Miros

**El panorama que me pintó Miros era verdaderamente preocupante, se habían desatado los demonios, una vez más. Coincidimos en que el fin del sexenio priista había dejado sin efecto los engranajes de la narcopolítica.


Miros

La Crónica de Chihuahua
23 de mayo, 22:00 pm

4 Vientos

Madrid.- Hablamos por teléfono por espacio de una hora, supongo. Fue una conversación larga. Platicamos de todo, hacía meses no teníamos contacto, por lo que esa llamada la aprovechamos para ponernos al día.

Alejandro Gutiérrez / A los 4 Vientos

Hablamos de todo, familia, hijos, trabajo. Exprimimos cada tema y bromeamos un poco, como siempre nos sucedía, algo de humor negro y pullas mutuas.

Como cada vez que hablábamos, no podían faltar los temas más serios. Y uno obligado era platicar de la ola de violencia que se había desatado en Chihuahua desde la llegada de Javier Corral al gobierno, tras el cochinero que dejó César Duarte, dueño de una de las más negras biografías de la política chihuahuense, miembro de la ´nueva generación de priistas´ con las que Peña Nieto se sentía cómodo.

El panorama que me pintó Miros era verdaderamente preocupante, se habían desatado los demonios, una vez más. Coincidimos en que el fin del sexenio priista había dejado sin efecto los engranajes de la narcopolítica y que los grupos criminales peleaban por hacerse del apetitoso botín que es Chihuahua, un estado estratégico para el narco.

Comentamos que en el ajedrez nacional de los grupos criminales, el nuevo gobierno estaba rebasado ante el poder de esos grupos. Y que esa mezcolanza hacía el terreno una peligrosa plasta de arenas movedizas.

Le dije que me resultaban chocantes las versiones oficiales que siempre hablan de los ´buenos contra los malos´, del maquillaje de cifras, del discurso mentiroso para no bajar en las encuestas, cuando la realidad es que Chihuahua es uno de los ejemplos más claros del evidente buen funcionamiento de la narcopolítica. Misma condición que comparte con otros estados como Sinaloa, Tamaulipas o Veracruz, por solo mencionar algunos.

Antes de terminar la llamada, luego de escuchar de su voz ese negro panorama que ya azolaba Chihuahua, Miros me dijo, “las cosas están de verdad muy descompuestas aquí, Alejandrito”, como luego me decía.

Le respondí que era momento de andar con mucho cuidado, que cualquier cosa en nuestra interpretación podría tener un significado, pero en la lógica de los criminales, las cosas se leen de otra manera. “Miritos, con pies de plomo, ok? Está cabrona la cosa”, le insistí.

Me dijo que sí, por supuesto, que sería cautelosa. Me sentí ciertamente ridículo por decirle eso, pensé que sobraba mi comentario, porque la conocía demasiado bien y sé que era una profesional, rigurosa y cautelosa también. Muchas veces hablamos de temas espinosos que traíamos ella o yo, y comentábamos que no era momento de “soltarlo”, porque las cosas podían tener consecuencias de riesgo.

Francamente, me preocupé. Pero nunca me imaginé que, dos o tres semanas después de esa llamada, iba a recibir un telefonazo de Nacho Alvarado para avisarme que habían matado a Miros.

El suelo se abrió a mis pies. Un vacío en el pecho. El cerebro hecho añicos y buscando en algún rincón un asidero de negación. Pero al momento de abrir los portales de los medios de Chihuahua me di cuenta que era real lo que me decía Nacho.

“No mames”, era lo único que lográbamos articular los dos. No había hilo para coordinar algo más. Quedamos de hablar más tarde, colgamos y sentí que el cuerpo me temblaba.

“Hijos de su puta madre!”, era la única frase que me salía una y otra vez mientras trataba de leer algo más. De buscar un dato que me refiriera, aún a estas alturas, que todo era falso. Algo que me explicara el exceso de los malditos.

Le llamé a Raúl Lechuga al Diario. Estaba conmocionado, pero sin un solo dato extra. Quedamos de llamarnos después. Todo era confusión entre los que siempre fuimos compañeros y amigos de Miros.

