La quema de los ídolos

Por Omar Carreón Abud


La quema de los ídolos

La Crónica de Chihuahua
29 de julio, 10:48 am

(El autor es coordinador de la Dirección Nacional de Antorcha Campesina y dirigente en Michoacán)

Los señores Jonathan D. Ostry, Prakash Loungani y Davide Furceri son, respectivamente, el Subdirector, el Jefe de División y un destacado economista investigador del influyente Departamento de Investigaciones del mundialmente poderoso Fondo Monetario Internacional. No son, pues, unos empleados cualquiera y, por tanto, reviste especial importancia la publicación con su nombre y firma de un documento que se toma la pequeña licencia de cuestionar nada más y nada menos que las bases mismas del neoliberalismo, es decir, de la política económica del propio FMI que, por fuerza o de grado, ha intervenido en la vida y en la muerte de miles de millones de seres humanos durante los últimos cuarenta años.

El documento de referencia lleva por título una pregunta, una pregunta de esas que en realidad no inquieren ingenuamente sino afirman cuidadosamente. “¿Sobreventa de neoliberalismo?”, escriben a la cabeza de su trabajo los expertos del “Think tank” del FMI, o sea, ¿no se le habrán depositado demasiadas esperanzas a una teoría económica que ya tiene tiempo fallando? Los autores del trabajo recuerdan que en 1982, Milton Friedman, caracterizó a Chile como un “milagro económico” y que las políticas económicas que hicieron tal milagro se dispersaron por todo el mundo, “la agenda neoliberal –una denominación más usada por los críticos que por los arquitectos de esas políticas económicas, descansa sobre dos vigas (escriben los investigadores y la traducción corre por mi cuenta). La primera, consiste en una competencia creciente, que se consigue mediante la desregulación y la apertura a la competencia extranjera de los mercados nacionales incluyendo a los financieros. La segunda, consiste en una intervención menor del Estado, obtenida mediante las privatizaciones y el establecimiento de límites a la posibilidad de que el Estado administre déficits fiscales y acumule deuda”.

Es cierto. El neoliberalismo preconiza la competencia más completa entre los inversionistas particulares y, como complemento indispensable, la existencia de un estado pequeño, no intervencionista. La mano invisible de la que habló Adam Smith. No obstante, ahora se sabe que para que funcione la libre competencia (hasta donde puede funcionar sin que aparezcan los temibles monopolios que la destrozan), es indispensable una buena dosis de intervención gubernamental: los tratados de “libre” comercio son firmados y garantizados por el Estado, existen porque el Estado interviene. Pero no sólo eso, el mercado no distribuye la riqueza producida que se queda siempre y en todas partes en manos de los propietarios del capital y, consecuentemente, produce constante y expansivamente una masa de pobres que afecta drásticamente la demanda efectiva y con ella, las ventas, la inversión y el crecimiento.

Los expertos del FMI, empujados por la elocuente realidad, que no por sus investigaciones y menos aún por sus previsiones, ahora caen en la cuenta. “En términos de crecimiento sostenido, el impacto (de estas políticas neoliberales, aclaro yo) es bastante difícil de precisar si se considera un amplio número de países… los costos ocasionados por la desigualdad creciente son apreciables… la creciente desigualdad, a su vez, afecta el nivel de crecimiento sustentable… aun si el crecimiento fuera el principal objetivo de la agenda neoliberal, los defensores de esa agenda, deberían prestar atención a sus efectos distributivos”. ¡Y esto lo escriben los teóricos del Fondo Monetario Internacional! La realidad acaba por imponerse.

En la reunión del G-20, a la que asisten los jefes de los bancos centrales y los ministros de finanzas de los 20 países más ricos del mundo y en el que está incluido México, reunión que se acaba de celebrar en la ciudad china de Chengdu, se anunció una actualización del pronóstico de crecimiento de la economía mundial para este año: se rebajó una décima más y el crecimiento esperado se calcula ahora entre 3.1% y 3.5%; como se ve, la economía mundial no crece lo suficiente. Además, hay que tomar en cuenta que el crecimiento calculado es una media que incluye a países que están creciendo y van a crecer este año muy por encima de ese 3.5%. ¿Y qué decir de la distribución de la riqueza? Tampoco aquí ni mienten ni exageran los investigadores del FMI; baste repetir ahora que la Oxfam ya dijo que el 1% de la población del mundo posee más riqueza que todo el 99% restante y, por tanto, sin ocuparnos por el momento de la gravísima injusticia y de los problemas apocalípticos que de ello se derivan, ¿qué capacidad de compra tiene esa población empobrecida?

¿Y los daños y perjuicios resultado de la liberalización de los mercados financieros? Tampoco aquí los economistas del FMI ignoran la realidad. “Desde 1980, dicen, ha habido cerca de 150 alteraciones graves en los flujos de capital en más de 50 países con economías emergentes… y el 20% de estos episodios han acabado en crisis financieras y muchas de estas crisis han estado asociadas con grandes caídas en la producción… al hecho de que incrementa las posibilidades de choques, la apertura financiera tiene efectos en la distribución del ingreso y aumenta la desigualdad en forma apreciable… más aún, los afectos de la apertura financiera son mucho mayores cuando la crisis estalla”. Y, aunque usted no lo crea, los economistas del FMI acaban recomendando ¡control de flujo de capitales! Ahora se ve que el imperialismo no sólo no tiene amigos, sino intereses y que tampoco tiene más “teoría económica” que la que le brinda la máxima ganancia. La vieja, la ya inútil, la ahora perjudicial, está próxima a ser arrojada por la borda.

Tan es así que en esa reunión de Chengdu que apenas terminó el pasado domingo 24, se dijo que, puesto que las ultra bajas tasas de interés o interés cero, no estaban estimulando la inversión como se esperaba y, por tanto, no detonaban el crecimiento de las economías capitalistas, el FMI recomendaba a las 20 economías más grandes del mundo que aumentaran sensiblemente el gasto gubernamental en infraestructura o sea que hicieran crecer al Estado, que lo hicieran intervenir en la conducción de la economía porque sólo de esa forma se ayudaría a “incrementar la capacidad productiva, se elevaría la demanda de corto plazo y se catalizaría la inversión privada”. ¿Quiubo? ¿Y la mano invisible? ¿Tiene artritis?

Buena, excelente oportunidad para repetir lo que ha venido defendiendo el Movimiento Antorchista Nacional. Contrario a los que sólo alcanzan a distinguir la corrupción, es necesario modificar la política fiscal regresiva e instrumentar una política fiscal progresiva en la que pague más el que más gane, porque ¿cómo se va a detonar el gasto gubernamental? ¿Con ingresos del petróleo? Imposible ¿Con aumento al IVA? Suicida. Así de que si el gobierno de México no quiere seguir siendo más papista que el Papa o más fundamentalista que los fundamentalistas, no tiene más camino que incrementar el gasto gubernamental (aunque todavía faltaría precisar si sólo en “infraestructura” o también en gastos indispensables para el desarrollo humano directo como son la salud, los servicios básicos y la educación). Así se tendería a proporcionar a toda la población en edad de trabajar, un empleo y un salario digno. Se impone, pues, un nuevo modelo económico y, si no quieren oír hablar de Carlos Marx, ahí están los teóricos del FMI que casi en auto de fe, están quemando a los ídolos que antes adoraban.

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