El horror nuestro de cada día (348)

EL PIT Y EL ENANILLO SINIESTRO


El horror nuestro de cada día (348)

La Crónica de Chihuahua
11 de septiembre, 19:21 pm

Por Froilán Meza Rivera

¿Recuerdas, Ricardo, aquella historia que te aterrorizó nomás de que te la contaran? Decías que tu debilidad siempre fue el miedo anormal acerca de las pequeñas criaturas diabólicas que acosan a la gente y que la molestan. Siempre aseguraste que si alguna vez sentías que alguno de esos entes te arañaba las piernas o te mordía la pantorrilla, tú simplemente te ibas a morir ahí mismo de un infarto.

Por alguna razón, hoy me vino a la memoria la historia de Pit y el enano siniestro.

Era por estas mismas fechas de ahora, con la Navidad a pocos días y con toda esa euforia artificial que construyen a nuestro alrededor todos los mercachifles y los que tienen algo que vendernos, desde un juguete, comida, dulces, regalos, hasta un proyecto político, bueno o malo.

Bueno, pues resulta que un viernes, en el trabajo de Pedro Pérez (alias «El Pit») celebraron una cena e hicieron un brindis por la Navidad ya muy próxima. El señor se pasó de copas y salió del saloncito de la fiesta, ya de madrugada, y como su casa estaba cerca, además de que el transporte público dejaba de funcionar desde temprano, se fue caminando.

El Pit debía de pasar cerca de un terreno baldío o, si deseaba acortar camino, atravesarlo, pero él prefería no hacerlo porque ahí se juntaba un grupo de vagos que se ponían ahí a beber y a echar desmadre.

Tú conoces ese baldío, Ricardo, porque está a la vuelta de tu casa... ¿Recuerdas por ventura que El Pit era tu vecino en la época en que llegaron ustedes a vivir al barrio?
Bueno, el tal Pedro Pérez vio desde lejos que en esa ocasión no estaban los vándalos reunidos ahí, y entonces para no caminar tanto, decidió cortar por ahí.

Ya iba Pit en la vereda a mitad del baldío, cuando vio que se movía algo entre el pasto que estaba seco y alto. Todo quitado de la pena, no hizo caso él de aquello, y pensó que era sólo un animal. Pit siguió su camino, pero de repente sintió que algo muy pesado le había brincado a su espalda. Inmediatamente trató de quitarse aquello, y apenas atinó a reaccionar.

Estaba muy asustado porque no se daba cuenta de qué era «eso» que le tiraba de los cabellos y que soltaba unas carcajadas horrendas que le retumbaban al pobre en los oídos. En el vidrio estrellado de un cascarón de vehículo que yacía en el lote como el cadáver de un automóvil, el hombre vio que lo que tenía pegado a su espalda era un enano horrible, calvo y con la cara deforme. A Pit se le ha de haber cortado hasta la borrachera con el susto, y ahora se concentraba en tratar de quitarse al monstruo de encima.

Apenas podía caminar con el peso del enano en su espalda. El Pit arrastaba las piernas para avanzar, y como el hombrecillo dejó de arañarlo y morderlo y sólo se sujetaba a él con sus garras, esto lo aprovechó Pedro para llegar a su casa.

Para cuando iba a traspasar el portón de su domicilio, para su suerte ahí estaba «Lobo», su perro pastor alemán, el terrible «Lobo» azote de los carteros y de los cobradores de las mueblerías.

El can siempre esperaba a su amo, sin importar la hora en que llegaba, y ahí estaba el animal, adelantándose, como si supiera lo que venía sufriendo el hombre. Como si en ello le fuera su propia vida, el noble perro se abalanzó con furia contra el enano, pero en este lance, su amo cayó con todo y su peso agregado. El perrrito ladró, gruñó y mordió al enanillo y logró que éste se fuera, más bien que se desvaneciera y que soltara al pobre de Pedro Pérez.

El Pit siempre le tuvo mucho agradecimiento a su perrito, y de por vida trató de darle todas las comodidades que le era dado proporcionarle.

Por cierto, nadie le creyó la historia, ni su mujer, ni en la cantina, bueno, casi nadie, porque tú, Ricardo, siempre estás pronto a creerte todos los cuentos de seres sobrenaturales, por los que tienes una fijación enfermiza, tal vez porque tú mismo eres de una talla excesivamente reducida.

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