Coco o la paradoja

**De la mano de una casa fílmica extranjera, el mexicano se siente orgulloso de sus tradiciones, cuando es común hallar justamente lo contrario: una imitación y apego exagerados a la cultura extranjera en detrimento de la cultura nacional.


Coco o la paradoja

La Crónica de Chihuahua
Diciembre de 2017, 09:37 am

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Aquiáhuatl Rivera

El éxito comercial de la película Coco, de los estudios Disney-Pixar, en nuestro país y en el vecino del norte es una paradoja.

Lo es, en principio, porque muy al estilo de las películas de Disney la historia transmite un mensaje lo suficientemente trillado sobre la unión familiar que es imposible olvidar que el público infantil y juvenil sigue siendo preparado para evadir justamente la realidad opuesta: la agonía de la institución familiar en los países occidentales.

Ya sea desde el punto de vista de los viejos países europeos, donde sus ciudadanos ya no cifran sus esperanzas de felicidad en la realización familiar sino que optan por una vida solitaria, con la que parecen evitar cualquier sacrificio que no sea para ellos mismos, como se confirma en los datos recientemente publicados al respecto sobre Polonia, donde se registra la tasa de natalidad más baja de Europa y del mundo; o ya sea por lo ocurrido en los países subdesarrollados, sobre todo en América Latina, donde la violencia hacia las mujeres comienza en la familia , y es en ésta donde primero se entra en contacto con una realidad que lacera a millones de latinoamericanos: la pobreza.

La carencia de vivienda y de acceso a los servicios públicos como la sanidad y la educación hacen que la familia haya dejado de ser el nido sublime de la realización humana.

Pero este descrédito a la institución familiar no ocurre solo por una pérdida de valores, no; la fraternidad sobre la que está fundado el valor familiar se hace cada vez más difícil de alcanzar, pues ahora más que antes, nuestra sociedad nos acostumbra a la carencia de trabajo, de salarios, de oportunidades de salud o educación y, con ello, somos preparados desde muy temprana edad para la competencia más descarnada que no se detiene, desde luego, ante el vínculo familiar.

En resumen, en una sociedad desigual, lo que llamamos fraternidad y solidaridad es muy difícil de alcanzar y por eso la familia encuentra condiciones adversas para conservar su forma idílica. No pienso que esta institución social esté próxima a desaparecer, pero es claro que la forma que tiene en nuestros días no es igual a la que proyecta el filme.

Su argumento cobró relevancia por el tópico mexicano.

No es la primera vez que apuestan por proyectar la cultura de otro país; antes lo hicieron con Rusia, China, Japón y hasta Hawái; sabemos que la industria fílmica no se guía solamente por la filantropía o por su aprecio cultural a otras naciones, antes de todo es una industria millonaria de entretenimiento y sus proyectos se basan en su influencia comercial global.

En esta ocasión, el escenario es México y una de sus tradiciones, eso sí ilustrada de brillantemente; su mercado objetivo es evidente, el pueblo mexicano y la minoría poblacional más grande en Estados Unidos.

La cinta ciertamente retrata la tradición y también reproduce los estereotipos. ¿El mexicano proyectado en la cinta es el mexicano real? Por lo menos podemos decir que algún día lo fue.

Ese México rural que hoy no es el hegemónico; el de hoy, el urbano, rechaza de facto sus tradiciones populares y más aún discrimina a uno de los autores originales de su cultura: el indígena; debemos recordar que nuestro país es heredero de una tradición milenaria y que los rasgos más típicos de nuestra cultura nacional son la herencia de un pasado indígena imborrable y los que dan fisonomía a lo mejor de nuestra nación: desde la gastronomía hasta las bellas artes.

Nuestras tradiciones son inconcebibles sin ese folclor. Y es allí donde se encuentra la segunda paradoja: resulta que ese folklor en el mexicano de hoy es cada día más infrecuente y, sin embargo, de la mano de una casa fílmica extranjera el mexicano se siente orgulloso de sus tradiciones, cuando es común hallar justamente lo contrario: una imitación y apego exagerados a la cultura extranjera en detrimento de la cultura nacional.

Nuestro nacionalismo se limita generalmente a la afición futbolera o se asoma fugazmente cada septiembre; las razones de ello han de buscarse en la dependencia económica de Estados Unidos y en la deficiente educación del pueblo mexicano.

La dependencia nos obliga a establecer una relación de amor y odio con nuestro vecino: nos deslumbra su progreso, pero sabemos que éste fue alcanzado mediante el despojo sobre los países más débiles, entre ellos el nuestro, al arrebatarnos la mitad de nuestro territorio, por ejemplo.

La deficiente educación impide a México alcanzar la meta de convertirse en un país competitivo en términos económicos a escala mundial, debido a que permanece como proveedor de mano de obra barata; en lugar de promover la formación de mano de obra altamente calificada, realizando grandes inversiones en ciencia y tecnología, los gobiernos en México promueven una educación apenas suficiente para emplearse en la manufactura o en algún sector manual de las grandes trasnacionales.

La enseñanza de la historia nacional se menosprecia y, como consecuencia, se nos inculca un nacionalismo ramplón unido a un alto vasallaje o colonialismo cultural. Una vez más, por ello, el rescate de las artes nacionales no puede caer en las manos de los que tienen el control económico mundial; debemos apostar por una difusión masiva de nuestra cultura entre las masas populares, a quienes pertenece y que, como ocurre en materia económica, imperdonablemente solo reciben a cuenta gotas.

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