El asalto del 6/1/2021 al Capitolio

** ¿Qué se puede decir sobre la composición social de los insurrectos del Capitolio? Es, más o menos, la base socioeconómica típica de la mayoría de los fascismos.


El asalto del 6/1/2021 al Capitolio

La Crónica de Chihuahua
12 de enero, 07:39 am

Por: Julio Huato/
Doctor en Economía, St. Francis College, Brooklyn, N.Y.

La revuelta del 6 de enero en Washington DC fue un intento de golpe de estado. Un intento mal concebido, que cayó muy lejos de la marca, pero intento al fin. Las asonadas e insurrecciones no son juegos de niños. Si se empieza una, más vale tener contemplado un desenlace viable. En este caso, se trató de una jugada desesperada de último minuto de Trump, todavía dolido por su derrota electoral. Hubo mucho de pensamiento mágico de su parte. Un objetivo probable, al incitar a la multitud a marchar hacia el Capitolio, era respaldar con fuerza de masas el intento algo incoherente de — en el mejor de los casos — doce senadores republicanos y 150 representantes dispuestos a sabotear el conteo de votos. (Algunos de ellos acabaron echándose para atrás.)

Es posible que hayan pensado que, en caso de no subvertir la certificación del voto (batalla muy cuesta arriba), habrían dejado constancia en el diario legislativo de su objeción al resultado, un gesto político que le habría dado a Trump excusa para colgar un cartel de ilegitimidad en el cuello de Joe Biden en los años venideros. En materia táctica, la audacia es virtud, porque en el caos resultante de la batalla política, las cosas pueden inclinarse en favor de uno, en una dinámica que se refuerza a sí misma. Pero audacia sin preparación adecuada, sin una evaluación realista de fuerzas en juego, no consigue mucho.

Es posible que la multitud haya fetichizado la Casa Blanca y el Capitolio como residencias del poder político. Pero los marxistas saben — o deberían saber — que el poder político es la productividad del trabajo bajo otro nombre; productividad orientada hacia prioridades políticamente sancionadas. Pero para que el trabajo sea productivo, debe asignarse en debida proporción: en tiempo, espacio y circunstancia. De lo contrario, no basta para imponer restricciones legales, políticas, morales y espirituales vinculantes a la gente, sin las cuales su conducta, en la dirección deseada, no se puede alterar.

La toma y el mantenimiento del poder pueden requerir, o no, el ocupar un edificio. En las condiciones de hoy, como mínimo, se necesita control o influencia significativa sobre la prensa, y en general sobre las redes sociales y los medios. También puede requerirse control sobre recursos clave, acceso a partes de la infraestructura, etc. En última instancia (porque, como solían decir los antiguos romanos, la violencia es la ultima ratio), se necesita control, redespliegue, neutralización o disolución y reemplazo de la policía, los aparatos de seguridad y las fuerzas armadas. Algunos elementos rebeldes en las filas no son suficientes. Se requiere una masa crítica. ¡Y esto es solo para empezar!

Trump, acostumbrado a fanfarronear para sacar ventaja, puede haber fantaseado que con una demostración de fuerza de masas en el Capitolio, las piezas se podrían haber realineado a su favor, sobre la marcha. Queda ahora claro que jugó mal su mano. Ahora bien, Trump será un payaso, pero no es un idiota. Demostró en el pasado ser suficientemente listo para manipular los medios a su favor. Se conecta a un nivel visceral con mucha gente insultada por las poderosas élites urbanas de las dos costas y por la arrogancia de la intelectualidad liberal, así como con aquellos que temen el oscurecimiento creciente de la piel de la población. Trump fue muy hábil en reencauzar la ira de esta gente hacia los no blancos, los trabajadores indocumentados, China, etc.

Sin embargo, como actor político, Trump carece de la atención sostenida, el talento organizativo metódico y los atributos de liderazgo necesarios para lograr un golpe de estado exitoso en el país más rico de la historia, país que es además el poder hegemónico mundial. No se trata de idealizar aquí la solidez del orden político estadounidense. Ya se encuentra bajo una grave tensión como resultado de la convergencia de las crisis sanitaria, socioeconómica y ambiental, a las que se puede añadir la vergonzosa pérdida de influencia hegemónica global. Una o dos gotas más en el vaso y éste se puede derramar. En cualquier caso, los obstáculos demostraron ser demasiado para la insignificante capacidad de Trump, facilitadores y secuaces. Y estamos mejor por ello.

¿Qué se puede decir sobre la composición social de los insurrectos del Capitolio? Es, más o menos, la base socioeconómica típica de la mayoría de los fascismos. ¿Quiénes asistieron a la manifestación y atendieron los delirantes llamados de Giuliani a efectuar un “juicio por combate” y de Trump a “mostrar fuerza”? Un potpurri sociodemográfico, formado por un puñado de vulgares sociópatas ricos, un grupo de micro-empresarios histéricos y — como carne de cañón (que Trump ya echó por la borda) — un grupo más numeroso de clase trabajadora predominantemente blanca y masculina intoxicado ideológicamente (una buena parte del cual deben de ser gente permanentemente desempleada, con un pie o dos en el lumpenproletariado). (¿Había también, como sospechan algunos, un comando organizado en acción; mercenarios de Academi, veteranos y/o personal en servicio activo con experiencia en espionaje, operaciones especiales, etc.? ¿Hubo un complot siniestro para asesinar selectivamente a algunos congresistas? Quizá, pero con poco efecto.)

Admitámoslo: la multitud que asistió al mitin y marchó hacia el Capitolio es, más o menos, representativa de los más de 74 millones de votantes que favorecieron a Trump en noviembre de 2020. Es por eso que tenemos que ver sus acciones como síntomas de un cáncer social más extendido. ¿De dónde viene esa multitud? ¿A qué su rabia? Sí, está su rechazo inmediato al resultado electoral, que la mayoría de ellos cree fraudulento. Y sí, hay, por supuesto, tendencias históricas de mayor alcance en juego que se pueden rastrear hasta la sangrienta historia de genocidio, esclavitud y robo territorial sobre la que se erigió Estados Unidos.

Sin embargo, la base socioeconómica reciente que alimentó estas tendencias se puede ubicar en desarrollos que se encapsulan en el término “globalización de posguerra”: la extralimitación de masas gigantescas de capital internacional — bajo la presunción del espíritu epocal del Fin de la Historia (Fukuyama) y No Hay Alternativa (Thatcher), un ánimo ideológico que prevaleció de finales de los 1970 en adelante — para establecer un orden mundial neoliberal, con el poderío de Estados Unidos como garante, bajo el dominio del capital cosmopolita o transnacional, todo construido sobre la fragmentación de la clase trabajadora mundial. Dejando a un lado los desarrollos internacionales, lo recién ocurrido aparece como karma social en acción.

La izquierda no tiene por qué excusar las acciones de los individuos que asaltaron el Capitolio. Pero nuestros recursos políticos y la capacidad de atención del público no son infinitos. Necesitamos priorizar las causas raíces. Tampoco es asunto nuestro el unirnos a los sacerdotes del establishment liberal en su indignación contra aquellos que violaron un sitio político sagrado, desgarrándose las ropas por la profanación del Capitolio por — ¡horror de horrores! — una "turba". Rechacemos la demonización tout court de la participación política de masas. Nuestra tarea es seguir desplazado la atención política de la nación hacia la división de clases. Y hacerlo con métodos y opciones tácticas que impulsen y promuevan una mayor unidad, organización, autoeducación y militancia de las masas trabajadoras. Porque nuestra estrategia sigue siendo la unidad de los productores directos para reorganizar el mundo.