La decadencia en la capital petrolera de México ante el ocaso del yacimiento de Cantarell

**La crisis de Ciudad del Carmen deja miles de desempleados, hoteles y tiendas vacías y la actividad económica bajo mínimos.


La decadencia en la capital petrolera de México ante el ocaso del yacimiento de Cantarell

La Crónica de Chihuahua
6 de julio, 15:00 pm

Ciudad del Carmen, Campeche.- A sus 30 años, Iván Roldán lleva una década viendo salir y entrar barcos en el muelle principal del puerto de Ciudad del Carmen.

La mayoría –por no decir todos– tienen como origen y destino una de las decenas de plataformas que se dibujan en el horizonte marítimo. La actividad, hace no tanto frenética, ha caído en picado: a medida que la sonda petrolera de Campeche declinaba por una mezcla de agotamiento de los recursos y falta de inversión, la actividad se ha esfumado. “Hace dos años salían 20 lanchas al día con personal, alimentos y material. Hoy, son 12 en un día de movimiento”, dice bajo el sol abrasador del mediodía embutido en un inconfundible overol (mono) naranja que le hace sudar a mares. “Esto está muerto”, dice mientras señala a los muelles.

ALTERNATIVAS DE FUTURO

Ciudad del Carmen goza de un clima privilegiado, tiene playa y está bien conectada por la vía aérea, pero ni siquiera figura en la Biblia de los viajeros, la guía Lonely Planet. Y en un país con tantos atractivos turísticos como México, hacerle competencia a otros destinos es harto complicado. «El lugar tiene potencial, pero hay que apostarle a un turismo nacional», apunta Moisés Frutos, politólogo, sociólogo y profesor de la Universidad Autónoma del Carmen (Unacar). «El turista internacional va a seguir prefiriendo Tulum o Cancún [ambos en Quintana Roo], pero el mexicano sí puede encontrar zonas interesantes. Hay cerca de 200 establecimientos hoteleros y ahora están prácticamente inutilizados», subraya. «Se le apostó todo al petróleo y los intentos de diversificación han sido a fondo perdido y no han funcionado. En Yucatán y Tabasco sí se ha intentado con agricultura y ganadería», agrega Frutos. En Ciudad del Carmen, el crudo ha difuminado la otrora próspera industria camaronera, con amplias zonas de exclusión para que operen las plataformas.

El Gobierno de Campeche ha tratado de segmentar el turismo en el Estado: ciudades patrimonio, zonas arqueológicas, etc. «Y a esta zona, Carmen, se le asignó la etiqueta de turismo de negocios y eventos. Pero, desafortunadamente, no hay infraestructura suficiente para atraerlo», subraya Esther Solano, también de la Unacar. «No se logran atraer convenciones, ni siquiera del propio sector petrolero». El futuro económico de esta región está en el aire.

A apenas dos kilómetros de allí, en el malecón de la ciudad campechana, un grupo de jubilados observa con inquietud media docena de barcos varados en mitad de la bahía. Muchos de ellos pertenecen a Oceanografía, una empresa que la crisis petrolera dejó en suspensión de pagos que ha optado por dejar ancladas sus embarcaciones al albur del salitre: es mucho más barato tenerlos allí que en un amarre. Manuel Pérez y Joaquín Martínez, de 79 y 80 años, son los más habladores de la habitual reunión matutina de mayores. Su diagnóstico es unánime: “El petróleo ha sido la mayor desgracia para esta ciudad; trajo trabajo, sí, pero no para los locales”. El camarón (gamba), dicen, sí daba dinero a los carmelitas. “Y estaba mejor distribuido”, añade Martínez mientras otea el horizonte descargando su peso sobre un bastón.

Ciudad del Carmen ha vivido medio siglo bajo la sombra de la maldición de las materias primas –el riesgo de que la abundancia de recursos naturales acabe derivando en una crisis económica por concentrar el grueso de su actividad en un único sector–. Primero fue el camarón: en pocos años, la urbe pasó de ser un pequeño pueblo costero del Golfo de México a convertirse en una de las capitales latinoamericanas de este crustáceo. Las exportaciones se multiplicaron, y la población y el empleo crecieron exponencialmente en una ciudad que no destacaba por su riqueza y que acababa de dejar atrás una crisis económica de envergadura.

Ese capítulo de su historia llegó drásticamente a su fin en 1971. El descubrimiento del enorme yacimiento petrolero de Cantarell –a la postre, gallina de los huevos de oro para la economía mexicana– cambió por completo la fisionomía regional. Los pescadores abandonaron sus barcas inducidos por las autoridades, miles de trabajadores de otros Estados mexicanos fueron reclutados para trabajar en la incipiente industria petrolera y muchos locales abrieron pequeños negocios en el sector servicios: desde tabernas en las que los marineros reponían fuerzas cerveza en mano, hasta tiendas de abarrotes o casas de cuartos para rentar a los trabajadores de las plataformas. Los precios se dispararon –“hasta hace bien poco, un restaurante en Carmen no era mucho más barato que uno similar en la Ciudad de México”, recuerda un empresario que pasa la vida a caballo entre ambas urbes y las conexiones aéreas crecieron exponencialmente –también los precios de los boletos: no había ni un asiento libre–. El dinero, en fin, fluía generosamente.

Hoy, queda poco de aquella ciudad próspera. Por sus calles, todavía se ven algunos coches de alta gama, herencia de un pasado no tan pretérito de riqueza, pero en las fachadas de las casas la imagen es bien distinta: centenares de carteles de “se renta cuarto” pueblan la ciudad, de 250.000 habitantes y que en los días de vino y rosas llegó a duplicar su censo gracias a la numerosísima población flotante. José Miguel Izquierdo, arquitecto de formación de 42 años que trabaja en el puerto, es uno de los carmelitas que optaron, en pleno auge petrolero, por alquilar uno de los cuartos de su casa unifamiliar ante la creciente demanda de los empleados que pasaban la mitad del mes trabajando en una plataforma y la otra mitad descansaban en tierra firme. Obtenía 3.000 pesos (166 dólares) al mes por la habitación, “lo suficiente para pagar los gastos de la casa y algo más”, pero lleva seis meses sin inquilino. El último, un trabajador de una concesionaria de la petrolera estatal, Pemex, fue despedido hace seis meses y decidió regresar a su ciudad de origen. Desde entonces, nadie ha llamado para interesarse por el cuarto en alquiler.

Lo que empezó siendo, a finales de 2015 —con la reforma energética, que preveía la paulatina sustitución de la otrora todopoderosa Pemex por firmas extranjeras con mayor capacidad tecnológica y de inversión—, un rasguño de apariencia transitoria para la economía local se ha convertido con el paso de los meses en un durísimo golpe del que no se atisba final. Lastrado por el agotamiento de Cantarell, que ha llevado a las autoridades mexicanas a poner las miras en aguas profundas en detrimento de las aguas someras, Campeche fue el segundo Estado mexicano que más decreció en el cuarto trimestre del año pasado (-8,6% interanual), solo por detrás del vecino –y también petrolero— Tabasco (-10,7%).

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