casa, que se introdujera a escondidas y saltara las bardas de adobe de más de tres metros de alto, y se apareciera a la niña en cada rincón.

Lupita, por su parte, pensó siempre que estas apariciones eran un castigo del cielo en su contra, por haber desobedecido a su madre aquella vez y haberse quedado a jugar hasta tarde en la casa de su amiguita.

El conocimiento de las noticias de aquellas apariciones dio pie a que, de inmediato, se supiera de otros muchos encuentros que niños del Valle dijeron haber tenido por esos días. En casi todos los casos, eran manos, pero se llegó a hablar también de que los niños les vieron las cabecitas y los pies a los duendecillos llamados “granujas”.

Hoy en día, casi nadie se acuerda de aquellas apariciones, pero de vez en cuando, algún morador de este mágico valle refiere haberse encontrado con una de esas presencias de la clandestina raza vegetal de los “granujas”.

“Nomás llegando al Valle, vas a sentir que entras a otro mundo, te vas a meter a un lugar como nunca habías visto otro”, dijo una vallera. En efecto, el lugar te marca y te cubre de su espíritu. Es, simplemente, otro mundo.

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