El horror nuestro de cada día (XCIV)

NIÑA FANTASMA EN LA QUINTA CAROLINA


El horror nuestro de cada día (XCIV)

La Crónica de Chihuahua
Marzo de 2011, 22:38 pm

Por Froilán Meza Rivera

La niña, que yo recuerde, nunca volteó para mirarnos, como si para ella no existiéramos, y hoy yo sé que en efecto, nunca nos vio. ¿Cómo nos iba a ver, si en su mundo, en su dimensión, el limbo o como se llame, la vida sigue en círculos y espirales, y hay acciones que se repiten una y otra vez, como un eco interminable?

El bote de la pelota contra las baldosas de cantera, por ejemplo...

Nosotros fuimos los afortunados porque, en ésa, la última visita que he hecho a las ruinas de la Quinta Carolina, nos tocó apreciar un pedacito del más allá...

Fue en 1982. En una de esas ocasiones en que la gente se concede hacer algo de lo que siempre tuvo ganas pero que nunca se había atrevido, organizamos una excursión a la casona de las Quintas Carolinas. Hicimos sándwiches, llevamos sodas y agua, fue todo un día de campo que terminó desagradablemente en el río contaminado y lleno de basura, muy diferente al río que recordaba yo de mi infancia, con pasto, agua, muchos árboles y charalitos en la corriente de agua clara.

Cuando llegamos al casco de esta hacienda porfirista, nos pusimos a mirujear en el frente por rendijas y agujeritos en las puertas hacia el interior. Todavía estaban aquí muchos muebles viejos que habían sobrevivido la destrucción y el abandono. Vimos tapices, sillas, sillones, en un salón principal precioso, con un enorme candil de gotas y prismas colgantes de cristal. Por el frente habían echado candados. Tratando de introducirnos a la mansión, nos dispusimos a dar la vuelta para entrar por el patio...

Y fue cuando la vimos.

Era una niña de unos siete u ocho años de edad, enfundada en un vestido viejo, quiero decir de estilo muy anticuado, con muchos olanes y con una pechera de encaje. Traía unas mallas blancas y zapatitos de broche rematados con un moño. Llevaba bucles en su cabello cobrizo y botaba una pelota.

La niña estaba a unos pocos metros de nosotros y desde que la vimos nos impactó su presencia. Se movía absorta en su juego con la pelota, dando pequeños saltitos y cambiando de mano.

Empezó ella a caminar.

La seguimos a corta distancia, pero dio vuelta a la esquina a nuestra derecha (izquierda para quien vea la casa de frente). Nos apresuramos y alcanzamos a verla antes de perderla en una puerta lateral, ya dentro del patio al que había llegado a través de un hueco en el barandal de hierro forjado. Donde la perdimos era una puerta que daba a un sótano. Dudamos un momento, pero terminamos por meternos ahí.

Ese sótano era pequeño y dijo Martha: “Qué chistoso, la niña se metió aquí, y aquí no hay nadie”. Bueno, ahí estaba un zorrillo que salió disparado hacia arriba sin que, por fortuna, se le hubiera ocurrido rociarnos su perfume.

Salimos y entramos a lo que era propiamente la casa, buscándola allá, porque razonamos que ella se nos perdió en algún pasadizo que no vimos nosotros. Dimos otra vez la vuelta, curioseamos mal entre el mobiliario de la casa porque la presencia de la niña nos había inquietado.

Yo ya tenía miedo, y opté por salir. Los demás me alcanzaron, obviamente perturbados también por la chiquilla que perdimos y que ya sospechábamos que fuera uno de esos fantasmas que es fama que merodean por estas ruinas.

Llegamos a la capilla, donde estaba un viejecito, tal vez un velador, quien nos regañó por haber invadido el interior de la Quinta. No dejamos, sin embargo, de contarle nuestra experiencia con la niña que habíamos visto.

“Ella se murió. Está muerta desde hace muchos años... ustedes lo que vieron fue el ánima de la niña. Muchos la han visto”.

El señor aquel nos describió el aspecto del espectro que estuvo a unos metros de nosotros a plena luz del día, y en todo coincidió con lo que vimos por nuestra cuenta.

Una vez que nos agarró confianza el viejo, nos empezó a contar otras historias sobre hechos sobrenaturales que han sucedido en esta vieja casona, pero me reservo esos relatos para mejores ocasiones.


1 comentario del lector.

---ooOoo---

  • Trabajé como ebanista en la restauración de la Quinta Carolina, y una vez que me encontraba yo solo y trabajando en uno de las dibujos de las puertas interiores, sentí la presencia agradable de alguien que entraba y se arrimó a mi. No hice caso, seguí trabajando y en eso sentí un apretoncito de unas manitas en mi codo izquierdo. Voltié y.....nada.
    Saludos !!

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