El horror nuestro de cada día (272)

EL CRIMEN NUNCA RESUELTO DE LA HACIENDA DEL TORREÓN


El horror nuestro de cada día (272)

La Crónica de Chihuahua
Enero de 2016, 23:16 pm

Por Froilán Meza Rivera

Dicen los viejos que se reúnen por las tardes afuera de la tienda para tomar el fresco sentados a la orilla de la acequia, que los fantasmas de la vieja Hacienda del Torreón (Ejido Ocampo) son inofensivos. Que de los que hay que cuidarse, es de los fantasmas de la que nombran “Casa de Ramírez”, donde hace casi 50 años vivió un comisario de policía que así se apellidaba.

En esa casa, a la que se le cayó el techo de terrado y que luego le pusieron láminas, “llegó un tiempo en que todos decían que estaba habitada de espíritus malignos, porque ahí se habían juntado muchos odios y muchas venganzas... con decirle que ahí amaneció muerta un día una mujer desconocida, que dicen que era la querida del dueño de la casa y que había venido desde Sacramento a matar al hombre que la hacía menos porque no se separaba de la esposa”.

Dicen los viejos que no hace mucho, una familia de la cabecera municipal compró aquí la “casa de Ramírez”, y que es una casa larga de adobe que está en la calle principal. La intención de ellos era la de ir arreglando la casa poco a poco hasta dejarla cómoda y habitable para, con el tiempo, usarla como casa de campo y venir a descansar acá los fines de semana.

En una ocasión en que se quedó sola en la casa la hija del matrimonio, Olga, una muchacha de 22 años, dicen que escuchó ruidos como si alguien estuviera moviendo muebles. Ella se despertó pensando que eran sus padres que habían regresado de Chihuahua, y se fue a buscarlos a la sala. Todavía oyó otra tanda de aquellos sonidos igual que si arrastraran muebles.

Pero no eran sus padres, ya que éstos llegaron hasta la siguiente mañana.

“Será alguno de los vecinos”, pensó Olga, y regresó a la cama.

Los ruidos persistieron, todos los escuchaban a todas horas, hasta que la muchacha anunció a su mamá: “Les voy a decir que ya que no hagan ruido porque no nos dejan dormir, y ya estoy harta”. Total que cuando habló con la vecina, la mujer le dijo que no era ella, que nunca movía muebles y que no tenía niños ni nadie que hiciera ruido. “Mire, somos mi esposo y yo, y él llega hasta tarde, cena y se acuesta hasta el otro día”, le explicó la vecina, una señora cincuentona tirándole a la sesentena.

Bueno, dijo Olga, gracias de todas maneras, y disculpe.

“Oiga”, la llamó la mujer cuando ya se iba. “Oiga, sabe que yo también iba a ir a reclamarle a ustedes que hacen mucho ruido, y yo también pensé que estaban ustedes moviendo cosas pesadas y haciendo ruido”.

“No, no somos nosotros, porque ahorita nomás estamos pintando por dentro”.
Entonces, la joven, quien quedó intrigada, se fue con otros vecinos a indagar el origen de los ruidos, y no faltó quien le contara que en esa casa que acababan de comprar, se había cometido un crimen hacía muchos años.

El comisario fue siempre el principal sospechoso de haber asesinado a su amante, pero la policía nunca sacó nada en claro, y él, por la vergüenza de sentirse señalado por la gente, se fue a vivir a Chihuahua y vendió la casa.

A Olga le contaron que un antiguo inquilino tuvo que dejar la casa, obligado por las fuerzas misteriosas que se habían apoderado de la casa. “Al pobre hombre lo andaban ahorcando los espíritus en su propia cama”, y dicen que en una de ésas, le habló una voz grave como caldera de locomotora, que le pidió que escarbara a un lado de la barda del cementerio y que desenterrara una cruz de plata y un rosario de cuentas de madreperla que este espíritu había robado a una mujer que se había alojado en esta misma casa.

Olga se enteró del crimen de la “casa de Ramírez” y de cómo el culpable de haber matado a la querida del comisario, no fue él, sino alguien que aprovechó las sombras de la noche para ejecutar una terrible venganza. Dicen los viejos que las dudas persisten, como también persisten los fantasmas de la casa, que ahora de nuevo está vacía después de que la familia de Olga decidió que siempre no se iban a vivir a un lugar «tan maldito».


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