El horror nuestro de cada día (CXLII)

RAZA DE GIGANTES EN LAS BARRANCAS


El horror nuestro de cada día (CXLII)

La Crónica de Chihuahua
Abril de 2012, 22:01 pm

Por Froilán Meza Rivera

Dicen que eran terribles de aspecto, enormes como de 2 metros y medio, que iban desnudos por la tierra y que su voracidad insaciable los llevó a la extinción.

Ninguno de los modernos habitantes de Basaseachi conoció a los gigantes de la barranca, pero aseguran aquí que los aborígenes sí compitieron con ellos hace mil años.

Es éste un paisaje impresionante que quita el aliento a quien lo contempla. Hasta la base de la barranca Candameña se despeñan las dos más grandes cascadas de México: la Piedra Volada, que no existe más que en tiempo de lluvia y que tiene de 340 a 350 metros de caída, es decir unos 100 más que su vecina la Basaseachi, más conocida por el turismo.

Los indígenas que ocuparon la sierra antes de que llegaran las razas tarahumara, pima, guarojío y tepehuana, dicen, casi desaparecieron en su guerra contra los gigantes, y éstos últimos no dejaron descendencia nada más porque en el monte no hubo comida suficiente para tantos y tan grandes.

Hoy en día, los lugareños muestran unos huesos enormes que, aseguran, son los fémures de aquellos gigantes que se comían a los hombres. Eran tan espantosos aquellos seres, que en el fondo de la barranca donde moraban en cuevas, no se aventuraba nadie.

Eran los gigantes quienes organizaban unas sangrientas partidas de caza de cuando en cuando, y en su intento por llevarse a los hombres y las mujeres para devorarlos, arrasaban las aldeas y estaban dejando despoblada la sierra, ya que cada vez se aventuraban más lejos.

A contrapelo de lo que cree la gente aquí, don Baltazar Espejo, un anciano que recoge basura en la vereda que va del pueblo a la cascada, con lo que ayuda a su hijo el guardabosque, asegura que él ha tenido varios encuentros con los gigantes. Él los identifica como “los hijos del manantial de vapor”, y dice que alcanzan una talla de hasta tres metros los más grandes, que no se les distingue bien la cara porque una mata de cabellos rojos les cae desde la frente. Que lo que sí se les ve son las quijadas, con hileras de finos dientes puntiagudos. Su cuerpo es como de un oso, pero siempre caminan parados.

“Son de la estirpe de los hombres, pero muy apartados de éstos”. Los pocos gigantes que dice don Baltazar que perduran hasta nuestros días, son unos seres tímidos que se dedican a recoger hongos de las laderas y los bosques, y que para saciar su hambre recurren a masticar la madera de los árboles, y sólo en raras ocasiones sacrifican ardillas o ratones, para no violar la prohibición divina de comer carne humana”.

Sobre el origen de los gigantes, está la leyenda que cuentan los indígenas en Basaseachi:

En tiempos inmemoriales, cuando el mundo estaba tiernito, antes de que llegaran los españoles a esta tierra, había un hombre llamado Candameña, que era amo y señor de la alta sierra. Tenía el señor una hija llamada Basaseachi, de extraordinaria belleza, tan hermosa y perturbadora, que eran muchos los que aspiraban a ella.

El padre, sabedor del deseo que provocaba Basaseachi, celoso por su hija, anunció que la doncella estaba disponible para contraer matrimonio, pero sólo con el hombre que pasara ciertos retos. Candameña impuso a los aspirantes una serie de difíciles desafíos, y sólo cuatro de ellos las superaron: Tónachi, conocido como “El señor de los climas”, Pamochi el de más allá de las barrancas, Arepánachi el de los verdes valles y Carichí, nombrado “el de las filigranas de la cara al viento”.

Pero en la última prueba que Candameña impuso a estos cuatro, todos murieron.

Basaseachi, desconsolada porque su padre la había dejado a fin de cuentas sin un marido, se arrojó al abismo. Y su caída se transformó en cascada, gracias a los conjuros mágicos que lanzó un poderoso brujo del lugar. Desde entonces, su cuerpo no ha dejado de fluir por las profundidades de la barranca.

En este punto es donde se tuerce la leyenda, porque aseguran que, después de quedar tendido donde se dejó morir de dolor, a Candameña le fue arrancada una costilla. Con magia igual de poderosa, un malvado brujo rival del que convirtió a Basaseachi en una hermosa caída de agua, intentó crear otra maravilla que sobrepasara a la de su enemigo.

Con la costilla del cacique en la mano, el segundo brujo buscó un lugar adecuado para hacer surgir una cascada más bella y más grande que la de Basaseachi, pero cuando ubicó el lugar que supo más adecuado, tropezó con una ramita de pino. El brujo malvado debió de haber golpeado la costilla contra una piedra para que surgiera la cascada, pero en lugar de eso, el hueso golpeó contra el lomo de una lagartija rochaca, y de ella manó un chorrero de sangre que se precipitó a la barranca.

El intento de crear una caída más grande resultó a medias, porque de la sangre de la rochaca nacieron los gigantes, y el agua sólo cae unas pocas semanas al año de la cascada que después llamaron “Piedra Volada”.

Ese fue el origen de los gigantes, que desaparecieron hace mil años, víctimas de su apetito desmedido.


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