El horror nuestro de cada día (349)

EL CURRO: JINETE ELEGANTE DE SANTA EULALIA


El horror nuestro de cada día (349)

La Crónica de Chihuahua
14 de septiembre, 20:14 pm

Por Froilán Meza Rivera

Santa Eulalia.- “El Curro”, entonces, se llevó en ancas a don Manuel Cano, y el señor se agarró como pudo a la cintura de aquel espectro para no caerse del caballo. Pero a pesar de que el jinete aparentaba tener el cuerpo de un hombre vivo, a través del saco sólo se sentían huesos.

Presa del horror, el viejo minero aguantó el trote del negro corcel entre peñas y arroyos. Tanta así era su ambición, desatada con la promesa del fantasma, de llenarlo de riquezas tales que ni siquiera se podrían calcular.

En los tiempos en que estaba viva la actividad minera de Santa Eulalia y de los pueblos y minas vecinas a esta población, había una red de canastillas que se desplazaban en las alturas, el llamado “tranvía aéreo” que transportaba los metales extraídos de las minas hasta los patios de beneficio. Don Manuel Cano fue durante muchos años el jefe del “tranvía aéreo” y como tal, era empleado de confianza de la compañía.

Pues bien, este señor se iba a las 12 de la noche a Mina Vieja a “cortar” la línea del tranvía. Una noche de esas, a la altura del puerto, en la mitad del camino entre Santa Eulalia y Santo Domingo, a don Manuel se le apareció un hombre muy elegante montado en un precioso caballo negro ricamente ajuareado.

Le habló la aparición, y a don Manuel, con todo y su boca abierta de asombro, le dijo: “Yo soy ’El Curro’ y vengo a poner en tu poder, si así lo quieres, toda mi riqueza. Ven conmigo y te haré inmensamente rico, cual yo lo fui en vida”.

Don Francisco Loya, quien relató ésta, que parece ser la versión m s pura de la leyenda, dice que el supervisor del tranvía no dijo nada, pero que muy seguramente “El Curro” no necesitaba que le hablaran. “Fantasma al fin, ¿usted cree que la lengua y los oídos de un aparecido son de carne?”, razona el santaeulaliense con lógica de hierro.

En fin, partieron el vivo y el muerto y cabalgaron y cabalgaron hasta que llegaron a los nombrados cañones de Mina Vieja, y meramente en el Cañón de Buendía se metieron a una cueva en la que el minero se fijó bien.

Adentro, alumbradas con antorchas de luz naranja, “costaleras y costaleras de monedas y de lingotes de oro, que nom s de verlas se cansaba el hombre”.

“Todo esto es tuyo, pero tienes que llev rtelo todo de una sola vez, o te mueres”, dicen que le dijo “El Curro” al señor Cano, quien no razonaba ya, intoxicado de codicia.

Manuel Cano se embolsó luego luego unas monedas y se retacó los bolsillos en un aparente descuido del espectral jinete, pero éste le gritó sin mover los labios: “Deja eso con el resto. Te repito que, so pena de muerte, dejas todo aquí como est , o te llevas todo, pero no puedes tomar una parte”.

Dice don Panchito Loya que, de alguna forma, Cano negoció con el espectro del minero español, y quedaron ambos de acuerdo en que el hombre traería los animales que pudiera conseguir para carga, y que se llevaría tanto, que lo que quedara al final, si acaso quedase, sería insignificante.

Manuel Cano vació entonces sus bolsillos y dejó incluso algunas monedas propias que había mezclado con las del “Curro”.

Pero ¿quién es “El Curro”?

La leyenda dice que quien terminó siendo el fantasma que recorre los caminos para llevarse a los hombres, fue en vida un minero español que había hecho la promesa de viajar desde Santa Eulalia hasta su natal Castilla con un enorme cargamento de lingotes de oro.

La promesa consistía en que el metal precioso, obtenido en la mina El Potosí, debía ser depositado en el templo de San Isidro, de Madrid, por un niño menos de 7 años. Dicen que la manda nunca fue pagada, y que desde entonces el espíritu de aquel español, apodado “El Curro”, vaga por las ahora abandonadas minas de donde él extrajo oro a carretadas.

Manuel fue asistido por su hermano Juan Cano, quien vivía en ese tiempo en Santo Domingo después de haber radicado muchos años en el mineral de Naica, del cual fue presidente seccional.

Entre los dos lograron seis bestias para el cargamento. Cuán colosal iba a ser el botín, que las angarillas que fueron acondicionadas sobre tres buros, fueron reforzadas con cinchos del mejor cuero.

Camino a los cañones de Mina Vieja la noche siguiente con el tremendo tren de animales de carga, Manuel y Juan tuvieron cuidado de partir después de la media noche para no ser vistos por los vivos.

Al cabo de cuatro horas, don Manuel se arrancaba los cabellos de desesperación porque, increíblemente, nunca pudo regresar a la cueva del “Curro”.

Dice Panchito que ese fue el principio del fin para Manuel Cano, “porque de ahí le vino una enfermedad que los médicos nunca le dijeron qué tenía, y menos lo curaban porque nunca le hallaron nada”.

De todas maneras, esto que le cuento ahora, es la pura verdad, porque me consta, yo conocí a don Manuel, quien duró todavía rato trabajando para la compañía. “Y no se crea, no a cualquiera le contaba su historia el señor, a mí sí, porque me tenía confianza”.

Y el hombre que una noche cabalgó en ancas con “El Curro”, sobre aquel precioso caballo negro ricamente ajuareado, se consumió lentamente de extraños males, hasta que se murió, seco.

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