El horror nuestro de cada día (347)

JIMÉNEZ: FAMILIA DE PEONES FANTASMAS EN LA HUERTA NOGALERA


El horror nuestro de cada día (347)

La Crónica de Chihuahua
3 de septiembre, 19:11 pm

Por Froilán Meza Rivera

Jiménez.- Don Fernando casi se fue para atrás, como dicen, cuando descubrió en una grieta de la pared aquellos sobrecitos amarillos en los que él mismo envolvía el dinero con que semana a semana pagaba a sus trabajadores. En el jacal en el que se hospedaba la familia que estuvo al servicio de su rancho durante casi tres años, los sobres de la raya estaban intactos, es decir, que el tal Leonel Mendoza nunca tocó un solo billete, ni una moneda. Nada.

Ahí estaban los ciento cuarenta y siete envoltorios sin abrir, todavía con los billetes engrapados.

“Pues ¿esta gente de qué vivía? ¿Con qué compraban la comida? ¿Y la leche del niño? ¿Y su ropa?”

Esa mañana, don Fernando se había sorprendido cuando su empleado, Leonel, no se presentó al trabajo. Pensó que el hombre podría estar enfermo y preguntó por el peón a su mayordomo, pero éste nada sabía, así que en cuanto tuvo un momento libre, él mismo se encaminó por la vereda al final de la nogalera. El cuartito miserable de techo de tierra estaba solo, claramente inhabitado.

Pronto fue evidente que ahí no había nadie, pero ni una prenda de vestir, ni un pañal sucio, ni una sartén, cuchara ni plato, pero ni siquiera había indicios de que en la estufa se hubiera encendido fuego, ni hoy ni ayer. La existencia de espesas telarañas fue la prueba de que la estufa no se usó durante años.

Detrás de Fernando venía su mayordomo, a quien también sorprendió el estado ruinoso y abandonado de la pieza. “¡Ah, carajo! ¿Y qué pasó aquí? ¿Y las gentes?”

“No, Merodio, aquí no se metieron estas gentes a vivir... ¿y luego pues, dónde vivían? Tú debes saber, Merodio, dime dónde estaba viviendo la familia de Leonel Mendoza”.

“Caray, don Fernando, pues yo siempre vi que entraban aquí todos los días, usted sabe que no tenemos otra casita para alojar a los peones... ¡pero si cuando los contrató usted, yo mismo vine a entregarles el jacal y se los enseñé por dentro!”.

“Es como si fueran fantasmas, Merodio...”

Fernando recordó que tres años atrás, él mismo había descubierto, en la huerta de Cenobio Zepeda, a quien estaba visitando, a aquel hombre joven y a su mujer de rebozo y de indumentaria indígena, ella con un chamaquito, un bebé de meses colgándole de la espalda a la manera de las mujeres mazahuas del Estado de México. Estaban ellos en la pepena de nuez, escarbando con las manos el suelo lleno de basuritas de corteza y de hojas caídas. Fernando notó la velocidad y la eficiencia con que trajinaban y recuperaban las escasas nueces sobrantes.

“Yo los quiero en mi rancho”, pensó en aquel momento, y ahí mismo les hizo la proposición de un salario semanal, y cuando regresó a casa, llevaba a aquellos seres humildes y serviciales en la caja de su camioneta.

“Oiga, patrón, ahora que caigo, siempre hubo cosas muy raras pero nunca les di importancia, como por ejemplo, el niño... ¿sabía usted que el bebecito que se colgaba la mujer en la espalda, nunca creció? ¡Siempre fue del mismo tamaño, siempre pegado a la señora del pecho, aunque ya para estas fechas debería haber cumplido cuatro años!”

De ahí se fueron el patrón y el mayordomo a toda prisa hacia la huerta de Cenobio Zepeda. Cuando el empresario nogalero supo del asunto, le cambió el semblante, como si se hubiera acordado de algo.

“¿Saben? A mí no me gusta andarlo contando, porque no le favorece a mis negocios -les dijo- pero hace ya casi cinco años, un velador que tuve, un desgraciado mariguano, asesinó a una familia de inditos del sur, nomás porque se metieron a agarrar unas nueces de desperdicio en mi huerta, para comer. El hijo de la chingada los enterró a un lado de la alambrada, nunca me dio aviso de lo que había pasado, pero una noche en la cantina contó en público todo lo que había hecho, y ahí estaba un policía que dio parte, y al otro día vinieron a arrestarlo y a escarbar donde estaban los cadáveres. Todo quedó en secreto porque yo se lo pedí así al presidente municipal, pero el asesino fue condenado a cadena perpetua”.

Aquélla era la explicación al misterio de los peones que nunca fueron. Fernando había contratado a una familia de jornaleros que no eran de este mundo.

El patrón nunca abrió aquellos sobrecitos amarillos, nunca hizo uso del dinero no gastado que, semana a semana, había pagado a un fantasma que dijo llamarse Leonel Mendoza.

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