El horror nuestro de cada día (309)

¿AMOR CON LOS MUERTOS?


El horror nuestro de cada día (309)

La Crónica de Chihuahua
19 de agosto, 16:38 pm

Por Froilán Meza Rivera

Tú sí te has de acordar de aquella señora que vivió en Santa Rosa, donde hay casas pegadas a un cerrito, atrás del salón de bailes, aquél que se llamaba Hermila, o Moctezuma, creo que le cambiaron así el nombre después. El caso es que había un cuartito separado de una casa, y se lo estaban rentando a una señora sola, que en ese barrio había tomado mucha fama como adivinadora y lectora de las cartas.

Llegó un momento en que la mala fama de doña Estela fue tan mala, que se dijeron cosas de ella que difícilmente pueden ser sostenidas sin bajar la cara de pura vergüenza. Que profesaba amor a los muertos. La necrofilia, que le dicen. Pero no una necrofilia como la que la literatura ha vuelto romántica, al estilo de Drácula o de películas como “La momia”.

No. Se le acusaba de amar a los cadáveres reales, en descomposición. De tener sexo con cuerpos robados de cementerios u hospitales. Nomás de escribirlo, un frío me recorre la espalda, se me erizan los pelillos de los brazos y me regresa el tic que me mueve el párpado del ojo derecho como si bailara solo.

Yo tenía apenas unos once años, unos once y medio. Una amiga mía, mayor que yo como tres años, es decir, que andaba entonces rozando sus quince, iba y visitaba a la adivina. Llegaba mi amiga Rosy con un billete de diez pesos y salía sin él, porque aunque la “consulta” era de 5 pesos, la doña siempre se las arreglaba para enjaretarle a sus clientes un sinfín de arrimadijos, tales como velas, papelitos con conjuros, muñequitos vudú, y hasta novelas del corazón.

La Rosy se hizo asidua de la adivinadora, en virtud de que a sus 15 años, ella ya andaba de novia, creo que con un chofer de urbano, y le inquietaba mucho que el joven resultara casado, o que la engañara, entonces, en cada sesión ella preguntaba más o menos lo mismo, como una obsesión: “¿Me engaña? ¿Me es fiel?”

Y la otra, encantada con clientes así, nomás les sacaba el dinero. Yo acompañaba a Rosy, y nosotros nunca vimos nada sospechoso. Bueno, tal vez sí: Una vez alcancé a ver un librito viejo con pastas de cartón, que se llamaba “Necromancia/ Necrofilia”, algo así. Me acuerdo que nomás llegando a la casa abrí el diccionario para saber el significado de esas palabras. Necromancia: la adivinación por medio de los muertos/ Necrofilia: el amor a los muertos, sexo con cadáveres. Y me impactó el hecho de tener en el vecindario a alguien con lecturas como aquélla.

Sin embargo, no fue mi amiga Rosa María la que acusó a la adivina. Fue otra vieja loca que vivía atrás del Panteón de Dolores, la que, gritando desesperadamente, alcanzó un día a detener una patrulla de policía que pasaba por ahí.

“¡Esposa del demonio! ¡Sacrílega! ¡Policía, deténganla, deténganla!”, dicen que chillaba, y que a sus chillidos respondió todo mi barrio saliendo de sus casas y juntándose alrededor del escándalo. Ahí, entre los gritos de aquella mujer, los agentes alcanzaron a entender que alguien se había robado los cadáveres del panteón.

Uno de los policías se interesó por aquello, y mientras que sus compañeros intentaban poner orden en aquel barullo, él saltó la barda del cementerio por la parte de atrás, y se dio cuenta de que, efectivamente, había rastros de que alguien estuvo escarbando, al menos en dos tumbas.

No faltaba un solo cadáver, pero la policía acudió de todas maneras a interrogar a la adivina Estela, señalada directamente por la vieja loca del rincón de mi barrio como profanadora de tumbas. La doña, por cierto, nunca negó que ella practicaba la necromancia, igual que la cartomancia y que las otras variedades de la adivinación, perro que usaba cadáveres de ratas o de gatos que encontraba destripados en la calle.

De hecho, en un rincón del cuartucho, la adivina guardaba en hielo a un gato atropellado, en espera de que llegara un cliente, para proceder a destriparlo y leer en sus entrañas el destino y la vida.

Nadie la pudo responsabilizar de delito alguno, pero las maledicencias subieron de tono con el tiempo, y ya se decía que un niño que se había perdido en la colonia Rosario, ella misma se lo había robado y lo tenía para destripar y adivinar la suerte. O que lo vendía a los panteoneros, porque decían que había varios que pagaban por tener relaciones con muertos calientitos.

Yo nunca creí tales excesos, pero la doña se tuvo que ir lejos para huir del acoso verbal que ya había rebasado las meras palabras, y se había traducido en el apedreo de su puerta, una noche cuando dormía.

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