Manipulación juvenil y pensamiento lógico

Por Abel Pérez Zamorano


Manipulación juvenil y pensamiento lógico

La Crónica de Chihuahua
6 de febrero, 08:34 am

(El autor es un chihuahuense nacido en Témoris, Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y profesor-investigador en la División de Ciencias Económico- Administrativas de la Universidad Autónoma Chapingo, de la que es director.)

La ciencia es una forma de conocer al mundo, que exige la aplicación de un método riguroso para probar hipótesis y así validar los conocimientos, apoyándose en evidencia empírica para confrontar toda tesis con la práctica, o mediante el razonamiento sujeto a reglas precisas. Ninguna tesis puede ser aceptada como verdadera sin previa comprobación, o un razonamiento sin su debida demostración en acatamiento a las reglas de la lógica; lo aceptado sin comprobación es dogma, profesión de fe, un simple prejuicio cognitivo. El método científico garantiza, en cambio, el rigor en la búsqueda y validación del conocimiento, y nos salva de caer en el irracionalismo y la manipulación, tan comunes en las universidades, donde más que la verdad se impone lo que diga tal o cual profesor, que no necesariamente tiene razón. Particularmente, en política es pan de cada día que profesores digan a los jóvenes cualquier disparate sin obligación de comprobar su dicho, ofreciendo simples afirmaciones en lugar de pruebas rigurosas, viles acusaciones, cuya pretendida veracidad depende de la autoridad del profesor; si él lo dice, ha de ser cierto: el magister dixit, prueba de verdad en la escolástica medieval. Pero afirmar no es probar, aunque muchos, en un contrabando lógico, sustituyan verdades por simples afirmaciones, o, dicho en buen mexicano, den gato por liebre.

En la Escolástica bastaba la autoridad de un prohombre para otorgar calidad de verdad a lo dicho; aun las disputas más complicadas eran resueltas mediante citas de Aristóteles, Tomás de Aquino, San Agustín u otro prócer, suficientes para conferir carácter de verdad a lo dicho, sin que mediara una observación rigurosa o pruebas debidamente validadas. Pues bien, luego de una experiencia multisecular, aquella tradición sigue observándose en muchas disciplinas del conocimiento, y, lo peor, en la universidad; como un regreso al pensamiento medieval, abandonando el más elemental espíritu científico, como el racionalismo que ya postulaba Descartes. Así, se llena la mente de los jóvenes con mitos y disparates, sin encontrar una mínima resistencia en las mentes indefensas, poco acostumbradas al rigor en el pensar (porque así educa el sistema a la sociedad). La lógica formal enseña a pensar con orden, obedeciendo a ciertas reglas cuyo acatamiento asegura la validez del razonamiento y evita aceptar sofismas; si se ignoran o no se respetan las reglas del pensamiento, se es víctima fácil de cualquier merolico y sus falacias o razonamientos falsos.

Pero no siempre es la auténtica autoridad intelectual del profesor lo que lleva al alumno a dar por válidos sus dichos (eso ya sería ganancia), sino el miedo que aquél inspira, el temor a represalias, que obliga al alumno no a reconocer en lo profundo, pero sí a aparentar aceptación de lo dicho por su profesor... no vaya siendo, piensan. A esta falacia se la llama argumento ad baculum, en castellano, que apela al bastón, o sea, a la autoridad de quien lo dice, y que obliga literalmente a admitir como válido lo que no lo es. Muy emparentado está el argumento ad terrorem, o argumento del miedo, que nos hace dar por válida una tesis ante intimidación por parte de un grupo. Otra falacia muy frecuente en política es el argumento ad nauseam: abusar de la repetición de una afirmación, martillándola en la mente del receptor, hasta volverla “válida” y aceptable. «Repite muchas veces una sandez y terminarás creyendo en ella.», dijo Edgar Allan Poe. No se requieren pruebas, sólo afirmar machaconamente y con estridencia, y ni falta hace demostrar o probar la veracidad de tales consignas que no van al sector consciente del cerebro, sino al inconsciente.

Así maleducan a los jóvenes, infundiéndoles fobia a la política y confundiéndolos, en lugar de ayudarles a entender y orientarse en esta actividad humana que, cuando egresen encontrarán en todos los ámbitos de la sociedad. Pero lo más aberrante es que a poco que se investigue podrá descubrirse que quien así pontifica, resulta, las más de las veces ser miembro camuflado de un grupo o partido político. Finalmente, también manipulan cuando demagógicamente afirman que “los jóvenes han despertado”, sólo porque eventualmente puedan admitir algún argumento del manipulador; otro grosero atropello a la lógica, llamado “petición de principio”, consistente en admitir una premisa como valida sin antes haberla probado (en este caso la tesis del profesor manipulador, aceptada como a priori buena sin haberla demostrado primero), para luego felicitar al joven por haber descubierto esa “verdad”. Un último ejemplo de manipulación en la universidad es el difundido uso de notas de prensa para “comprobar” afirmaciones infamantes, una fullería más del arsenal de la “neoescolástica”, que parte del supuesto, nunca demostrado, y las más de las veces falso, de que para trocar cualquier barbaridad en verdad inobjetable sólo basta con que lo haya publicado un periódico importante, un supremo pasquín o el conductor famoso de una cadena de televisión nacional –esto último es casi la apoteosis, prueba inapelable, equivalente a las tablas de la ley en manos de Moisés. Es una suerte de alquimia cognoscitiva que convierte basura en conocimiento verdadero.


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