Las elecciones de 2018 y los grandes problemas nacionales

Por Abel Pérez Zamorano


Las elecciones de 2018 y los grandes problemas nacionales

La Crónica de Chihuahua
3 de agosto, 07:05 am

(El autor es un chihuahuense nacido en Guazapares, es Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y profesor-investigador en la División de Ciencias Económico-administrativas de la Universidad Autónoma Chapingo, de la que es director.)

La elección presidencial del próximo año domina ya la llamada “agenda nacional”. Menudean las encuestas, reales o pagadas a la medida, donde se muestran los supuestos niveles de preferencia de cada aspirante. Se ven por doquier espectaculares donde se dice quién es el mejor, el redentor necesario; los sesudos “analistas” de la televisión, personeros de algún candidato, inducen el voto desde ahora.

Y a final de cuentas, obligados por el sistema electoral, y debiendo atenernos a la realidad política y la normatividad institucional en vigor, los mexicanos emitiremos nuestro voto por una u otra persona, entre los postulados. Pero ello no nos obliga a hacerlo inconscientemente, esperanzados en que el ungido resolverá, sino sabiendo lo que corresponde hacer a la sociedad, aunque no le den permiso.

En principio, debe considerarse que el sistema electoral dista mucho de ser el marco institucional más apropiado para ofrecer solución a las necesidades de la mayoría.

De entrada, son las cúpulas partidistas las que deciden quiénes serán los candidatos, sin que, real y efectivamente, los ciudadanos comunes tengan injerencia en ello; ya desde ahí los dados están cargados en favor de las élites del poder.

Al elector se le ofrecerá una lista previamente elaborada en las más altas esferas, sin que tenga la menor posibilidad de influir en el proceso de postulación de candidatos, entre quienes al final deberá elegir, ejerciendo su “derecho al voto”: algo así como la libertad de la mosca dentro del vaso. Nuestra democracia está desvirtuada, reducida, en lo esencial, a un privilegio de minorías.

Teóricamente, democracia es un gobierno hecho por el pueblo y para el pueblo, pero éste ha sido expulsado del proceso de gobernar; la nuestra se ha reducido a una democracia electorera, paradójicamente sin el pueblo como actor principal, el cual, como en la tragedia griega, ha quedado convertido en coro, reducido a una función meramente testimonial o legitimadora del gobierno, de escenografía e “imagen”.

A la gente se la llama a emitir su voto, libremente, se dice, pero de ahí no pasa su efímera participación. Después de las elecciones se le prohíbe inmiscuirse en los asuntos públicos; no puede pedir nada ni opinar porque ello equivale, dicen los dueños del poder, a una “acción desestabilizadora con fines inconfesables”.

La función de gobernar queda secuestrada, como privilegio exclusivo del ungido, elevado de facto a la categoría de sátrapa, más que de gobernante electo; y de estos vemos en los días que corren a más de dos, de diferentes partidos, haciendo gala de un poder que creen absoluto, considerando en los hechos un delito el que la gente se atreva a reclamar su derecho.

Según su torcido concepto de democracia, el pueblo nada sabe sobre los planes de gobierno diseñados por “expertos”, o (supuestamente) por el propio gobernante, y de cuya rigurosa aplicación depende el progreso social; y quien se atreva a pedir, o reclamar, solo estorba. Así que al pueblo, como le enseñaron desde la Colonia española, le toca callar y obedecer. Ésa es la democracia, versión mexicana.

En las campañas electorales a la usanza tradicional, hay otro engaño: la ausencia de un verdadero diagnóstico científico sobre las causas profundas de la problemática nacional, de donde dimanen las correspondientes soluciones. Es un quid pro quo, gato por liebre, como dice la gente; simples afirmaciones, clichés y autoelogios en lugar de análisis serios que sustenten las propuestas de los aspirantes a gobernar.

