El horror nuestro de cada día (326)

COYAME: LA LEYENDA DEL JINETE SIN CABEZA


El horror nuestro de cada día (326)

La Crónica de Chihuahua
8 de abril, 14:07 pm

Por Froilán Meza Rivera

Eran las 12 de la noche. En un camino de tierra del municipio de Coyame, Silvestre se dirigía a pie a La Paz, que está pasando el río.

Caminaba solo, solo, con su bultito debajo del brazo, imaginándose que en cualquier vuelta del camino o que en el siguiente recodo del arroyo, le podría salir una amenazante sorpresa que de alguna manera brutal y dolorosa le costaría la vida.

En la casi total oscuridad, rota sólo por el resplandor lejano de la luna en cuarto menguante que se empezaba a elevar sobre la línea del horizonte, se escucharon unos ruidos secos. Eran herraduras de un caballo golpeando contra las piedras del arroyo.

Pronto, dos negras figuras invadieron la vereda, del lado del barranquito, una más baja que la otra, que era del doble de envergadura.

Con el corazón desbocado por el susto que le produjo esa aparición tan repentina y tan atemorizante, Silvestre no atinó a moverse ni a huir, como lo aconsejaba la prudencia. Ahí se quedó, y no le fue tan mal, porque pudo comprobar el aterrado muchacho que no se trataba de un ejército de duendes sanguinarios, ni de los espectros guardianes de los tesoros de la sierra, sino de dos simples mortales como él.

Cerca ya de la presencia del mozo, pudo éste ver con claridad que eran un hombre a caballo y una anciana mujer que lo acompañaba a pie.

“Quiubo, joven, ¿a dónde va tan de noche?” -le preguntó el jinete.

Tranquilizado por la llegada de gente de carne y hueso, como él mismo, Silvestre le dijo que iba a llevar unos rollos fotográficos a su padre, quien en esos días estaba tomando fotos en la fiesta del pueblo de La Paz. “De Coyame me dieron un aventón a San Pedro, y de ahí pues me vine a pie porque me dijeron que La Paz no estaba tan lejos”.

“Pues no va tan errado, ya le faltan nomás como tres horas, joven”.

El sujeto aquel ya se había apeado de la cabalgadura y había encendido un cigarro para él y otro para la anciana de a pie. Asimismo, los recién llegados compartieron varios tragos de una botella de aguardiente que no ofrecieron al muchacho.

“Brr-brr-... aaah”. Pasaban ellos el alcohol con gran ruido y placer evidente por el paladar.

Fue entonces cuando la viejita me habló, y su voz me desconcertó, porque no era aquél el timbre de una mujer, ni de una anciana, sino de un hombre joven. “¿Por qué va tan solito por estos caminos y a estas horas? Qué, ¿no le tiene miedo al jinete sin cabeza? Por aquí es donde dicen que se aparece, en estos tramos donde el camino corre junto con el arroyo, y a los paseantes, si no los mata del susto, les corta la cabeza a machetazos”.

Silvestre ya no supo en ese momento a qué temerle más, si a la posibilidad de perecer degollado a manos del jinete sin cabeza -que debía ser una historia cierta porque todos hablaban de ella como de un hecho cotidiano-, o a la posibilidad de que estos bandidos se vieran en la necesidad de liquidarlo.

Era evidente para el joven, que tenía ante sí a los integrantes de una banda de cuatreros, y que el disfraz de viejita era un ardid para escapar de la justicia. Así que, pensó, debía estar muy alerta y listo para escapar a todo correr ante el menor indicio de que lo fueran a asesinar. Sus temores se agigantaron cuando, debajo del chal de la falsa ancianita, Silvestre notó el bulto de algo como un rifle terciado con correa al hombro.
“N-no, n-no tengo miedo, por eso vengo solo”, respondió al cabo de un largo silencio durante el cual desfilaron por la mente del muchacho varias posibilidades, todas ellas de lo más funesto.

El jinete sin cabeza, la leyenda de más fuerza en esa región del desierto, era algo que sucedía, sin embargo. “Y usted la puede creer o no, pero nadie escapa de la maldición, una vez que se topa con el fantasma” -aseguró el tipo de a caballo.

“Viene usted por los recodos del río de San Pedro, y si pasa de la media noche, entonces se le aparece el jinete, que dicen que es un hombre que, cuando vivo, vestía muy elegante, con chaleco de traje, con camisa de seda café con estampados, con botas de fieltro, sombrero de ese mismo material”, empezó a relatar el sujeto.

“Lo primero, al verlo él a usted y usted a él, es que el jinete se quita la tejana negra y deja ver que en donde todos los demás tenemos una cabeza, él tiene el puro tronquito del pescuezo, y dicen que le sale sangre, que le chorrea todo el tiempo, aunque ya tenga vagando por estas oscuridades más de cincuenta años”.

Este individuo no se daba tregua para contar la historia, apenas y se tomaba un tiempito para dar otro trago al aguardiente de sotol.

“Y aluego, si usted siente y se acuerda que le debe mercedes a Dios, y si trae la conciencia intranquila, llena de pecados, él sabe leer su mente y se da cuenta de que usted necesita un castigo. Y sin que usted pueda hacer nada, porque no se puede mover, ni mover ni siquiera un dedo, ni una uña, el jinete sin cabeza se coloca encima el sombrero de fieltro negro, y se ve cómo el sombrero flota por encima, como si la cabeza nunca se le hubiera desprendido”.

“Y levanta su machete el endemoniado, y tiene tiempo de afinar la puntería, hasta que descarga el golpe y le mocha a usted su cabecita, que se va a rodar por el arroyo abajo, hasta que llega al agua y se la lleva la corriente”.

Dicen que los jinetes sin cabeza son como los vampiros, que tienen que estar haciendo más descabezados como ellos, y dicen que son también vengadores de Dios, o del Diablo, no se sabe, pero que nomás castigan a los pecadores, para que anden los pobres vagando por toda la eternidad, buscando a otros pecadores para cortarles la cabeza.

“¡Como yo!” -gritó, casi aulló el relator.

Y se levantó de la piedra donde había estado sentado, y en cosa de una fracción de segundo, sacó de su costado un machete tremendo cuyo filo brilló con la luna que ahora estaba refulgiendo más alta.

Al levantar el machete, un pliegue de la capa del jinete cubrió su cabeza, o lo que parecía su cabeza, y lució el hombre amenazante como un verdadero espectro vengador, y descargó éste un furioso golpe de la hoja capaz de desprender el tronco de un encino, y ahí acabó todo.

Paralizado, Silvestre había cerrado los ojos a la espera de un final inminente y doloroso.

El golpe fue demoledor, terrible, y la hoja desprendió limpiamente... la correa de la mochila del hijo del fotógrafo, y los dos hombres soltaron una carcajada al ver que su actuación había convencido tanto a su público de un solo y asustado jovencito.
Cuando tornó Silvestre a abrir los ojos, la anciana ya no lo era, y el jinete sin cabeza había descorrido ya el nudo que había jalado momentos antes para simular la pérdida de la cabeza. En medio de las carcajadas más crueles, explicaron que en el pueblo de La Paz los habían invitado para participar como actores en una obra de teatro en la que el personaje principal había sido, precisamente, el jinete sin cabeza de la leyenda local.

Y, ya de vuelta a San Pedro, pues vieron la oportunidad de gastar una “bromita inocente”.


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