El horror nuestro de cada día (285)

¿ESPÍRITUS ATRAPADOS EN EL MURO?


El horror nuestro de cada día (285)

La Crónica de Chihuahua
11 de marzo, 14:30 pm

Por Froilán Meza Rivera

¿Pasas a crer? Ahí me estaban mirando no una, no dos, sino por lo menos unas dieciocho miradas en rostros claramente reconocibles, y desde aquel día, la superficie blanqueada es para mí como una galería del horror.

Pues así mismo como te lo cuento, gallo, así me pasó, y a lo mejor no me lo vas a creer, pero yo de todas formas te lo voy a contar. Para oreja:

Fui a mi pueblo, por un penoso asunto familiar, después de diez años de que estuve fuera, y cuando se dio el desenlace de lo que tenía que suceder, yo me quedé unos días con mi madre. Ya habría de regresarme a donde vivía, pero por lo pronto, me quedé a hacerle compañía a la viejita.

Una tarde, ya cuando estaba pardeando, pasé por la barda del lado del potrero, que está pintada de blanco. Iba hacia la casa para entrar por la cocina, pero algo que vi de reojo me llamó la atención. Me regresé.

No había nada, pero por un momento había estado seguro de que alguien me miró. “¡Bah!”, me dije. “Habrá sido alguna sombra”, y seguí.

Otro día, sin acordarme de lo de la tarde anterior, volví a pasar, y volteé hacia el muro, como por instinto, y entonces lo vi: era un rostro de persona, dibujado de manera natural por los escurrimientos de la lluvia sobre este lado de la barda. La tierra deslavada de los adobes, tierra de color entre marrón y ocre, arrastrada por el agua, llega a lo blanco y ahí se difumina, y sus corrientes se depositan para formar esas figuras.

Lo califiqué de inmediato como una casualidad, pues yo no creía en fantasmas ni aparecidos de ningún tipo. “Es una casualidad, es una ilusión de la vista combinada con la imaginación”, me dije para consolarme.

Y miré atento la figura, que era un poco mayor que un rostro vivo. Ahí estaban los dos ojos, los párpados, las cejas en par y milagrosamente simétricas, más abajo la nariz, la boca, un bigote, las orejas... ¡tal y como si hubieran sido el producto de la tarea laboriosa de un pintor experto y talentoso!

Le enseñé el rostro a mi hermana, y me sorprendí de saber que mi madre conocía “las caritas”. ¿”Las caritas”? Ah, es que había más de una.

Con desconcierto busqué otras caras plasmadas en las múltiples manchas, y no vi nada más que manchones de formas naturales.

Pero al tercer día, me sucedió a la inversa lo mismo que la primera vez. Me desplazaba de la cocina hacia el potrero, cuando sentí otra vez que me miraba alguien, aunque en un diferente sitio de la pared. Ahí estaba otro rostro, éste con medio cuerpo visible de espaldas, volteada la mirada hacia el frente de la pared.

Y busqué más. Me obsesioné, y logré juntar 18 de esos fenómenos inexplicables, que mostraba orgulloso a los vecinos de mi madre y a cuanto pariente llegara a la casa.
Pero no se crea que se podían admirar estos engendros desde cualquier ángulo: había que buscar y encontrarles el lado. En varias de esas figuras eran muy visibles las manos, con todo detalle, como si hubieran sido pintadas en silueta por un artista consumado.

“Mira”, le dije a mi hermana el tercer día: “Si no ves nada desde el frente, ven y toma una vista de canto, verás que en esta hora, la pintura blanca destaca mucho sobre el oscuro de la tierra parda”.

¿Qué tipo de misterio se manifestó en mi casa materna? ¿Son espíritus atrapados entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos?

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