Ya han pasado dos meses desde ese hecho. Dos meses hasta que pude escribir estas líneas.

A pesar de que me mudé de Chihuahua hace 17 años, y luego salí del DF para venir a España, el círculo de amigos que reporteamos juntos en Chihuas, seguimos de alguna manera en contacto. Siempre presentes, pese a la distancia.

Estos días he tratado de hacer memoria de cuándo nos conocimos. Soy malo para esas cosas y no me acuerdo la primera vez que nos vimos, porque conectamos de manera tan fácil que esos datos se escapan o llegan a ser irrelevantes.

Creo fue en 1992-93, aunque estoy seguro que fue inmediatamente a su llegada de La Paz. Junto con Olga Aragón, Vero Torres, Alex Salmón, Leoncio Acuña y Manuel Aguirre, reporteábamos la fuente política.

Tenía vena para el análisis política y una facilidad para conectar con las fuentes. Era frecuente que les sacaba la sopa, con una astucia pocas veces vista. Repito, era muy profesional. Y un poco cabrona, a veces, pero sin duda, todo el grupo nos teníamos un respeto mutuo.

Además de la parte profesional y la amistad, a Miros, a Manuel y a mí nos unía otra cosa. Teníamos hijas de la misma edad. Y esa fue otra razón por las que en infinidad de veces hablábamos del tema. Miros solía soltarme algún encabronamiento porque ‘Andrea tal o Andrea cual’. O yo, igual le decía algo de mi hija Ale. Como relojitos, ambas pasaban por lo mismo, o andaban rebeldes o se comportaban de una o de otra manera. Eran como una copia.

Ante ese supuesto caparazón de dureza de Miros con Andrea, yo me burlaba y luego le soltaba: “Pinche Miros, vas de dura con Andrea, pero la amas. Ya déjala en paz”. Yo era como el tío buena onda que salía en defensa de Andrea.

Andrea, su prima y yo lo hablamos en un largo viaje que ellas hicieron por Europa. A su paso por Madrid, nos vimos en una terraza y bromeábamos porque Miros le llamaba todos los días, para ver si las cosas iban bien. Reíamos de esos contrastes.

En noviembre de 2015 viajé a Chihuahua luego de muchos años. La vi dos días. Una de ellas con Manuel. Hablamos de todo. Fue grandioso el reencuentro, nos hizo recapitular nuestra etapa en conjunto reporteando en Chihuahua.

Ahora las cosas cambiaron radicalmente. “Nos la quitaron”, como me dijo un día Olga. Sí, Olga, nos la quitaron. Y sigue doliendo mucho.

Pd: Más allá de las declaraciones de Javier Corral sobre el caso de Miros, no sé nada más. Entiendo la secrecía de la investigación y que armar esos rompecabezas no es cosa fácil. Desgraciadamente, la pesada loza de impunidad en la mayoría de los casos de los colegas asesinados –entre ellos Regina Martínez o Javier Valdez—, me hace ser escéptico muchas veces. Sinceramente, espero que el gobernador nos dé una pronta respuesta para que a Miros se le haga justicia, como se lo ha exigido Rosa María, la hermana de Miros.

¡Basta ya!

Alejandro Gutiérrez Castañeda, egresado de la escuela de periodismo Carlos Septién. Actualmente, corresponsal del semanario Proceso en España. Escribió para la revista Visión Interamericana y para La Opinión de Los Ángeles. En Chihuahua, donde fue corresponsal de Proceso, inició como reportero en 1983 en el periódico Novedades, luego en El Heraldo, El Norte y en El Diario de Juárez. Es coautor del libro “Violencia sexista. Algunas claves para entender el feminicidio en Ciudad Juárez” (UNAM, 2004). En 2007 fue galardonado por el Congreso del Estado con el “Laurel de Oro: Ignacio Rodríguez Terrazas” al mérito periodístico, por su libro “Narcotráfico El gran desafío de Calderón”

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