La crisis que se avecina

Por Omar Carreón Abud


La crisis que se avecina

La Crónica de Chihuahua
3 de septiembre, 13:31 pm

(El autor es es ingeniero Agrónomo y luchador social en el estado de Michoacán. Articulista, conferencista y autor del libro: Reivindicar la verdad)

Me propongo exponer algunas ideas acerca de la crisis económica que se avecina en el mundo. No obstante, me parece interesante ilustrar antes, con un ejemplo muy reciente que puede ser de utilidad para fomentar el pensamiento crítico tan necesario en nuestro México, cómo funcionan los grandes medios de comunicación cuando se trata de modificar la realidad y presentarla, no levemente alterada, sino transformada radicalmente. Me referiré, para ello, el reciente deceso del Senador norteamericano John Mc Cain a quien se le hicieron grandes homenajes, incluso por varios expresidentes de Estados Unidos y altísimos Generales y Almirantes del ejército y la marina y se le presentó como un héroe, poco menos que el norteamericano modelo al que debe aspirar cualquier joven que se precie de ser buen ciudadano. En aras de la justicia y de no caer en la deformación de la realidad que critico debo decir que el presidente Donald Trump no acudió y, por la frialdad con la que se comportó, puede decirse que no compartió los excesos de los participantes en el homenaje y los panegíricos.

Destacaron entre todos, las palabras de la hija del difunto, Meghan Mc Cain. Entiendo el amor que una hija pueda sentir por su padre, entiendo también las sentidas palabras que haya podido pronunciar con motivo del deceso, lo que ya no entiendo tan bien ni comparto es la profusa difusión que tuvo su participación en un acto público celebrado precisamente en la Catedral de Washington. Refiriéndose a que el Senador fue piloto de guerra, su avión fue derribado sobre Hanoi durante la guerra de Vietnam y pasó cinco años prisionero en ese país del sudeste de Asia, dijo la señora Mc. Cain que su padre fue «al más distante y hostil rincón del mundo» a luchar «por la vida y libertad de otras gentes en otras tierras». Esa y otras parecidas son las versiones sobre sus palabras que más se difundieron en Estados Unidos y en buena parte del mundo del capital.

La realidad no transformada es diferente. John Mc Cain fue derribado cuando volaba sobre Hanoi en su misión número 23 para bombardear una fábrica de focos como parte de la operación Rolling Thunder mediante la cual se arrojaron 643 mil toneladas de bombas sobre ese país. El piloto fue rescatado por un grupo de ciudadanos del lago en el que cayó luego de que saltó de su avión en paracaídas, fue protegido para que no fuera linchado y, finalmente, como lo atestigua la historia, fue devuelto con vida a su país. La guerra en la que participó el «héroe» que mira su hija quien lamentó en su discurso guerrerista que hubieran sido «frustrantemente limitados los objetivos» a bombardear, dejó este aterrador panorama social: Hay, existen todavía, están vivos actualmente, niños que van a morir cuando tropiecen con minas que sembraron los norteamericanos o con proyectiles que nunca explotaron, todavía van a nacer niños vietnamitas con cráneos deformados y tumores gigantes como consecuencia de los defoliantes que se arrojaron sobre su país hace 50 años. Esta es la espantosa verdad sobre los «héroes» norteamericanos de la guerra de Vietnam, aunque no la difundan los más poderosos medios de comunicación.

