El horror nuestro de cada día (294)

LOS MONITOS DE MEOQUI, A 30 AÑOS DE SU “APARICIÓN”


El horror nuestro de cada día (294)

La Crónica de Chihuahua
7 de mayo, 17:27 pm

Por Froilán Meza Rivera

El 11 de octubre de 1987, unos niños que jugaban en el patio de una casa, en la calle Francisco I. Madero del Barrio Nuevo de Meoqui, dijeron que habían visto algo extraordinario, que habían tenido un encuentro extraordinario con algo que ellos aseguraron que eran seres extraterrestres.

Este caso, al contrario de cientos, tal vez miles de otras historias que cuentan los niños, historias semejantes, trascendió más allá del círculo de amigos y de las familias, y se convirtió en un suceso conocido por toda la población y aun por gran parte del estado.

El caso de los “monitos de Meoqui” se elevó a la altura de una psicosis colectiva para los meoquenses, quienes ahora recuerdan este episodio de la historia

Fueron cuatro los principales involucrados, según registra el profesor Armando Navarrete González, cronista de Meoqui: Sergio Alonso Lira Robles de catorce años de edad, su hermano René de doce, y los niños Mario Cosme y José Damián Alvídrez Payán, dijeron que habían visto descender sobre el patio una luz “azul rojiza” que les indujo un estado de adormecimiento. Otro día en que jugaban en la casa de los Alvídrez Payán, unos “hombrecitos” salieron de cuatro hoyos. De acuerdo a la versión de los niños, ahí se desmayó Alberto Alvídrez, y al intentar correr los otros, los detuvo la voz de los “monitos”, quienes los convencieron de que no se fueran.

“No nos tengan miedo”, les habrían dicho, “nada les va a pasar”.

Desde ese día, el contacto de estos niños y los “hombrecitos” fue frecuente.

Los supuestos extraterrestres les dijeron que pretendían estudiar la Tierra y las costumbres de sus habitantes.

“Los niños de esa raza no caminan, vuelan y se mueven con facilidad”, dijeron. Tienen además la capacidad de aparecer y desaparecer a voluntad y de opacarse con la luz de las lámparas.
En las cuevitas de donde salían, los niños escuchaban murmullos, probablemente en la lengua materna de estos visitantes.

Pero los “monitos de Meoqui” tenían nombres, y eran nombres conocidos de la gente: eran Hugo, Pancho, Gaspar, Edgar y Crispín, nada fuera de este mundo.

Cuando se conoció el suceso, las gentes de Meoqui y la región se congregaron en la vivienda y muchos pasaban incluso al patio, con toda clase de preguntas. La tranquilidad de cristal de este pueblo somnoliento y donde casi nunca pasa nada que atraiga mucho la atención de los fuereños, se rompió durante semanas, y llegaron fotógrafos, reporteros que hicieron de las reseñas de los “monigotes” un estilo de vida, al menos mientras duró el encanto. Un periódico incluso elevó y sostuvo una alta circulación, como nunca en su existencia y postergó su inevitable desaparición, que sobrevino después de los “monitos”.

Llegaron a Meoqui “investigadores” de todas las calañas, desde los más descarados charlatanes hasta curiosos de buena fe.

La gente del pueblo tomaba la información con reservas, aunque con mucha curiosidad, y eran enormes los tumultos que se hacían en la casa de la Francisco I. Madero.

No faltaron personas que, por aquellos días, aseguraron que ellos también vieron a sus propios “monitos de Meoqui” y que en sus propios patios había agujeros por donde salían los ilustres visitantes de otros mundos.

Toda una psicosis colectiva hizo presa de los meoquenses, como pocas veces en la historia de este poblado.

Los comerciantes mandaron a hacer calcomanías y camisetas alusivas, engomados con la leyenda “I love los monitos de Meoqui” y otras similares.

¿Cuál es la verdad detrás del mito de los “monitos de Meoqui”?

Nadie lo sabe con rigor, pero la verdad inobjetable es que hubo unos niños que dijeron y sostuvieron siempre que habían sido contactados por seres extraterrestres.

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