El horror nuestro de cada día (286)

LLEVÉ UN FANTASMA AL PANTEÓN DE DOLORES


El horror nuestro de cada día (286)

La Crónica de Chihuahua
19 de marzo, 12:12 pm

Por Froilán Meza Rivera

Nada nos puso en alerta con la llegada del tipo aquel al sitio de taxis. Era un individuo común y corriente, y ahora que me pongo a hacer memoria, me esfuerzo y saco que debía tener unos 25 años de edad. Moreno, con ropa común.

“Sí, pero ¿qué tipo de ropa? ¿Elegante? ¿De vestir, informal?”, me preguntó mi amigo, interesado en conocer los pormenores de mi experiencia sobrenatural.

Puesto a recordar, pues traía una camiseta blanca, pantalón de mezclilla, y párele de contar, que ya no hay más. Ah, no, ahora que me fijo, me llamó un poco, sólo un poco la atención en el momento en que contrató el servicio, que andaba pelón a rape, aunque muchos jóvenes andan así ahora y el hecho no es muy notable.

Pues era como la una y media de la mañana. Esperaba en el sitio por clientes y me acompañaba mi amiga Normita, quien se subía a los viajes y con quien traía yo una plática muy interesante esa noche.

“Voy a los panteones”, me dijo de forma muy seca.

“Ah, fíjese que acabamos de venir de allá. ¿Va a la Hacienda del Torreón?”, le preguntó Normita, para agarrar el rumbo, pero el muchacho no respondió.

“Mah, pos éste que se trae?” —Sólo lo pensé, pero no lo dije, por cautela.

La que insistió otro poco en hacerle plática fue mi compañera, y hasta se volteó hacia atrás en el asiento del copiloto. Pero como aquél ni la pelara, pues ya nos fuimos así, nomás platicando entre nosotros pero en silencio con respecto al pasajero.

Entré por la calle 16, la de las florerías, y ya ahí le pregunté que si por ahí le seguíamos.

“Dele, dele”, me respondió escuetamente, y yo me seguí de largo aunque bajé la velocidad un poco.

Cuando ya estábamos en la lateral del cementerio, me dijo de repente: “¡Aquí!”, y yo detuve la marcha a un lado del Panteón de Dolores.

El tipo me preguntó por la tarifa. “Cincuenta pesos”, le dije, y sacó de su billetera un billete de cincuenta, más un dólar que me entregó, supuse yo que de propina, y salió.
Lo vi bien porque me giré hacia la calle y hacia la barda del panteón, previendo ya que la próxima maniobra iba a ser una vuelta en “U”.

Maniobré brevemente y me agaché sólo lo justo para meter los billetes en el cenicero, y en ese medio segundo, el individuo seco y parco había desaparecido. Me asomé por la ventanilla, y Normita hizo lo propio, y sólo constatamos que el hombre aquel de unos 25 años y de brillante pelona, se nos había desvanecido en el aire, delante de nuestros ojos.

“¿Qué fue?” —Pregunté.

“Pues ya sabes”, me dijo mi amiga, porque ambos sabíamos que este tipo de encuentros con fantasmas, y todo tipo de experiencias con seres del más allá, es frecuente en nuestro gremio.

Uuuuh, lo que te platicaría si nos pusiéramos a hacer un recuento de todo lo que ya he visto en estos años...

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