La declaración de Lima y su esencia

EDITORIAL/ algunos gobiernos (nunca los pueblos) condenan a otro y lo declaran antidemocrático y represivo; con esto allanan el camino para la intromisión, el bloqueo económico y político, la injerencia y la invasión imperial.


La declaración de Lima y su esencia

La Crónica de Chihuahua
22 de agosto, 08:30 am

El deterioro de las relaciones entre países hermanos de Latinoamérica favorece los intereses del imperio, fiel seguidor de la vieja sentencia divide y vencerás, que lo hace promover la desunión y así someter uno por uno a los demás, dominarlos económica y políticamente con mayor facilidad que cuando se encuentran agrupados como un todo.

Las formas de presionar para poner a los gobiernos bajo su égida son muy variadas, van de las más sutiles a la más descaradas; desde el ofrecimiento de oportunidades comerciales hasta las amenazas de deshacer “ventajosas” condiciones, como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

El resultado siempre es el mismo: el país presionado se alinea con el poder hegemónico, se lanza contra otro, condena al gobierno que desobedeció, acata las directrices de los organismos internacionales, se agrupa con otros alineados y se pronuncia en contra del país rebelde que se ha atrevido a desafiar la política y las órdenes del imperio.

La historia registra muchas situaciones como ésta; algunos gobiernos (nunca los pueblos) condenan a otro y lo declaran antidemocrático y represivo; con esto allanan el camino para la intromisión, el bloqueo económico y político, la injerencia y la invasión imperial.

En América Latina existe un capítulo muy ilustrativo, un nítido ejemplo de lo anterior; a comienzos de la década de los 60 del siglo pasado, la Organización de Estados Americanos (OEA), servidora incondicional de Estados Unidos, condenó a Cuba y la expulsó de su seno; la mayoría de sus miembros rompió relaciones con aquel país cuyo gobierno había implantado una política independiente, nacionalista, que mostraba el camino para sacudirse el yugo del capital internacional. Inmediatamente después de su expulsión de la OEA, el imperio desplegó una feroz campaña contra La Isla; ordenó el bloqueo económico y político, financió el espionaje, la subversión y la invasión armada.

Pero Cuba resistió; y gracias a la unidad de su pueblo se mantuvo en pie y así permanece hasta la fecha. A pesar del cerco, México y muchos otros países mantuvieron buenas relaciones con Cuba; los países independientes y el campo socialista la apoyaron y los invasores fueron derrotados.

La historia demuestra que a los pueblos débiles no les conviene atacarse. Un pueblo no condena a otro pueblo; son los gobiernos, convertidos en vasallos, los que obedecen a intereses económicos privados. Quienes condenan a un gobierno democrático por haberse atrevido a desafiar al imperio, hablan por sus propios intereses particulares.

El caso de Cuba parece repetirse en nuestros días; un grupo de países miembros de la OEA se reunieron en Lima, Perú el pasado ocho de agosto para condenar al gobierno Bolivariano de Nicolás Maduro en Venezuela y la “ruptura del orden democrático”; el resultado de esa reunión es la “Declaración de Lima”, de esencia divisionista.

Es lamentable que dentro de los gobiernos firmantes haya figurado la representación del Gobierno Mexicano, porque nuestro pueblo siempre ha sido fiel a lo mejor de la política exterior de su gobierno: el respeto a la autodeterminación de los pueblos y la no intervención en asuntos internos de ningún país, elevados principios que en el ámbito internacional han caracterizado desde hace mucho tiempo a México y de los que hoy corremos el riesgo de apartarnos.

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