El horror nuestro de cada día (346)

LOS INDIOS DIABÓLICOS DE GUACHOCHI


El horror nuestro de cada día (346)

La Crónica de Chihuahua
22 de agosto, 12:31 pm

Por Froilán Meza Rivera

A Guerrero Contreras lo encontraron en el cerro El Gentil, cuesta abajo, y no cayó hasta el mero fondo porque se quedó trampado en un encino, la cabeza lejos, y él todo hecho garras. La búsqueda del muertito duró una semana, la gente ya sabía que estaba muerto y nomás querían saber dónde estaba el cadáver.

Dijo el doctor que lo examinó en Guachochi, que la cabeza se le cayó, porque previamente le habían hecho un tajo con un machete, que casi lo degollaron. Según el forense, había otros signos de que a Guerrero le habían clavado objetos agudos en el corazón y en los pulmones, probablemente agujas de tejer, y que una de ellas se la introdujeron en la cabeza por una perforación que le desgarró primero el oído.

En Tuceros, dice la gente, los indios matan uno cada año, dizque se lo ofrecen a Dios, pero en las piedras tienen pinturas de diablos, muy feos. Polidoro Mendoza acusa a los indígenas de ese ejido de ser asesinos despiadados y además «diabólicos».

«Nosotros investigamos, porque al tercer día que pasó y que no regresaba Guerrero a su casa en Agua Blanca, se nos hizo raro. Él había dejado dicho que iba a una tesgüinada en Tuceros, y como ese lugar tiene muy mala fama porque a cada rato hay muertes muy misteriosas, pues fuimos para allá».

En Tuceros, los pobladores rehuyeron mirar a los ojos a los de Agua Blanca, y contestaron esquivos sólo con monosílabos.

«Más sospechosos se nos hicieron, y batallamos mucho para hacernos una idea de con quién estuvo el difunto tomando tesgüino el fin de semana», dijo Polidoro, quien no quitó el dedo del renglón. «Una niña se me quedó viendo en una casa, y yo reconocí una mirada de inteligencia que me hizo bajarme de la camioneta para preguntarle si ella sabía algo de Guerrero».

La niñita, en efecto, le dijo que «en aquella casa de allá» había estado el fuereño en una tesgüinada... la niña vio cuando Carlos no me acuerdo de qué apellido, y Arturo Montoya, se llevaron a Guerrero dormido y borracho y lo subieron a una camioneta.

A los sospechosos se los llevaron presos los judiciales, y los torturaron colgándolos de los dedos de un pino, a las afueras de Guachochi, pero ni así confesaban el asesinato.

«Son unos perros los indios de allá, a uno le atascábamos agua mineral por la nariz y lo colgábamos del pescuezo, y nada, ni siquiera se quejaba, igual el otro... parecía que tenían pacto con el diablo».

Las brigadas de búsqueda del tarahumara de 40 años de edad dieron resultado, al fin, después de que se encontraron el sombrero al pie de un encino, y luego el cuerpo y la cabeza.

Sus asesinos confesaron finalmente, gracias a las torturas, aunque nunca reconocieron haber hecho ningún sacrificio ritual.

«Pero nadie me quita de la cabeza que en El Tucero son diabólicos, nomás hay que ver las pinturas que tienen en las piedras, ahí hay diablos, hay apaches, y figuras que no se entienden, que deben ser símbolos del diablo, y aparte, cada año hay una muerte violenta».

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