El horror nuestro de cada día (350)

QUEMAR AL MUERTO CON TODO Y SU CASA


El horror nuestro de cada día (350)

La Crónica de Chihuahua
25 de septiembre, 19:29 pm

Por Froilán Meza Rivera

Mexicali.- “¡Arriba las manos, cabrones! ¡Abran paso! ¡A ver, sargento, arreste a esa pinche vieja, y ustedes, ayúdenme a contener a esta bola de sacrílegos!”
El jefe policíaco había recibido una denuncia anónima, una voz de hombre, temblorosa de pánico, que aseguraba que unos indios estaban a punto de quemar al muerto con todo y su casa.

Don Ricardo Pérez Campos, comisario de policía de Estación Delta, juntó a sus muchachos y mandó traer refuerzos con más agentes municipales del Ejido Nuevo León, y partió, a sirena abierta, hacia el poblado El Mayor, por toda la carretera a San Felipe.

Cuando, al cabo de unos treinta y cinco minutos de camino, la caravana ululante y rugiente de sirenas y motores llegó a El Mayor, la vivienda ya se consumía con todo y el cadáver de la persona que supuestamente estaban inmolando los indígenas de la tribu Cucapá.

Se llevaron los policías arrestados a casi todos los hombres y mujeres con mayoría de edad del pueblo, en total a unas 44 personas, y los repartieron en las celdas de los ejidos Michoacán de Ocampo y Nuevo León, y de Estación Delta.

En aquel año de 1961, el problema trascendió en cuestión de pocas horas hasta la cabecera municipal, Mexicali, que es también capital de Baja California, y hubo voces airadas que pidieron que se aplicara todo el peso de la ley en contra de “esos sacrílegos”. Pero los indios cucapás encontraron también defensores, entre ellos algunos altos funcionarios del gobierno del estado.

“Es que el hombre ya estaba muerto, y las costumbres de ese pueblo indígena dictan que el difunto debe ser incinerado, él y su casa”, explicó don Luis Sierra, profesor de la preparatoria.

Un diputado federal, quien extrañamente no estaba en el Distrito Federal, sentenció: “Debemos respetar sus creencias”, en un esfuerzo por aparentar humanismo.
Los cuarenta y cuatro indios fueron finalmente liberados, por orden del procurador general de justicia.

Hoy en día, los cucapás se encuentran en extinción, y si acaso quedarán unos 200 individuos en El Mayor, que es el centro cultural de la tribu. De éstos, sólo algunos 50 hablan su lengua original, y ya nadie lleva las ropas tradicionales, que consistían en una especie de taparrabo para los hombres y unas faldas de corteza para las mujeres.

Antiguamente, cuando moría un integrante de la tribu, quienes le sobrevivían quemaban su cuerpo junto con sus pertenencias y su casa, pues los cucapás tienen la creencia que si la carne del difunto se queda cruda, éste no encontrará la paz eterna.

Hoy en día (a raíz de los constantes problemas con las autoridades municipales) algunas familias creman a sus muertos en un panteón y ahí entierran las cenizas. Durante el ritual, en el que se reúne toda la comunidad, interpretan cantos acompañados por maracas.

Los cucapás de Baja California, apenas recientemente entierran a sus muertos, pero todavía les cantan canciones durante la velación.

Durante mucho tiempo, los mexicalenses del Valle y de la ciudad, discutieron con ardor el dilema que les planteaban las costumbres funerarias de los indígenas.

“Es que la gente es ignorante y no es capaz de comprender y aceptar a quienes son diferentes”, decían los defensores de la herencia cultural de los cucapás. Es la ignorancia y el miedo hacia el “otro”, hacia el “extranjero”, pero los intolerantes y los ignorantes no quieren ver que los indios ya estaban aquí cuando llegaron los conquistadores europeos.

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