El horror nuestro de cada día (308)

LA SANGRE DEL CERDO. TERROR EN LA CONCORDIA


El horror nuestro de cada día (308)

La Crónica de Chihuahua
16 de agosto, 12:58 pm

Por Froilán Meza Rivera

Vecinos de Tabalaopa, Palestina y La Concordia evitan pasar en las noches por las inmediaciones de las ruinas de la Industrializadora del Cerdo, a partir de que en esa zona se difundió, distorsionada, corregida y aumentada, la historia de Israel Pardo y de Jesús Muñoz «El Zurdo».

Cuentan los vecinos la verdadera historia, y comparan ésta con las distintas leyendas que se han generado en torno a este mismo hecho. Dicen quienes viven atrás del desaparecido Balneario Joaquín Amaro, que Israel y Jesús, en una época en que casi nadie tenía carro, acostumbraban ponerse unas señoras borracheras, por lo menos unos dos días por semana, en alguno de los bebederos de la calle Juárez. Que para llegar a su casa caminaban a altas horas de la noche o de madrugada, hasta La Concordia, primero por la Juárez y luego a lo largo de las vías del tren. Era el camino más derecho y por ahí se les hacía más fácil.

Esto habrá sucedido, si acaso, hace poco menos de 24 años, de tal suerte que la vieja planta de Industrializadora del Cerdo ya había sido desmantelada.

Estos amigos, al pasar por un barranquito que hay todavía antes del cruce con la ampliación de la calle Zubirán, escuchaban siempre un ruido como de unos marranos comiendo, primero muy fuerte y aparentemente muy cerca, pero que disminuía después y se perdía siempre entre la maleza.

Una vez fue tan estridente el ruido, y tan cercano, que a los dos amigos se les bajó la borrachera y hasta pegaron un brinco del susto tan tremendo y de la impresión.
Siempre lo mismo: sin importar a qué hora pasaran, los acompañaba y los intrigaba el ruido de los chanchos...

Hasta que un día, se armaron los borrachines de valor, y decidieron averiguar el origen de los roncos chillidos.

«Mira, compadre, se oye por aquel mezquite, vente, sígueme».

Y ahí van los dos, en pos del gruñido, y se meten entre unas matas secas de quelite, y se espinan, pero, decididos a terminar con el misterio de los marranos, poco les importan los rasguños.

Persiguieron aquellos chillidos de los chanchos, hasta que se vieron adentro de las ruinas del viejo rastro de rojos ladrillos y, con tan mala suerte que, en un descuido, cayeron ambos dentro de un foso rectangular.

Aquella pasta pegajosa y pestilente sobre la que aterrizaron Israel Pardo y Jesús Muñoz en el fondo, parecía lodo, y ahí estuvieron en la más completa oscuridad, manoteando y pataleando en vano, para resbalar y volver a caer.

Salieron por fin, como pudieron, ayudándose uno al otro y, ya en el camino de regreso a las vías del tren, se dieron cuenta de que estaban embadurnados de pies a cabeza con sangre.

Un último gruñido, fuerte, estridente y sobrecogedor, les heló la sangre en las venas. Lo sintieron en la espalda, pero al volverse no pudieron distinguir nada, a pesar de que para entonces ya brillaba la luna a través de un claro en las nubes, esa madrugada.

Hoy en día, hay versiones de esta historia, diferentes, variadas, una que sitúa a sus dos protagonistas en una gruta habitada por el diablo, otra con ellos debatiéndose en el foso con un cerdo sin cabeza, etcétera, pero la versión referida hoy aquí, es la verdad de lo que sucedió, según los vecinos de Israel y de «El Zurdo».


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