Tangancícuaro: Arturo Hernández Vázquez, otro autócrata

Por Omar Carreón Abud


Tangancícuaro: Arturo Hernández Vázquez, otro autócrata

La Crónica de Chihuahua
19 de marzo, 16:58 pm

Rubén C. Navarro, un eximio hijo de Tangancícuaro, Michoacán, escribió un bellísimo poema que lleva por título “Al caballero Don Quijote” que en uno de sus versos inolvidables dice: “Desque tu faltaste, no ha cesado el ruego de los que padecen injusta opresión…”. Y sí, Don Rubén, no ha cesado, sigue habiendo en Tangancícuaro, en México y en el mundo –porque usted hablaba del mundo entero- una pobreza insultante y una injusticia cada vez más agresiva y provocadora. El poeta siente como pocos, expresa como pocos y, prevé, también como muy pocos, por eso le llaman vate, palabra madre de vaticinio. Y ahí estamos todavía, Don Rubén C. Navarro.

Pero esta vez no habrá que recurrir a lugares apartados y poco conocidos para ilustrar la odiosa realidad de los pobres del mundo y convocar a los de México a transformarla urgentemente, bastará con alejarse unos cuantos metros del sitio donde vio la luz el poeta y constatar que a otro de los gobernantes mexicanos, éste de nombre Arturo Hernández Vázquez, presidente municipal, precisamente de Tangancícuaro, nada le importa la integridad física y la vida de modestos trabajadores y estudiantes de su municipio, él, como otro de quien me ocupé la semana pasada, sólo quiere ver su ciudad como la ha imaginado o como se la exigen los señores del dinero, sin detenerse a pensar en que sus decisiones pueden costar vidas humanas.

¿Qué hay? ¿De qué abuso intolerable se habla aquí el día de hoy? Nada menos que de que el señor Hernández Vázquez está arrojando a exponer su vida a cerca de 500 modestos ciudadanos que van a sus ocupaciones en bicicleta y, el señor no quiere escuchar sus razones para modificar ni un ápice el proyecto de construcción de un denominado “parque lineal” que está empeñado en levantar en un costado de la avenida Educación, una ruta muy transitada por ciclistas en la que ha decidido instalar jardineras y aparatos para hacer ejercicio, invadiendo una parte importante de la orilla de la calle que hasta ahora era utilizada por los ciclistas para circular un poco más alejados de los vehículos. Aclaro que la gran cantidad de bicicletas que circulan diariamente en Tangancícuaro se explica en buena medida -no completamente- por las labores que en los alrededores realizan muchos modestos peones en la agricultura de exportación (¿otro ayudante de Trump que está tratando de dificultar las exportaciones tornando todavía más dura la labor de los obreros mexicanos?).

¿Y por qué el edil panista Arturo Hernández Vázquez no accede a incluir una ciclopista como parte del “parque lineal” como se lo proponen los afectados y sus representantes? ¿Será porque no hay espacio? Ojo, amigos lectores, espacio sí hay, caben perfectamente las jardineras y los aparatos para hacer ejercicio ya planeados por el presidente municipal y, cabe también, la ciclovía que reclaman los ciudadanos porque el terreno en cuestión es una franja de por lo menos ocho metros de ancho, es decir, estamos simple y sencillamente ante el fenómeno cada vez más común entre las autoridades de nuestro país que consiste en montarse en su macho. Y no le insistan al presidente los sencillos habitantes que apenas ganan para moverse en bicicleta porque el señor se enoja y no quiere volver a hablar con ellos.

Aprovecho la oportunidad para hacer algunas reflexiones sobre esa novedad arquitectónica y verbal, sobre el absurdo “parque lineal” porque la línea sólo tiene una dimensión; pues ya el capital y su demagogia modificaron la geometría y han sido capaces de instalar tranquilamente un “parque lineal”. Las ciudades deberían estar llenas de parques inmensos, con árboles frondosos, bellos, pero el modo de producción de la máxima ganancia ha concentrado a la fuerza de trabajo y a los consumidores con el fin de satisfacer su hambre de trabajo no pagado y ha levantado, con base en el concreto, conglomerados humanos inhumanos que ya sólo dejan pequeños jirones para áreas verdes en las que, para contentar a los abrumados habitantes, ahora se construyen “parques lineales”. Pero, ojo otra vez: no es el caso de Tangancícuaro, Michoacán, población relativamente pequeña en la que, si hubiera voluntad, no se construiría un “parque lineal” en un hilacho de terreno, sino un parque hermoso que fuera la felicidad y el orgullo de sus laboriosos habitantes y de sus hijos, pero, ya se ve, que, a juicio de sus gobernantes, como de muchos otros de otras localidades, el pueblo sólo tiene la envidiable libertad de ver, oír y callar. Y ahí estamos Don Rubén.

Como no acordarse en esta circunstancia de los publicitados “Un día sin auto” que ya son acuerdo internacional para todos los 22 de septiembre, día especial en el que una buena parte de los más altos funcionarios, saca una espléndida bicicleta, se clava su casco para garantizar su integridad craneana y se enfila a su cómoda oficina rodeado de ayudantes y, claro, de periodistas que dan fe del hecho; como no acordarse, también, de los “paseos ciclistas” que se organizan en la ciudad de México y de Morelia y en muchas otras ciudades durante los cuales se cierran calles principales para que las familias paseen, convivan y disfruten de un sano esparcimiento, como no tener todo esto presente cuando unos sencillos peones agrícolas, unos estudiantes modestos y unas amas de casa sin influencias, transitan diariamente, por obligación y sin prensa, por la avenida Educación de Tangancícuaro y su distinguido Presidente Municipal, el Maestro (porque es Maestro) Arturo Hernández Vázquez, se niega en redondo a procurarles las condiciones mínimas, insignificantes, de seguridad.

Está comprobado que los trabajadores mexicanos son los que trabajan más horas al día en el mundo y falta todavía por descubrir que son los que se trasladan de manera más dura, cansada y peligrosa. Oscuro todavía, se bajan de un camión que no se acerca a la banqueta sino abre la puerta en el segundo o tercer carril y corren toreando vehículos para alcanzar el mugroso Metro de la ciudad de México, eso sí, en un vagón de puras mujeres para evitar los manoseos y los tallones de los hombres ¿Es justo? ¿Es lo que se merecen los trabajadores y trabajadoras que producen la riqueza número 14 del mundo? Pero también están los de Tangancícuaro, los que tienen que llegar a las parcelas de fresa, frambuesa o arándano y viajan en bicicleta también oscuro todavía sin que nadie repare en ellos.

¿Qué les queda a los sencillos ciclistas? Les queda mucho, muchísimo: organizarse y luchar. Y para eso cuentan con sus hermanos antorchistas de todo el estado y de todo México que estamos listos y dispuestos a otorgarles nuestra solidaridad sin condiciones. Sabemos que ya realizaron un multitudinario paseo ciclista a la presidencia municipal y que Arturo Hernández Vázquez no se dignó recibirlos. Sepan ustedes que estamos a sus órdenes para lo que siga, podemos marchar por miles en Tangancícuaro (aunque no creo que todos en bicicleta), en Morelia o en la ciudad de México, ustedes ordenan. Pero tiene que ser pronto, no queremos saber que una madre les dijo a sus hijos: “Papá no llegó, está tirado en la carretera”. Sólo por los caprichos de un autócrata.

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