El horror nuestro de cada día (357)

NO HAY UNA CALLE 15a. EN EL CENTRO DE CHIHUAHUA


El horror nuestro de cada día (357)

La Crónica de Chihuahua
Diciembre de 2018, 19:04 pm

Por Froilán Meza Rivera

¿Te acuerdas de cuando encontramos un nido de palomas entre un tronco podrido, y que los huevitos estaban podridos también? Pues así olía el fantasma, el olor lo anunciaba segundos antes de que se nos apareciera, y se quedaba el tufo mucho después de que desaparecía de nuestra vista.

¿Fantasías de una mente enferma? Para nosotros que vivimos en él, las experiencias sobrenaturales eran cosa de todos los días. Éste es el barrio encantado.

Aquí todas las casas, todos los rincones, las esquinas y cada accidente geográfico, tienen sus propios espíritus, buenos, malos, neutros, muchos de los cuales acechan y molestan a los vivos, aun con su sola presencia.

Acá no todas las calles tienen secuencia, y el tiempo también se empalma en sucesión de eventos que crean gran confusión en la mente. Por ejemplo, si vienes por la calle de la Llave y llegas a la Calle Trece, supones que la que sigue es la Quince, pero no hay Quince aquí: la que sigue es la Diecisiete, en virtud de que el antiguo Arroyo de la Manteca, que ahora corre subterráneo, tiene un cauce que pasa en diagonal.

Personajes nacidos y muertos el siglo antepasado, se encontraban en forma de espectros fantasmales cuarenta o cien años después, en una variedad tal, que le han dado su fama de barrio embrujado.

El paisaje en el pasado tuvo rasgos sombríos y hasta macabros. Por ejemplo, se cuenta que había aquí hace apenas unos treinta, treinta y cinco años, una boca del arroyo que se introducía debajo del nivel de las calles siguientes, como un túnel. Cuentan que de ahí salía el demonio en la forma de un hombre apuesto que, al fin de cuentas, acababa por revelar su naturaleza demoníaca con algún detalle mínimo, como cola, cuernos o patas de cabra.

Acá en De la Llave entre Trece y Diecisiete, estaba la casa donde vivió mi hermana, y aunque ya la tiraron y hoy es un edificio de oficinas, las cosas que pasaron entre sus paredes, son inolvidables.

En el corredor siempre se aparecía un individuo en silla de ruedas, de quien se contaba que se había suicidado. El tal individuo vivió solo y nadie nunca le conoció parentela.

El caso es que el tipo rentaba el inmueble, y no gozaba de compañía alguna, ni siquiera de perro o gato, y terminó por suicidarse un día, con veneno para ratas.

Cuando mi hermana Sonia vivió ahí, el fantasma de la silla de ruedas se movía a lo largo del pasillo, iba y venía al patio, ya fuera en la tarde, con la luz tenue del sol que se ponía por atrás, pero principalmente de noche.

La primera vez que Sonia notó algo raro, fue cuando vio una luz azulosa en la cocina, y pensó “¡qué raro!”, pero cuando llegó allá no estaba más que el foquito de 15 watts de la campana de la estufa. Una anciana vecina de en frente, la vio también y le dijo a la mañana siguiente: “oiga, hay una flama ahí, una luz”.

A partir de entonces, se les empezó a revelar el de la silla de ruedas: un hombre delgado, de aspecto cadavérico, no como cuando estaba en vida, sino con el físico como lo debió tener después de haber sido enterrado.

Y el olor era insoportable.

Llegó un punto en que el espectro en silla de ruedas empezó también a quejarse, como si grandes dolores lo estuvieran atormentando.

El suceso que colmó el aguante de la familia, fue una vez que los niños gritaron de espanto por habérseles aparecido el hombre en plena recámara. Esa vez, Sonia se tuvo que quedar con ellos, pero terminaron por largarse a todos la sala con las cobijas tapándoles cuerpo y cara por completo para dejar de escuchar y oler al infeliz suicidado de la silla de ruedas.


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