Por dar algunos ejemplos, no se explica por qué la pobreza tan extendida en México, el mal más lacerante, madre de todas las desgracias, ni la causa de la exagerada acumulación de la renta nacional en unas cuantas fortunas, mientras un millón de personas caen anualmente en pobreza (INEGI); ni por qué los trabajadores (OCDE dixit) laboran las jornadas más largas de todo ese grupo de países, mientras perciben los salarios más bajos, o la causa de que tengamos la menor tasa de crecimiento del salario real en Latinoamérica (CEPAL) y que los multimillonarios no paguen impuestos; tampoco el por qué de tanta delincuencia e inseguridad que agobian a los mexicanos, ni de la masiva emigración a Estados Unidos.

Nada tampoco sobre los intereses económicos que provocan la destrucción de nuestros recursos naturales; ni explican cómo las transnacionales: bancos extranjeros, Walmart en la venta al menudeo, automotrices, mineras, de semillas, etc., controlan nuestra economía. En fin, no aclaran los candidatos por qué en dos terceras partes nuestra fuerza laboral subsiste en el sector informal, o la crisis crónica del campo y la pérdida de soberanía alimentaria.

Desvelar la causa de todo esto cuestionaría al modelo económico, causa común de tanta calamidad y del deterioro en los niveles de bienestar. Criticarlo y, más aún, proponerse cambiarlo, compromete demasiado, pues implica chocar con los auténticos dueños del poder.

Son más cómodas las “críticas” facilonas, inocuas, los lugares comunes que no molestan a los intereses que tras bambalinas gobiernan el país, el poder tras el trono; es más sencillo cuestionar aspectos no fundamentales, sino de carácter superestructural, moral o jurídico; hacer de la “corrupción” principio y fin del interés nacional, centrar toda la atención en derechos de los animales, o considerar como prioridad legislativa ¡que no haya saleros en las mesas de los restaurantes!, que el Distrito Federal se convierta en Ciudad de México, etc.

Nada que incomode a los dueños del poder económico, pues necesitan de su beneplácito para gobernar, para ellos precisamente. A la masa se la confunde con pirotecnia política y pleitos arreglados en el Congreso y entre los partidos, que en lo fundamental tienen las mismas posiciones.

Así, el conflicto entre estos últimos se asemeja a un espectáculo de lucha libre. Panem et circenses (pan y circo) dijo Juvenal, aunque aquí la frase sea “circenses sin panem”.

Además de evadir el problema central, hay un sofisma igual de peligroso: venden la idea de que uno u otro individuo, pretendidamente adornado de todas las virtudes, famoso y experimentado, representa, él solo, “la solución”; todo es cuestión de “favorecerlo con el voto” y ¡listo! Un mesianismo político que (si bien algún caso destaca más) es común denominador, porque se ofrece una solución individual a un problema estructural. Desgraciadamente la historia ha probado con creces la inviabilidad de tal salida.

Los cambios reales y profundos siempre han sido de abajo hacia arriba, obra de la sociedad civil, y México está urgido de un cambio así.

Los espejismos de agua en el desierto no calman la sed. Los grandes problemas nacionales son de orden sistémico y, por ende, por célebre que sea (gracias a los medios a su servicio), ningún individuo cambiará el orden de cosas actual.

Por tanto, el pueblo deberá estar vigilante al emitir su voto, sin olvidar que ese es, apenas, el punto de partida de su participación.

Organizado y consciente, debe adquirir la fuerza política necesaria para que los funcionarios le consulten, escuchen y atiendan sus carencias; que éstas sean consideradas en los planes de gobierno, en la orientación del gasto público, la política fiscal, educativa, laboral (por ejemplo, poder influir en la determinación del salario mínimo), etc., y si así no ocurriera, debe prepararse para tomar él mismo las riendas de la nación.

No puede circunscribirse al simple voto y esperar luego a que llueva maná, confiado en la magnanimidad del gobernante en turno. Han sido muchos siglos de espera.

A propósito de lo dicho, permítame, lector benévolo, cerrar esta colaboración con algunos versos de la poesía “El niño yuntero”, del poeta español Miguel Hernández, fallecido el 28 de marzo de 1942, a la temprana edad de 31 años, en las mazmorras franquistas.

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

[...]
Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

[...]
Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

[...]
¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

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