El horror nuestro de cada día (333)

LEYENDA DE SAN FRANCISCO DE CONCHOS: EL ESPAÑOL EMPLUMADO


El horror nuestro de cada día (333)

La Crónica de Chihuahua
16 de junio, 14:01 pm

Por Froilán Meza Rivera

“Envalentonado con los tragos de sotol, picada la curiosidad y atendiendo las señas del aparecido, una vez me atreví a seguirlo un poco, pero me entró un miedo del carajo, y casi corriendo me devolví para encerrarme en mi cuarto”.

El viejecito aquel, quien a sus ochenta años se mantenía ágil de mente y “girito”, como les dicen a los ancianos que todavía no andan encorvados. Contaba este abuelo, en medio de palabrotas y “malarrazones”, que en tiempos de su perdida juventud, le tocó ver un fantasma.

El testimonio lo recogió el historiador Víctor Mendoza Magallanes en una visita que hizo al pueblo de San Francisco de Conchos, donde tenía él sus raíces ancestrales. Esta visita al terruño sucedió allá por 1960, cuando a don Víctor tocó estar comisionado por el gobierno con varias encomiendas relacionadas con la creación de la Asociación de Agricultores y con el trazo del canal de riego.

El señor de la historia le dijo que aquél había sido un fantasma tranquilo y silencioso, pero sobre todo madrugador, que se aparecía por el lado de arriba del pueblo, y que sólo salía un poco antes de meterse la luna, casi al amanecer.

Además, según el relato, ese espectro era de carácter bastante tímido, ya que evitaba presentarse a más de una persona a la vez. El aparecido vestía a la antigua, con sombrero de pluma, capa y espada, aunque no se le veía la cara.

“El español”, como le decía la gente, hacía señas a quien pasaba por sus parajes, para que lo siguieran.

“En aquellos tiempos, había ocasiones en que los muchachos nos pasábamos casi toda la noche de parranda, y varias veces, después del jolgorio, al volver a mi casa antes de la madrugada, me salía al paso aquella canija aparición”.

Un día, el chaval le contó del fantasma a su compadre José, pero éste tomó el asunto a broma, y le dijo: “Oiga, compadre, ¿no será ese aparecido como el Anima de Sayula que andaba detrás de un fundillo?”.

“Cuando mi compadre me contó lo de la citada ánima, me encabroné y lo reté a que fuéramos juntos a enfrentarnos al aparecido la próxima madrugada que hubiera luna, y así quedamos”.

Así que un buen día, allá fueron los dos rancheros a buscar al fantasma del “español” por todos los lugares por donde se le veía, “pero el condenado encapotado nunca se apareció”.

Es que el espectro emplumado no salía más que cuando iba uno solo, y a todos les pasaba lo mismo. “En cuanto uno se ponía a seguirlo, le entraba un frío de los mil demonios, aunque fuera tiempo de calor, se ponía la carne de gallina, se mojaban hasta los pantalones, y no se podía dar un paso si no era para devolverse corriendo”.

Pasaron años así, con el terror de aquellas apariciones que provocaban crisis de pavor en los pueblerinos de Conchos, hasta que se dejó de hablar del “español” y del frío que lo rodeaba.

Se supo después que por fin alguien se atrevió seguir al fantasma hasta donde el emplumado le enseñó un entierro. Dicen que aquel valiente sacó muchas onzas de plata y que, habiendo ordenado misas, responsorios y rosarios en honor del muerto cuya alma andaba en pena, las apariciones se acabaron.

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