El horror nuestro de cada día (324)

LA MOMIA DEL TEMPLO DE SAN CRISTÓBAL DE NOMBRE DE DIOS


El horror nuestro de cada día (324)

La Crónica de Chihuahua
18 de marzo, 19:10 pm

Por Froilán Meza Rivera

Era algo muy parecido a un cuerpo de mujer, como un cadáver, de baja estatura y cubierto con una especie de sábana que tuvo que haber sido blanca pero que ahora era amarillenta Ese manto desgarrado dejaba ver perfectamente la cara de aquella momia acartonada, y sus manos agarrotadas que debieron haber sostenido algo hacía mucho, mucho tiempo.

¡Y los pies! Los dedos de los pies de aquel bulto agazapado tenían uñas monstruosamente largas.

¿Cuánto habría estado ahí ese despojo de ser humano, acuclillado como estaba? ¿Cuántos años tendrían aquellas mandíbulas abiertas en siniestra mueca de dolor?

La persona viva que se había atrevido a bajar los peldaños debajo de aquella herrumbrosa trampa de hierro, en el atrio del templo, sabía perfectamente que al final del pasadizo se encontraría de frente con un cadáver, sin falta. Aquél era aquí, por cierto, el cadáver más famoso del siglo Diecisiete. Y el hombre de hábitos nocturnos había hecho una promesa a sus compañeros de parranda. Por eso se encontraba aquí. Por eso había roto el candado con una palanca.

En el atrio de la misión de San Cristóbal de Nombre de Dios, que este año de 2007 cumple 310 años de haber sido fundada, hubo en años ya remotos una serie de tumbas, como las había en todos los templos antes de las leyes de Reforma.

Una tumba en especial, la de “La Viuda”, fue famosa en extremo entre los lugareños del pueblo de Nombre de Dios, que hoy en día es una colonia de la capital del estado. Mi tatarabuelo Melchor le contaba a su nieto, mi abuelito Javier, que, cuando él era niño, la historia de “La Viuda” era ya vieja y legendaria.

A don Melchor le relataron, de jovencito, algo que yo he querido transmitir aquí por escrito, porque a mis clientes de la peluquería se les puede ya haber olvidado lo que les he contado durante esos cortes de pelo que sirven igual para cambiar al mundo que para “recortar” vidas y honras.

Todo ese asunto de la viuda del atrio de San Cristóbal, dicen, era utilizado por las viejas mochas y moralistas para escarmentar a los borrachines, que siempre han existido, y a todos los trasnochadores, que siempre hemos sido legión.

Ante la vista de la gárgola de carne seca y pellejos, los pies del borrachín vivo se habían negado a moverse, y el individuo se vio obligado a presenciar el espectáculo de la momia acartonada de “La Viuda”. Relató después en la taberna, el hombre, que aquel ser fantasmagórico se puso de pie, y que las mandíbulas se le movieron también, como queriendo decir algo al infeliz testigo que deseó de repente estar bien lejos de ahí.

Algo quiso “La Viuda” famosa transmitirle al desvelado atrevido, pero de su garganta reseca de siglos sólo salía una especie de gemido que se escuchaba como el silbido horroroso de un moribundo asmático.

Cuando el hombre pudo liberarse de aquella parálisis que amenazaba con traerle un síncope, corrió, y huyó, para hacer más grande y más horripilante la leyenda de “La Viuda”, que a partir de entonces se conoció también como “la maldición de la momia reseca”.

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