El horror nuestro de cada día (352)

EL MISTERIOSO ASESINATO DE LOS JUSTINIANI EN ROSALES, CHIHUAHUA


El horror nuestro de cada día (352)

La Crónica de Chihuahua
6 de octubre, 14:36 pm

Por Froilán Meza Rivera

Rosales, Chih.- Don Ignacio contestó a su esposa, adormilado a la media noche, que no hiciera caso, “deben ser las palomas”, le dijo, cuando ella lo despertó porque se escuchaban ruidos en la casa.

Siguieron ellos acostados en su domicilio de Rosales, pero Ignacio se tuvo que levantar porque los sonidos ya no eran las pisaditas y los arrullos de las palomas que anidaban en el entretecho. Muy claro se oyó una rama al quebrarse, y ya eran pisadas y reborujo de latas y de cristales rotos que denotaban la presencia de intrusos en la casa.

Cuando Ignacio Justiniani se acercó al ropero para recoger un arma que guardaba ahí, recibió varios balazos. Con detalles cuenta el cronista de esta región, Eduardo Esparza Terrazas, cómo doña María saltó en ese momento de la cama y se agachó para abrazar a su marido que había caído al suelo.

Pero en ese momento, la mujer también recibió varios impactos de arma de fuego que le destrozaron las rodillas, porque eran balas expansivas.

Los dos estaban graves. Nadie supo qué fue lo que motivó el sangriento ataque, ni quién lo perpetró. Fue todo un misterio, porque no los robaron, sólo los quisieron asesinar.

De urgencia, fueron trasladados a la ciudad de Chihuahua para ver si los podían salvar allá. Pero don Ignacio no aguantó y entregó la vida en el camino, y doña María, quien fue internada en el Sanatorio Palmore, falleció al poco tiempo.

¿Quién o quiénes los atacaron? ¿Y por qué?

En Rosales, la gente se preguntaba que cómo pudo alguien cometer crimen tan horrendo. Averiguando, se supo que don Pepe Ruiz, la persona que se dedicaba a llevar a Rosales a los pasajeros que llegaban a Estación Ortiz, había trasladado ese día a dos desconocidos.

La gente del pueblo concluyó que la sola presencia de dos fuereños no identificados era ya la prueba de que ellos eran los culpables. Los asesinos habían esperado la llegada de la noche para proteger sus movimientos, y se supo también que habían envenenado a los perros.

En cuanto a los móviles, la gente manejó varios, pero sólo dos subsisten a la fecha como los más probables, a falta de cualquier certeza.

Hubo quien atribuyó los homicidios a una venganza política, porque los Justiniani, que eran gente de mucho dinero y de gran influencia en la región, apoyaban al general Caraveo. “Yo estoy con Caravellito, no con Almazán”, decía doña María, y de ello dio testimonio su ama de llaves. La hipótesis se vio reforzada con el hecho de que la casa no fue robada.

Por otra parte, no faltaron los que aseguraban que los asesinos debiern de estar entre aquellos que debían dinero a Ignacio Justiniani, porque era conocido que el hombre prestaba dinero a los agricultores “al dos por uno”, es decir, que prestaba un costal de maíz y cobraba dos al término de la cosecha. “Ha de haber sido alguno que no quiso pagarles”, se dijo.

Otros más dijeron que a los Justiniani los mataron por envidia, ya que don Ignacio, quien se había educado en Francia junto con los Madero de Coahuila, había estudiado Medicina sin graduarse, y recetaba medicinas a los pobres y las cobraba muy baratas.

El doble crimen nunca se esclareció. El misterio perdura hasta nuestros días, y en Rosales todavía es tema de conversación, después de 72 años de estos sucesos.

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