¿Y qué defendían? ¿La vida y la libertad de otras gentes en otras tierras? No. Defendían una relación social, una categoría económica que lleva el nombre de plusvalía y que no sólo ocasionó esa masacre, sino muchas otras más y que ahora tiene al mundo al borde de otra crisis económica. Mediante la plusvalía se le paga al obrero lo que necesita para vivir «¡No!», protestan los obreros que escuchan esta explicación. Pero, sí, sí se le paga lo que necesitan para vivir y la prueba más contundente y definitiva consiste en que los obreros duran vivos, trabajando hasta la extenuación, 30 y hasta 40 años. «Bueno», añaden, «pero es un mínimo muy precario», correcto, muy para rezar para no morirse, pero viven. La plusvalía no consiste, pues, no puede consistir en que, al obrero, al productor directo de las mercancías, no se le pague lo que requiere para sobrevivir, sino que no se le pague el equivalente a lo que produce, ahí está el detalle, ahí está el secreto. De manera que, si con la portentosa productividad actual y con el poco tiempo que el obrero necesita para producir un equivalente a su salario, lo llega a producir hasta en un minuto de su labor diaria, entonces al capitalista le quedará como plusvalía un equivalente a 479 minutos, es decir 479 salarios en una jornada de ocho horas. Si el obrero, éste muy bien pagado, gana 300 pesos diarios, al inversionista le quedarán 300 x 479 = 143 mil 700 pesos o dólares.

Y aquí viene la explicación última de las crisis y, por tanto, de la nueva crisis que se avecina. ¿Cómo vender mercancías por 143 mil 700 dólares o pesos o lo que sea, a alguien que sólo dispone de 300 para adquirirlas? No hay manera. Durante un buen tiempo los capitalistas recurrieron a la venta en el mundo, la exportación de mercancías (y de capitales) se volvió de vida o muerte. Pero a pesar de su severísima política monopólica, de contención mediante golpes de Estado e invasiones como la ya aludida de Vietnam, no pudieron evitar que surgieran otros capitalistas y llevaran al mercado a vender sus mercancías. Hoy, la competencia es mucho más dura y en no pocos casos, como sucede con China, imbatible, hoy no sólo no es posible vender las mercancías producidas y las grandes fábricas quiebran por decenas al grado de que ya se dice que Estados Unidos, por ejemplo, se encuentra en un proceso de «desindustrialización», lo que explica el «Make America great again» de Donald Trump.

La imposibilidad de vender mercancías, implica, necesariamente, que se reducen drásticamente las posibilidades de invertir y, consecuentemente, el dinero, al abundante «equivalente universal», se lleva a los bancos esperando mejores condiciones para invertirlo productivamente. Ahora bien, los bancos que lo reciben tienen que prestarlo para que el acreditado pague intereses que ellos mismos tienen que pagar (aunque no todo lo que cobran) a los que les depositaron el dinero. Pero, otra vez el recochino «pero» ¿quién les va a pedir dinero prestado si las inversiones están paralizadas o, por lo menos, a la baja? Los demandantes de dinero prestado a los bancos, disminuyen. ¿Qué hacer? En los años previos a la crisis del 2008, los bancos prestaron con alto riesgo, a malos pagadores como los de tarjetas de crédito, reparaciones o compras de casas, créditos de riesgo que acabaron por hacer honor a su nombre: no pudieron ser recuperados y el sistema tronó como sapo.

¿Qué han hecho después? Tomar algunas medidas preventivas, pero nada que sustituya a la necesidad vital de prestar el dinero para cobrar intereses y pagarlos a los inversionistas. La insignia de la crisis la lleva ahora Turquía, país que, además de sufrir las represalias de Donald Trump porque es una competencia muy seria al acero y al aluminio norteamericanos, se está sumiendo en una grave crisis ya que su moneda, la Lira turca, ha perdido más de 40 por ciento de su valor en lo que va del año y, no le cede en importancia Argentina, país que está a punto de endeudarse con el FMI con 50 mil millones de dólares más como rescate para su Peso que ha alcanzado una baja histórica en su valor. Estamos, pues, ante un incremento masivo de la deuda en el mundo que ha pasado de 97 millones de millones de dólares a 169 millones de millones de dólares, un incremento de un 74.22 por ciento. Los bancos han tenido, por tanto, que volver a las andadas, los créditos han crecido escandalosamente en el planeta y aparecen nuevamente los riesgos graves de falta de pago. Se anuncia tormenta.

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