Migrantes hondureños, la incógnita

**La caravana que llegó a México el viernes 19 de octubre al Puente Internacional Rodolfo Robles, que cruza el río Suchiate, fue convocada a través de redes sociales, lo que habla de una organización y el uso de tecnologías.


Migrantes hondureños, la incógnita

La Crónica de Chihuahua
Noviembre de 2018, 08:23 am

Mónica Uribe/
El Economista

La caravana hondureña que llegó a la frontera de Guatemala con México es un fenómeno migratorio con una serie de aristas particulares. El Suchiate no siempre ha sido frontera porque la jurisdicción del virreinato de la Nueva España llegaba hasta Panamá; el México independiente nació abarcando la región centroamericana que se fue fragmentando en el siglo XIX para constituir nuevos estados nacionales a partir de regiones relativamente autónomas, que si bien intentaron unirse en una sola nación, nunca lograron integrarse, ya que las diferencias de sus élites fueron mayores que sus similitudes. A ello habría que agregar los intereses estadounidenses en la zona —y la identificación de las élites criollas con dichos intereses— que no solamente implicaban a empresas como la United Fruit Company sino también al aparato militar que considera el territorio centroamericano de crucial importancia estratégica desde tiempos de la guerra fría y ahora en la lucha contra el narcotráfico.

Centroamérica siempre ha mirado a México como el hegemón regional, no sin cierta aversión, un poco como nosotros los mexicanos vemos a los estadounidenses, a excepción hecha de que culturalmente somos afines. Las élites centroamericanas vienen a estudiar a México desde el siglo antepasado, de compras, visitas médicas, etcétera, mientras que la gente del pueblo viene a cumplir con tareas del campo o albañilería. Pero son básicamente guatemaltecos quienes vienen a trabajar; hondureños, salvadoreños y nicaragüenses no migraban a México, sólo venían de paso para llegar a Estados Unidos y en cantidades menores.

Ahora un contingente de más de 7,000 personas, en su mayoría hondureños, se abrieron paso hasta la frontera mexicana. Desde antes advirtieron que migrarían a Estados Unidos debido a las condiciones económicas y de violencia que viven. La pregunta es: ¿si los nicaragüenses están viviendo en condiciones inauditas de represión y pobreza, iguales o peores que durante el régimen somocista, por qué no son ellos los que migran? ¿Por qué ahora los hondureños piden asilo temporal en México, si nuestro país deporta más centroamericanos que Estados Unidos? Es evidente que nadie migra caminando miles de kilómetros a pie, por puro gusto…

Veamos la posición del gobierno de Donald Trump frente a la migración. En estos momentos, la migración de mexicanos a Estados Unidos es mucho menor, incluso hay mayor migración en retorno, pero la de centroamericanos es creciente y resulta claro que las autoridades estadounidenses pretenden que México se convierta en una especie de aduana de contención para los migrantes procedentes del sur del Suchiate. Y al parecer, las autoridades mexicanas, como parte de la relación bilateral, están cumpliendo con esa función a regañadientes e incluso las propuestas del próximo gobierno incluyen no sólo asilar a los migrantes sino proveerles de fuentes de trabajo. Al respecto, Andrés Manuel López Obrador ha dispuesto utilizar mano de obra centroamericana para la construcción del Tren Maya, uno de sus proyectos de detonación de desarrollo económico más ambicioso y que está en consonancia con la intención estadounidense de detener a los migrantes en México.

Para los estadounidenses está muy bien, pero para el gobierno mexicano (actual y próximo) constituye un problema por dos razones de sentido común: si no hay trabajo para los mexicanos, ¿cómo será posible dar trabajo a extranjeros, a menos de que sea en condiciones laborales mucho más anómalas? Y la otra, ¿por qué y para qué vienen caravanas de hondureños a México si ya se sabe que pueden ser víctimas del crimen organizado como lo que pasó en San Fernando, Tamaulipas?

La primera respuesta implica que, de manera reticente, México está tratando de evitar más problemas con la administración Trump porque se halla en un momento delicado de cambio de gobierno. La segunda es por qué las condiciones de vida en Honduras son infrahumanas: la pobreza, el tráfico de drogas y la violencia concomitante —la tasa es de 43 homicidios por cada 100,000— en la zona de San Pedro Sula, por donde pasa buena parte de la cocaína consumida en Estados Unidos.

Es lógico que quieran salir, si 68% de los 9 millones de habitantes de Honduras vive en condiciones de pobreza; es decir, alrededor de 9 millones de personas. Es paradójico, sin embargo, que los migrantes deseen ir al país donde se demanda precisamente el producto que genera la violencia que los obliga a salir del terruño, a dejar a sus familias y a vivir una serie de peligros difíciles de sortear.

La caravana que llegó a México el viernes 19 de octubre al Puente Internacional Rodolfo Robles, que cruza el río Suchiate, fue convocada a través de redes sociales, lo que habla de una organización y el uso de tecnologías.

La reacción del gobierno mexicano fue contener a los migrantes que estaban violando la frontera, que aventaron piedras y se treparon a la reja fronteriza, que agredieron a policías y a una reportera. Hay que entender la desesperación de muchos de los migrantes, esas familias enteras con bebés en brazos, que han caminado 700 kilómetros y que honestamente sólo quieren pasar por México para llegar a Estados Unidos. Por supuesto, es tarea del gobierno ­mexicano preservar los derechos humanos de los migrantes. Pero no podemos descartar la posibilidad de que entre tanta gente, habrá quienes no sean trigo limpio. Aunque son casos excepcionales, integrantes de bandas delictivas como la salvadoreña Mara Salvatrucha han llegado a territorio nacional y se han afincado en Chiapas como refugiados, para después perpetrar una serie de robos y crímenes.

Las autoridades del Instituto Nacional de Migración han sido rebasadas por la demanda de asilo temporal. Es gravísimo que los migrantes, en su mayoría, carezcan de pasaportes o identificaciones. Y esto tiene implicaciones porque un país soberano no puede, ni debe, dejar pasar a cualquiera a su territorio, más si hay alguna presunción de criminalidad. Por ahí, en la opinión pública ronda la idea de que la movilización de migrantes responde a una estrategia de los servicios de inteligencia estadounidenses que, para presionar al gobierno de México a actuar como “criba disuasoria” para los migrantes centroamericanos, impulsaron esta caravana para meter en un lío a las autoridades mexicanas —al fin ya se van— y mostrar la ineficacia de México y de los países centroamericanos, de tal manera que sea un golpe de mano de la administración de Trump para lograr que su política antiinmigrantes convenza a sus electores de cara a las elecciones legislativas intermedias del próximo 6 de noviembre. Si el resultado favorece a los republicanos, se elevan las posibilidades de que Trump se reelija por un cuatrienio más en el 2020. Pero los “paquetes explosivos” remitidos a sus enemigos demócratas pueden acabar con la ventaja de Trump…

En este contexto, México debe mantener el equilibrio entre el respeto a los derechos humanos de los migrantes —garantizar que su paso sea seguro y digno, a lo cual coadyuva parte de la sociedad civil, pese a las voces en contra—, la protección de la seguridad interior y la defensa de su soberanía. En el fondo, todos somos migrantes, no debemos olvidarlo.

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