La hermandad del plantón y el misterio de la causa común

**Por eso, a ningún político tradicional le cabe en la cabeza cómo chingados se sostienen los antorchistas en un plantón que para cualquier otra agrupación política y social le costaría un dineral. En cambio, para los antorchistas, que son parte de distintas fracciones de las clases trabajadoras, el misterio no es misterio. Se trata de la causa común.


La hermandad del plantón y el misterio de la causa común

La Crónica de Chihuahua
29 de mayo, 13:16 pm

Chihuahua, Chih.- ¿Qué tienen en común un albañil y un ingeniero agrónomo? ¿Una ama de casa con un licenciado en Periodismo? Un pequeño propietario del campo, un ejidatario, un vendedor ambulante, un obrero de industria, una obrera de maquiladora, ¿qué tienen que ver con un profesor normalista o con un ingeniero en Sistemas o un estudiante de nivel medio superior? Todos son antorchistas.

Todos ellos se consideran hermanos, uno del otro, una de los demás. ¿Por qué?

El político profesional, el político que es miembro de un partido tradicional, de cualquier partido con registro para participar en las elecciones, está acostumbrado a una disciplina que consiste en obedecer a sus superiores, en subordinar sus intereses personales a la causa superior del “hueso”, a la posibilidad real o imaginaria, tangible o hipotética, de que un día puede este político, obtener una dirección, una coordinación de algo, una regiduría, una diputación. Etcétera. Pero con respecto a su partido, él sabe que las reuniones que el Instituto Estatal (o Federal) Electoral se encarga de “supervisar”, de “revisar” que se realicen por parte del partido para que el partido en mención “compruebe” que tiene vida interna, es sola y pura simulación, en todos los casos. Este político profesional sabe que su partido hace allá cada quién sabe cuántos años, alguna asamblea, una reunión de “consejo político” u otras, pero todas son esencialmente simulaciones a las que asisten ellos en calidad de validadores de decisiones que ya se tomaron en las altas cúpulas. Todo es básicamente hecho, pergeñado, perpetrado, con un único fin: lograr el poder político (en la medida y en las instancias que sean posible) y su producto natural, el dinero y la riqueza, el reparto del presupuesto oficial.

Por eso, a ningún político tradicional le cabe en la cabeza cómo chingados se sostiene la lucha de los antorchistas. Cómo jodidos se mantienen en un plantón que para cualquier otra agrupación política y social le (les) costaría un dineral.

En cambio, para los antorchistas, que son parte de distintas fracciones de las clases trabajadoras, el misterio no es misterio.

Se trata de la causa común.

“Profesor, agradezco mucho que te sacrifiques y que te dediques de tiempo completo a atender a mi hijo en su escuela sin recibir retribución ninguna más que la satisfacción por el deber cumplido, y yo me doy cuenta de que tengo que ser generosa, y que lo menos que puedo hacer, una vez que me llega la conciencia de ello, es luchar junto con mis compañeros para obtener logros en materia de educación, en la obtención de obras públicas, en la consecución de lotes para viviendas de mis compañeros solicitantes de cuatro municipios que no son el mío, pero que de la misma manera siento que es mi propia causa.”

El misterio de la hermandad y de la cohesión de las filas antorchistas, de su fidelidad a su organización es la causa común, que no es tal misterio.

Por eso, la protesta en la Plaza de Armas es, para efectos prácticos, indestructible, aún en el caso de un desalojo por la fuerza, porque la unidad de estos luchadores sociales se mantiene a pesar de cualquier amenaza externa.

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