Sólo los mismos derechos

Por Omar Carreón Abud


Sólo los mismos derechos

La Crónica de Chihuahua
15 de julio, 08:15 am

(El autor es Coordinador de la Dirección Nacional de Antorcha Campesina y dirigente en Michoacán, conferencista y autor del libro «Reivindicar la verdad».

Ganó Andrés Manuel López Obrador. No lo digo con el propósito de informar a nadie, ya todos en México y en el mundo están enterados, lo repito, porque desde ese hecho parte mi trabajo del día de hoy. El triunfo y la derrota en un proceso electoral en la democracia occidental de la cual se enorgullece nuestra clase gobernante y que ahora precisamente se encuentra en una de sus mayores fiestas de los últimos años, contempla, por definición elemental, a los ganadores y a los perdedores. La mayoría, de acuerdo con la Constitución y con la ley electoral, tiene derechos (y obligaciones), la minoría también tiene derechos (y obligaciones), esta es una de las bases proclamadas del respeto al individuo y a las organizaciones, a la diversidad de pensamientos y de opiniones privadas y públicas, de los actos dentro de la ley, en una palabra, de la convivencia, la armonía y la paz sociales.

El Movimiento Antorchista Nacional y su valiente Secretario General, el Maestro de maestros, el Ingeniero Aquiles Córdova Morán, participaron en esta contienda electoral y emitieron sus puntos de vista abierta y claramente, sin ambigüedades, si dejar lugar a ninguna duda a ninguno de los que las conocieron. En el Movimiento Antorchista pensamos -y así se lo hicimos saber a todos los que quisieron escucharnos- que el programa de transformaciones de ofrecía el candidato López Obrador no se iba a convertir en realidad, ya fuera porque a la hora de la verdad se cambiaría por algo parecido a más de lo mismo o, porque, en caso de persistir en las promesas de campaña e intentarlas llevar a la práctica de manera consecuente, concitarían la oposición de fuerzas extremadamente poderosas que no sólo las bloquearían, sino podrían sumir al país en una situación mucho más grave de la que se encontraba. Esa fue nuestra posición. No tuvimos al alcance ni la cantidad ni la calidad de medios de comunicación indispensables para que se nos creyera y que nuestra posición fuera la ganadora.

No obstante, de acuerdo con la ley, tenemos, como individuos y como grupo, la obligación de reconocer y acatar a las nuevas autoridades que la mayoría de los electores ha decidido darse en nuestro país. Y así lo haremos. Por otra parte, y con la misma fuerza legal, es nuestro derecho Constitucional agruparnos, seguir organizados con propósitos lícitos como hasta ahora lo hemos venido haciendo. Vale la pena citar las palabras que usó un conocido periodista para referirse a la labor política del ahora presidente electo de la república: fue -dijo- “líder opositor en plaza pública (12 años en ese ejercicio)”. Y, en efecto, así fue, después de las elecciones del año 2006 y de las elecciones del 2012, en las que Andrés Manuel López Obrador no obtuvo la mayoría de votos, pudo continuar, y continuó, junto con sus partidarios, exponiendo sus puntos de vista sobre los problemas de México y el mundo, haciendo proselitismo y exigiendo soluciones, sin que nadie -ni particulares ni autoridades- se atreviera a decretar o a exigir la prohibición de su organización (antes bien, pudo conquistar el registro como partido político), ni a reprimir o a estorbar al margen de la ley sus actividades.

Se trata, pues, de derechos constituciones indiscutibles, de derechos que, quienes ahora tendrán el poder de la república, del Congreso de la Unión, de varios estados y numerosos municipios, ejercieron sin ninguna duda y sin ninguna cortapisa, durante muchos años de tal manera que pudieron llegar a conquistar la mayoría del voto popular. Esos mismos derechos reclama el Movimiento Antorchista Nacional: Existir como organización política, hacer proselitismo entre los mexicanos, exigir soluciones para sus problemas y obtener respuestas. Nada más, pero nada menos.

Insistimos en que los mexicanos somos parte integrante de la situación mundial, que no nos podemos sustraer a esa realidad. El imperialismo ha llegado a una fase terminal: produce una cantidad inmensa de mercancías y no puede venderlas, tiene competidores gigantescos que antes no tenía y para seguir produciendo, abaratando y vendiendo mercancías, necesita con urgencia fuentes de materias primas y mercados. La nueva administración de Estados Unidos ha considerado que la globalización, al menos la globalización como la habían aceptado las administraciones anteriores, no es el camino para conservar la vida de su capital y desarrollarlo, en tal virtud, no es exagerado afirmar que el neoliberalismo, la teoría del libre mercado está muerta. México forma parte del área de influencia de los Estados Unidos. ¿Cómo se van a afrontar los retos en el futuro? ¿Cómo se garantizará un desarrollo independiente y vigoroso? O, quizá, más bien dicho ¿qué tan independiente y qué tan vigoroso? No se sabe todavía; no obstante, si se quiere verdaderamente elevar el nivel de vida de los mexicanos, como siempre y en todas partes, habrá que contar con una sociedad bien (pero muy bien) informada, organizada y actuante.

En Michoacán existen problemas muy graves que esperan solución. El presupuesto anual del gobierno recibe un tajo enorme para pagar deuda e intereses bancarios, la parte aprovechable es claramente insuficiente y cada vez es más pequeña, el gasto público se contrae en términos reales de manera constante y, la obra y los servicios para los que más lo necesitan, están en extinción; en Michoacán no hay empleo, la población está partida por mitad: 4.2 millones de michoacanos viven en el territorio nacional, 4.0 millones viven en Estados Unidos, es decir, la familia michoacana está desmembrada, en muchos casos, para siempre ¿Y los que aquí viven? Siete de cada diez en edad de trabajar, están en el empleo informal, es decir, se ganan la vida sin seguro social, sin horario, sin protección, sin vacaciones, sin esperanza de retiro, sin nada. En Michoacán, como en el resto del país no se ganan buenos salarios, prueba: el 55.3 por ciento de la población que equivale a 2 millones 565 personas viven en la pobreza. Esa es la cruda realidad.

El desafío democrático fue superado con creces, pero, desgraciadamente, la democracia no se come. Ahora se necesita que se traduzca en empleo, salario, salud, educación, inversión en obras y servicios para los que más lo necesitan. Ahora es cuando se tiene que demostrar que la democracia es una forma de mejorar el nivel de vida de las grandes masas trabajadoras de México y no sólo una forma de sustituir a unas personas por otras personas en el ejercicio del poder público. Por todo ello, me permito afirmar enfáticamente, que la necesidad de que la clase trabajadora esté unida, organizada, consciente y actuante, si no es más importante que antes, es exactamente igual de decisivo y apremiante y, para ello, es indispensable que cuente con los mismos derechos con los que han contado los que ahora se disponen a gobernar, que si no se le reconocen (que sería lo deseable), entonces, como siempre ha sido, que los defienda y los conquiste.

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