Marx: su concepto de enajenación

**Socialmente, la propiedad de los medios de producción, privada de muchos por unos cuantos, es otra forma de enajenación donde, por un lado, el trabajo social es el motor real que hace funcionar la economía objetivando sus fuerzas en la realización de bienes y servicios.


Marx: su concepto de enajenación

La Crónica de Chihuahua
6 de mayo, 12:55 pm

Por Pablo Hernández Jaime/
Centro Mexicano de Estudios
Económicos y Sociales (CEMEES)

El concepto de enajenación, que puede definirse como el proceso y resultado de una pérdida que sufre algún sujeto, individual o colectivo, en el proceso de su objetivación, o sea, en la realización de los productos de su actividad, ya sea ésta material o ideal, ocupa un lugar central en la obra de Marx.

Ideológicamente, tanto la religión como el dogmatismo son formas de enajenación donde las personas reifican, es decir, atribuyen realidad propia, a las creaciones de su actividad mental, llegando éstas incluso a dominar sus vidas.

Socialmente, la propiedad de los medios de producción, privada de muchos por unos cuantos, es otra forma de enajenación donde, por un lado, el trabajo social es el motor real que hace funcionar la economía objetivando sus fuerzas en la realización de bienes y servicios y, por otro lado, la gran mayoría de los trabajadores implicados no puede apropiarse satisfactoriamente del fruto de su trabajo.

Aplicado al ámbito del conocimiento, la teoría del fetichismo es otro caso particular de enajenación. Un fetiche es un objeto al cuál se le atribuyen propiedades que no posee, por ejemplo, al dinero ser la fuente del valor o a un amuleto poderes mágicos. Los fetiches son el resultado de una simplificación que las personas hacemos cuando reducimos las causas reales de un fenómeno natural o humano a sus causas aparentes.

“Para los revolucionarios, el marxismo representa una guía para la acción”

Los fetiches son objetos inmediatamente perceptibles a nosotros, con los que interactuamos directamente, y que, para nuestra mente se erigen como receptáculos de propiedades que en realidad no les pertenecen. Por eso los fetiches son más propicios a aparecer allí donde el conocimiento trata de aproximarse a fenómenos sumamente complejos y difíciles de ver, ya sea por su extensión temporal y espacial, como los procesos históricos, o porque son fenómenos inaprensibles de manera directa para nuestros sentidos, como la ideología o los procesos psicológicos que sustentan la consciencia. El mundo de los fetiches es el mundo de las creencias pseudoconcretas que se vuelven sentido común y gobiernan nuestras vidas.

Ahora bien, para los revolucionarios, el marxismo representa una guía para la acción cuyo objetivo último es realizar la libertad más plena posible, la liberación del ser humano de sus ataduras materiales y espirituales. Para lograrlo, deben crear una nueva forma de consciencia social desfetichizada y, al mismo tiempo, edificar las condiciones de apropiación material que permitan sostener dicha consciencia; en pocas palabras, deben erradicar las diversas formas de enajenación. Pero al intentarlo, se enfrentan con un gran problema: muchas de sus creencias son también fetiches que en la vida cotidiana parecen ser verdad, pero no lo son.

¿Cómo cambiar el mundo cuando se tiene una visión equivocada de él? Indudablemente la sociedad cambia, se quiera o no. Sin embargo, para acabar, por ejemplo, con la desigualdad, hay que buscar sus causas efectivas y no quedarse solo con las aparentes, condenándose con ello a diagnósticos equivocados que llevarían a soluciones igualmente erradas.

Aquí aparece la importancia revolucionaria de educar al pueblo. Es insuficiente, por más necesario que sea, atacar solo las carencias materiales. Hay que elevar la comprensión de la gente para que supere los fetiches que nublan su mente y limitan su acción. Por eso Marx dedicó tantos esfuerzos a desfetichizar la naturaleza social del capital, por eso Lenin enfatizaba tanto la necesidad de construir conciencia de clase.

Lamentablemente hoy estos falsos ídolos siguen nublando nuestra vista, condición que es aprovechada por ingenuos y arribistas para encaminar equivocadamente el descontento popular. Los análisis políticos y económicos están plagados de fetiches como el llamado individualismo metodológico que, al atribuir autonomía volitiva al individuo lo erige como causa y solución de los fenómenos sociales.

En política, esta misma deformación se manifiesta en análisis personalistas o voluntaristas que atribuyen los problemas sociales a la maldad intrínseca de tal o cual político o partido, diagnóstico que consecuentemente propone la alternancia como solución (fundamental) y que, en todo momento, oculta la naturaleza sistémica de los problemas económicos y sociales. Los marxistas debemos advertir este error y persistir en la educación popular; de lo contrario no será posible un verdadero cambio social para México.


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