El capitalista no se suicida

Por Omar Carreón Abud


El capitalista no se suicida

La Crónica de Chihuahua
29 de junio, 17:30 pm

Coordinador de la Dirección Nacional de Antorcha Campesina y dirigente en Michoacán

Al menos, no todavía. En los resultados de la votación por la salida o la permanencia de la Gran Bretaña en la Unión Europea, ganó la salida, ganó el llamado Brexit, referéndum en el que hay que descartar la intervención de la ya mundialmente famosa “voluntad popular” y no reducirse a pensar en las trampas aldeanas de urnas robadas o embarazadas o despensas o “progresas”. Se sabe bien que la clase del dinero es la que gobierna en Gran Bretaña (y en el mundo entero con discutibles excepciones), por lo que un selecto grupo de individuos debe haber tenido en sus manos cientos, si no es que miles de recursos -sutiles y burdos- para impedir una votación cuyos resultados en las urnas no controlara y cuyas repercusiones posteriores le fueran perjudiciales, por tanto, si se le abrió paso a la consulta popular en Gran Bretaña (GB), fue porque así convenía a los intereses de la clase dominante del mundo.

No puede pensarse en un voto libre, ya que la libertad es el conocimiento de la necesidad y ¿qué conocimiento de la geopolítica y de las urgencias de sobrevivencia del capital mundial pueden tener los electores británicos, más aún, si tomamos en cuenta el bombardeo enajenante al que están sometidos las 24 horas del día por los monstruosos medios de comunicación? Así de que la noche del pasado 23 de junio, cuando las casillas se cerraban en GB, los más ricos del planeta no tenían veladoras encendidas ni se tronaban los dedos, sabían cuál sería el resultado y cómo favorecería sus intereses de corto y largo plazos. Informo para el que no lo sepa que el “leave” (abandono) contó con amplio respaldo de las clases adineradas, de la nobleza y de la propia Reina Isabel II quien dijo, en una cena privada de amigos, según una supuesta infidencia de su biógrafo –porque la señora tiene biógrafo- y ampliamente difundida por miles de penetrantes medios de comunicación: «Dadme tres buenas razones ¿por qué el Reino Unido debería ser parte de Europa?».

La prensa británica, tan escrupulosa e inquisitiva cuando a sus intereses conviene, dejó pasar y difundió ampliamente mentiras flagrantes. Se dijo, como primer ejemplo, que si el Reino Unido se salía de la UE se podrían gastar en servicios de salud para la población 350 millones de libras esterlinas que Londres paga semanalmente a la UE. Falso: ya el Tesoro del Reino Unido aclaró que el pago a la UE no rebasa los 136 millones de libras a la semana. Segundo ejemplo: se dijo que la salida iba a permitir detener el flujo de refugiados que llega a la Gran Bretaña de Oriente medio y Europa oriental, promesa que fue publicitada por Boris Johnson (que se perfila como nuevo Primer ministro), quien prometió a sus seguidores asumir el «control de las fronteras» y poner fin a la libertad de movimiento de la UE. Falso: El eurodiputado conservador Daniel Hannan reconoció post factum que el Reino Unido deberá seguir permitiendo la entrada al país a los trabajadores europeos si quiere seguir teniendo acceso al mercado único sin ser miembro de la UE, «francamente, aquellos que pensaban que estar fuera de la UE equivale a un nivel cero de inmigración, se van a sentir decepcionados», dijo Hannan; dado el golpe, sale la verdad.

Conviene detenerse brevemente en este último aspecto de la campaña. La crisis en la que ha estado sumida GB (y Europa entera) desde 2008 y las medidas dictadas por el neoliberalismo de moda, han ocasionado un severo aumento de la pobreza que golpea ya incluso a sectores importantes de la clase media; pues bien, la clase trabajadora de GB, ayudada por los medios de comunicación, ha llegado a la conclusión de que los inmigrantes son la causa de su desgracia y que, por tanto, si se limita la inmigración, sus empleos, sus salarios y su calidad de vida, mejorará drásticamente; en GB (y en Europa en general) hay un resurgimiento de la xenofobia. Ciertamente, a la clase trabajadora británica le estorba la competencia de los migrantes y eso lo aprovechó el capital para impulsar el Brexit pero, al capital no sólo no le estorba la fuerza de trabajo migrante, indefensa, angustiada y, en consecuencia, dispuesta a trabajar hasta el agotamiento sin reclamos para dar a sus hijos una vida digna es, pues, muy explotable y, por tanto, conveniente. Ello explica que en estas circunstancias y con esa propaganda, se haya llevado a cabo el referéndum para decidir si GB seguía o salía de la UE. Por eso digo que ya tenían calculados los resultados, que ya tenían muy medidas las inconformidades de los votantes y sabían como utilizarlas.

Ahora bien. No debe confundirnos el hecho de que haya polémica y hasta versiones catastrofistas sobre el Brexit, que haya poderosos que no comparten los intereses y, por tanto, las ideas de quienes impusieron la consulta, con quienes tenían el mayor interés en la salida de GB de la UE. Existen contradicciones –no antagónicas, pero existen- entre los grandes beneficiarios del capitalismo, las hay entre los dueños de empresas productivas y banqueros, las hay entre comerciantes y productores, entre exportadores e importadores, entre productores de armas y quienes tienen negocios que prosperan en la paz y la estabilidad, entre el capital financiero y todos los demás, etc. De ahí que existan opiniones influyentes diversas y no sería ninguna novedad en la historia del capital que, unos, los más poderosos, en una determinada coyuntura, sacrificaran a los menos poderosos. “Daños colaterales”, les llaman en las guerras imperialistas. Digo todo esto porque no debe desconcertarnos el hecho de que entre los más poderosos haya posiciones divergentes y hasta contrapuestas, mientras en el fondo no logra descubrirse que el Brexit estaba bien calculado para beneficiar a los más caros intereses de corto y largo plazo de su majestad el capital.

El Brexit es una jugada de muchas bandas. No obstante, una consecuencia muy importante que ya se vislumbra con cierta claridad es el debilitamiento de la Unión Europea. Se sale la segunda potencia que la mantenía fuerte y en pie. A Estados Unidos, al promotor universal de la libre competencia, no le conviene la competencia, sus declaraciones son seductoras, los intereses de sus monopolios son aterradores. Ahora invertirá en países más debilitados, venderá a países con menos defensas, comprará a vendedores menos regateadores y firmará convenios leoninos con menos rezongones. El capital se abre paso. El revuelo temporal, la polvareda momentánea, ciertas víctimas inevitables, no deben confundirnos: el capital sabe lo que quiere y todavía tiene muchos recursos para conquistarlo.

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